
El belcanto, ese gran enigma...
Hay dudas que se renuevan con cada generación de nuevos adictos a la música clásica. Una de ellas, en mi experiencia la primera, consiste en saber qué diferencia hay entre orquesta sinfónica y filarmónica, y aunque la respuesta es simplísima: "ninguna", siempre se pide más información para quedar satisfecho.
Nadie queda, en cambio, convencido cuando se trata de aclarar el alcance que encierra la expresión italiana belcanto, porque para muchos aficionados resulta imposible separarla de las óperas italianas de Rossini, Bellini, Donizetti y el primer Verdi. Fue Giacomo Lauri-Volpi, tenor de vasto repertorio y autor de varios libros, entre ellos "Misteri della voce umana" (Milán, 1957), quien ha trazado una comprensiva y abarcadora exposición sobre los límites y contenidos encerrados por la expresión belcanto o bel canto. Porque a su juicio la búsqueda de ese canto bello surge ya en el pasaje de la Edad Media al Renacimiento, con el descubrimiento de la individualidad en el arte y en la vida.
El belcanto sería la más típica expresión del individualismo canoro, que generó el divismo en la escena lírica. Es que del sentido colectivo del canto coral surge en el siglo XVI la personalidad individual, superdiferenciada, del solista, del solista italiano, de donde el belcanto es arte puramente italiano. La voz humana se erige en instrumento del pensamiento sonoro, hecho melodía.
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¿Y entonces dónde quedan Rossini, Bellini y Donizetti como exponentes poco menos que excluyentes? Pues sólo representan una etapa en esta historia. Porque ¿quién puede negarle al cantante y compositor Giulio Caccini, allá por el 1600, la paternidad de esa técnica en la que la retórica de la música se pone al servicio de la retórica de la palabra, y por ende de la sensibilidad? Monteverdi sería la primera cumbre del belcanto.
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Una segunda etapa (en todo caso negativa) se daría en la primera mitad del 1700, cuando se rompe ese equilibrio de música-palabra y empieza a deformarse aquella armonía y bella proporción por el abuso de trinos y gorjeos, en un exhibicionismo en el cual la palabra se diluye. Fue en la segunda mitad del XVIII cuando Gluck, empeñado en restituir al melodrama su dignidad y simplicidad de expresión canora y verbal, preparó el advenimiento de la tercera etapa del estilo belcanto, que luego encontraría en Bellini su exponente romántico por antonomasia. Bastaría, dice Lauri-Volpi, la correcta ejecución de "Casta diva" para dar una idea de lo que se entiende por belcanto italiano: un canto que debería ser de todos los tiempos por su nobleza ética y estética. Porque texto y música se compenetran de manera de impedir que el uno prevalezca sobre el otro.
Un criterio, digamos sin vueltas, que no coincide con lo que tantos adeptos exigen del estilo belcanto, como espectacular despliegue de fuerza y de virtuosismo. Pero en última instancia, el belcanto es un sentimiento. La teoría está ahí, para quien la quiera.





