El arte de la fuga

La pianista Silvia Dabul, entre la firmeza de la roca y el lirismo de la fugacidad
Pablo Gianera
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21 de mayo de 2012  

Autor: Johann Sebastian Bach / Intérpretes: Silvia Dabul (piano y clave), Margarita Laguna (niña) y Pablo Caramelo (hombre) / Guión y puesta en escena: Biby Aflalo / Diseño de sonido y efectos visuales: Nahuel Sauza / Diseño electrónico y programación: Javier Velasquez Traut / Diseño de iluminación: Alfredo Morelli y Carlos Morelli / Producción y edición de video: Ariadna Moreno y Antonio Molina / Ssistente de dirección e ilustraciones: Cecilia Podestá / Sala: Centro de Experimentación del Teatro Colón.

Nuestra opinión: muy bueno.

Tal vez resulte algo sorprendente, en un primer golpe de vista, que el Centro de Experimentación del Teatro Colón programara El arte de la fuga , verdadero testamento musical de Johann Sebastian Bach publicado en 1751. Posiblemente recurrir a las palabras "experimental" o "experimentación" para referirse a El arte de la fuga implique incurrir en un anacronismo abusivo, pero lo contemporáneo no es meramente cronológico sino estético, y es indudable que la obra de Bach porta una contemporaneidad latente. Ese costado es justamente el que había observado John Cage en el ensayo "Indeterminacy": "La estructura, que es la división del todo en partes; el método, que es el procedimiento nota por nota, y la forma, que es el contenido expresivo, la morfología de la continuidad, están determinados. La frecuencia y la duración del material también están determinadas. El timbre del material, al no pertenecer al orden de lo dado, es indeterminado". Más allá de la indiscreción de algunos especialistas, según los cuales es indudable que la pieza estaba destinada a un instrumento de teclado, Bach no indicó explícitamente para qué instrumento escribió El arte de la fuga . La función del intérprete admite compararse entonces con la de quien debe colorear el contorno ya definido de un dibujo.

La narración imaginada por Biby Aflalo se distribuye en tres personajes que constituyen una especie de símil dramático de una fuga a tres temporalidades distribuidas alternativamente en tres pantallas: la pianista Silvia Dabul, una niña que juega (posible avatar infantil de la intérprete) y un hombre. De algún modo, esa niña y ese hombre dan cuerpo también a una tensión implícita en la pieza bachiana: en un extremo la libertad; en el otro, la estricta ley, cuya función de autoridad quedó reforzada por los gestos imperativos del actor Pablo Caramelo y por el ligero contrapicado con el que se lo enfoca en su primera aparición en la pantalla.

En el principio no hay música. Simplemente el sonido ronco del mar y la imagen proyectada de una playa vacía, un paisaje del que está excluido lo humano y que es acaso símbolo de la obra: también la abstracción radical de El arte de la fuga tiene algo inhumano. El piano y la pianista, asimismo todavía en la pantalla, parecen introducir la cultura en la naturaleza: ante la mirada de la niña, sentada en un banco en la sala, Dabul toca el Contrapunto I . El cuadro final invierte el del comienzo: ahora es la niña quien, en la playa de la pantalla, toca un piano de juguete mientras la pianista la contempla, como si la temporalidad de la narración se anulara en la condición cíclica.

La insistencia en el blanco, tanto en el vestuario como en las imágenes proyectadas, no alude sólo a la idea de "pureza" asociada con Bach, sino también a una especie de grado cero del que parte la invención, y acaso también a la idea de Cage sobre aquello que espera ser coloreado. Las cuestiones historicistas acerca del uso del pedal o la licitud del rubato resultan un expediente irrelevante en el caso de esta obra; la erudición puede ofrecer indicios, pero todo descansa en el intérprete. La versión de Dabul tuvo la firmeza de la roca y el lirismo de la fugacidad.

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