El mundo gitano del Farruquito
1 minuto de lectura'
Presentación del espectáculo "Farruquito y familia" , con Juan Manuel Fernández Montoya, el "Farruquito"; Antonio Fernández Montoya, el "Farruco", y Juan Antonio Fernández, "Barullo; Rosario Montoya, "La Farruca"; Pilar Montoya "La Faraona"; Román Vicente y El Perla, en guitarras, y El Canastero, José Anillo y María Vizárraga en cante. En el Coliseo.
Nuestra opinión: bueno
Un espectáculo que descansó en el talento del Farruquito, un bailaor que combina escuela con herencia, sangre con estudio y la elegancia propia del gitano. Una propuesta anclada en la tradición profunda del flamenco, en ese mundo pleno de emociones que va de la desgarradura a la fugacidad de la alegría, del nacimiento al dolor y a la muerte.
Como ningún otro género, el flamenco sabe cantarle al dolor y más aún le baila y lo seduce al punto de apropiárselo.
Como toda compañía familiar, los Montoya se muestran unidos, pero el nivel es dispar y eso se ve en algunos momentos de este espectáculo que tuvo alguna falta de equilibrio, como lo es la falta de bailaoras. Hombres solos bailando terminan por hacer un catálogo de reiteraciones.
Si bien el Farruquito tiene fuego en su baile, no sucede lo mismo con sus compañeros de escenario, que convirtieron el espectáculo en una puesta sin matices.
El protagonista tiene vuelo: la fuerza del mundo gitano guía sus movimientos y su expresividad mezclada con un porte actoral interesante hacen que este artista sea una de las mejores expresiones que hoy tiene el flamenco.
Su pisada gallarda y elegante, su energía en el salto y su entrega hablan de un bailaor comprometido con su talento, el cual vuelca en el escenario y con la ayuda del duende hace del baile un arte salido de la historia.
Respeto por la tradición
El respeto por la tradición alcanza niveles altísimos en el escenario del Coliseo, como, por ejemplo, en sus instrumentistas, que vinieron sin la asistencia del cajón (tan utilizado por el flamenco moderno e impuesto por los grupos de Paco de Lucía, pero ajenos a la historia).
Otro punto de enorme emotividad fue la salida al escenario de La Farruca, Rosario Montoya, madre del Farruquita e institución viviente del mundo artístico gitano que, apenas se paseó por el escenario, puso de pie al auditorio.
Emoción y arte
Emoción y arte son dos sellos del flamenco, aunque en esta ocasión la emoción quedó en las figuras, en las personas y en su carga expresiva antes que en una historia que sostuviera el espectáculo. En efecto, la propuesta fue más bien planteada en cuadros que no dejaron en evidencia un correlato entre cada uno de los episodios bailados y cantados.
Un encuentro con claroscuros, dominado por bulerías, alegrías y una personal guajira, "Los Farruco en América", en el que baile y un cierto cariz rumbero, más que de guajira, llenaron el recinto.
Un público entendido festejó los pasajes destacados que sobre el escenario se fueron desarrollando, aunque sólo al final, el Farruquito y familia entraron en calor y lograron ese hermoso arco de tensión que terminó en una ovación que, como una ola, subió desde el auditorio.
Los tres cantaores mostraron parejo nivel, aunque se destacó El Canastero, artista de voz intensa, medida y que transmitió hondura. José Anillo, algo menos expresivo, pero con un fraseo de bellísimo recorrido, y María Vizárraga, cuya actuación fue correcta.
En las guitarras se sintió a pleno la tradición. La pausa, el ataque, el rasgueo arquetípico conmovieron por momentos la estructura de la danza.
El Farruquito trajo a Buenos Aires su garbo y su joven sabiduría, heredada de una de las familias que parecen sostener desde el centro de la Tierra el arte gitano.





