
El gran ejemplo de El Sistema venezolano
El título del ente es Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, y algún desprevenido podría imaginarse que, como tantas otras, no es sino una dependencia burocrática más. Sin embargo, el Sistema, así, a secas, como lo llaman los venezolanos, es uno de los proyectos sociales y culturales más notables del continente. Aquello concebido y puesto en marcha por José Antonio Abreu hace casi cuatro décadas, tenía como meta primigenia formar orquestas para darles un marco inclusivo a los chicos más desvalidos que apenas si cumplían con su escolaridad y que estaban por fuera de cualquier posibilidad de acceder a una formación musical. El resultado fue espectacular. Con la clara premisa de no dejar de lado las exigencias artísticas, fueron surgiendo orquestas por todo el territorio del país con un nivel musical sorprendente. No sólo había que tocar el clarinete, el violín o los timbales para compartir el maravilloso "hacer música" sino que había que hacerlo bien y cada vez mejor. En lo estrictamente cultural, la gran resultante es la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar, un verdadero seleccionado nacional venezolano surgido del enjambre de orquestas que congregan a unos 250.000 chicos y jóvenes. La "Simón Bolívar", dirigida por Gustavo Dudamel -también él surgido desde el Sistema- es, para muchos, la mejor orquesta juvenil del planeta. En nuestro país, abundan las orquestas infantiles y juveniles, aunque no como partes de un proyecto comprensivo guiado por alguna mano maestra como la de Abreu sino como microemprendimientos casi individuales, cada uno con sus propias metodologías y finalidades. Con todo, más allá de esta realidad nuestra que implica la ausencia de un Sistema, bienvenidísimas sean las orquestas infantiles y la posibilidad que ofrecen a los chicos de todas las condiciones para hacer música en equipo, una experiencia impar y tan gratificante como formativa. En estos días, en Iguazú, hay cabida para todos ellos. Desde la distancia, por qué no, es de imaginar que por las calles, aulas, salones y auditorios de la ciudad hay miles de chicos con instrumentos en sus manos y sonrisas en sus rostros, una combinación insuperable.





