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Destellos de una Lucecita

Un ciclo semanal de actuaciones protagonizado por la magia de los boleros
René Vargas Vera
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21 de mayo de 2012  

Cuando los prodigiosos dedos de Facundo Ramírez entretejen cautivantes filigranas en el piano, para "Alfonsina y el mar", la canción de su papá Ariel, que junto a los alucinantes versos de Félix Luna recorrió el mundo, Lucecita Benítez, la más célebre cantante de Puerto Rico, está entregando lo mejor de su arte canoro: el que sabe escudriñar, a media voz, por entre los pliegues recónditos de la metáfora y la melodía. Pero no es que ella haya regresado a este país –que ama y en el que decidió instalarse– para probar suerte con el folklore argentino. No. El bis que regala es sólo la coronación de una noche en la que se ha entregado a la música de los enamorados: el bolero.

En Clásica y Moderna, uno de los espacios más acogedores de Buenos Aires para la buena música, cinco músicos emprenden este ensayo general junto con la espléndida garganta de Lucecita, presididos por el piano de Roberto Antier, a quien se le unen Facundo Bergalli, en guitarra; Gustavo Cámara, en saxo; Pablo Jiménez, en bajo eléctrico, y Antonio Trapanotto, en batería. Ellos traducen una reducción de la versión orquestal que la cantante ha traído de aquel rincón que bañan las aguas del Mar de las Antillas y el Atlántico. Un desafío que debe acometer este quinteto para eludir la monotonía tímbrica de los arreglos bolerísticos y poder reelaborar la instrumentación que reclama este pequeño recinto; el de las sutilezas de la policromía sonora.

Riesgo que habrán de asumir las portentosas cuerdas vocales de Lucecita para menguar el empuje arrollador que le han dictado grandes teatros y potentes orquestas. El que reina esta noche es el bolero; canción sentimental por excelencia, que sabe de confesiones de amor, de delirios, angustias, reclamos, penas, ruegos, imprecaciones, rechazos… y su retahíla de versos entrañables o cursis, de melodías sencillas o repentinos hallazgos para los vericuetos del canto.

Con tal bagaje, Lucecita lanza fulgurantes notas. Las de los recordados "Mis noches sin ti", "Tú me acostumbraste", "Vete de mí", "Delirio", "Un poco más", "La distancia", "Algo contigo", y otros tantos que atesora la memoria colectiva de una generación. Lucecita es puro destello, fuego, volcán, catarata, pasión… La potencia de su voz acerada avasalla versos que los poetas imaginaron para la intimidad, para el secreto, para el susurro dicho al oído del ser amado. Pero ella ha preferido la efusión al recato, la vociferación a la media voz, el ventarrón a la brisa suave.

Lucecita es torbellino arrollador cuando sus músicos tropicalizan las cadencias mansas del bolero. La potencia del canto, por la que optó esta noche, ha sepultado por un momento aquella voz única que en los años 70 y 80 era dueña de un vibrato conmovedor y de un timbre pastoso y subyugante. Felizmente, esta artista que fue la reina del pop femenino en Puerto Rico, que dejó atrás un Club del Clan tan anodino como el nuestro, para asumir el compromiso de luchar por la dignidad humana y defender la soberanía de su país, sabe abrirnos su corazón para entregarnos pasajes antológicos y demostrarnos una musicalidad admirable. Es cuando Lucecita entreteje fraseos libertarios, matices exquisitos, elasticidades y silencios que nos habla de un estilo original. Entonces recala, con la pastosa media voz, en las minuciosas indagaciones sobre el sentido profundo de imágenes y giros de esa poesía amorosa. Irrumpe por allí el ímpetu sobrecogedor del tango "Uno" o la delicadísima mirada sobre la meneada "Amapola" para ratificar que su voz es patrimonio de América latina. Mientras tanto, ella suma a sus virtudes canoras, la simpatía, el desparpajo, el sentido del humor y una abundante politesse… al declarar su amor por la Argentina y su gente.

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