
El fuego eterno de James Brown
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Presentación del cantante James Brown , con Farris Hollie, en trompeta, teclados y dirección; Jeff Watkins y Roy Harper en saxos; James Jenkins, Damon Wood y Daryl Brown en guitarras; Fred Thomas y Willie Brundigde en bajos; Robert Thompson y Tony Cook en batería; George Nealy en percusión; Sheila Wheat, Cynthia Moore y Jacqueline Jarrell en coros; Roosevelt Johnson, cantante y valet de Brown; Yonna Wynne y Sara Manresa, bailarinas, y Facundo y Martín, como bailarines invitados. En el Luna Park.
Si alguien piensa que James Brown está cerca del retiro, su show de anteanoche en el Luna Park despejó toda duda. El "Padrino" del funk mantiene su llama intacta; más aún, lo que no tiene ya de juvenil lo tiene de "viejo lobo del escenario". En su tercera presentación en Buenos Aires desarrolló la mejor de sus performances acompañado por una banda de funk potente, ajustada, dúctil y de un despliegue escénico impecable.
La historia comenzó temprano con la presentación del grupo de Nico Cota. Mal sonido y persistentes acoples no resultaron especialmente motivantes para un Luna Park que volvió a exhibir un lleno total con motivo de la presentación de este icono del funky.
Fue subir al escenario y recibir la primera ovación. El grupo, que son dos bandas que tocan todo el tiempo en un gran unísono, calentó motores con un tema de un medio tiempo ágil. Un presentador de aspecto menudo, Daniel Ray, comienza como un predicador a estimular al auditorio. "¿Quién es el rey del funk?", grita. La gente sabe la respuesta, y esto, claro, ayudó mucho a su trabajo.
Con todo el equipo en el escenario aparece con ese pasito que es casi un trote. Pequeño, sonriente y engalanado por una chaqueta de ujier de Park Avenue. Su tropa festeja su ingreso lanzando un profundo ataque, con aterradores sobreagudos de trompeta y saxos. Y empezó la fiesta del funk. Sonido liviano, la banda que trajo Brown en esta oportunidad suena con un ensamble elegante y con solistas de mensajes modernos.
Un movimiento del brazo derecho hacia abajo y el grupo se zambulle en un clima, lo levanta y suena un acento, entre estridente y crispado y, luego, la música sigue. Como si probase el funcionamiento de un aparato, Brown hace varios ensayos de este tipo, todos cómodamente aprobados y que indican que la máquina del ritmo está a punto
La música se desparrama como una luz que encandila al auditorio. Suenan fuerte, pero no aturden. La dinámica que impone el grupo con su sonido es la ideal; en las partes instrumentales muestran una reciedumbre ágil; cuando entra el cantante la banda ensaya "el cuerpo a tierra".
Un músico con gran oficio
Brown aún canta, sabe su oficio como nadie y regula la potencia de su voz y su energía como un verdadero estratega del show business, al punto de estar en ese caliente escenario 100 minutos, sin desmayos ni atajos.
La música de Brown es un axioma en sí misma. Definió el estilo y es así como, entonces, no hay errores. Plagada de arreglos, el gusto de estos músicos por los ensambles al unísono debería verse como quien presume de algo bueno. Por ejemplo, ninguna banda suena con tanta fuerza y ajuste como la del "Padrino" y en cada escenario hay que revalidar el título.
Esta espectacularidad, en un punto hasta ingenua, se condice con la tropa de solistas que vino con él. Dos guitarristas interesantes, dos saxofonistas de increíble capacidad y un percusionista de cuidado.
Pero vayamos por partes. Por ejemplo, los guitarristas mostraron complementarse estilísticamente con un criterio inteligente. Mientras que James Jenkins exhibió un fraseo de lineal modernismo, Damon Wood dejó entrever que sus influencias son las del Eric Clapton en tiempos de los Derek and The Dominos, es decir, una articulación que no se apoya estrictamente en los acentos rítmicos y con una sonoridad suavemente cristalina.
En los caños, Jeff Watkins mostró ser un maestro del exhibicionismo. Sus solos rematados con tremendos sobreagudos, más propios de un trompetista, paralizaron al auditorio. Veloz y de un ataque profundo, dio clase de cómo se toca funk en la banda de Brown. Su compañero, Roy Harper, como un verdadero honker de Chicago, bluseó con acento metálico. Y siempre cerca, bien cerca, el maravilloso James Brown, que trajo en su troupe a dos bailarinas medio gimnastas que encontraron, en el cuatro por cuatro del funk, la forma de hacer destrezas físicas y rarísimas poses, siempre marcando el ritmo con las piernas. En fin, que más se le puede pedir a un espectáculo.
La noche tuvo también espacio para un gesto de generosidad por parte de Brown cuando, en medio de una dulce balada, Jenkins se adelantó para hacer su parte y se le desenchufó la guitarra, arruinándolo todo (en realidad, Watkins salió a cubrirlo y todo quedó ahí). Al término del tema, Brown se acercó a su apesadumbrado guitarrista y le dijo "¿Lo tocamos otra vez?"
Hubo de todo, como el par de argentinos que salieron al escenario a bailar y deslumbraron. Encima eran gemelos, Facundo y Martín.
Viene el tramo final; el grupo suena seguro, sin señales de cansancio se preparan para la estocada final sobre el auditorio, unas siete mil almas que debieron ponerse de pie ante tanta adrenalina dispersada en el recinto. "I Got You (I Feel Good)" y "Sex Machine" enlazados por la voz de este cantante que no tiene rutinas. La fuerza del funk, tantas veces mencionada, aquí cobra cuerpo. La energía de la música negra se traslada al público, hay una electricidad que no puede controlarse y la gente baila en su lugar. De pronto, todo se termina, no habrá bises ni adiós Buenos Aires. Así es el funk, así es James Brown.




