
El regreso de Lili Boniche
Con casi veinte años de existencia, el festival Banlieues Bleues se ha definido como el más interesante de todos los eventos musicales previos al verano europeo, una propuesta exigente, imaginativa y sin ese exitismo tan perjudicial para las muestras que se van a superponer a partir de junio. Ninguno lo iguala en duración, actividad o radio de influencia: este año son seis semanas con treinta y siete conciertos en diecisiete ciudades de los alrededores de París.
Lo que nació como un panorama de las tendencias extremas del jazz y la composición instantánea se ha ido diversificando para incluir músicas tradicionales o folklóricas vinculadas por la vitalidad de su expresión. No hubo presencia argentina esta temporada –Antonio Agri, Dino Saluzzi, Raúl Barboza y Amelita Baltar figuraron en ediciones recientes– ni los habituales cantaores flamencos, pero la maratón, que arrancó el mes pasado con Cecil Taylor, el único gran artista que le queda al jazz, y concluye el viernes con ese singular pionero del tropicalismo brasileño que es Tom Zé, ha sido tan abarcadora como siempre.
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Klezmer neoyorquino, gitanos de los Balcanes, la antigua orquesta Aragón, de Cuba, biguine de las Antillas, el musette progresivo del grupo Les Primitifs Du Futur y hasta una combinación de la tradición mística sufí con armonías negras que Kudsi Erguner rotula “Islam Blues”. Más que el programa de un festival, la celebración de la vigencia inspiradora de viejas músicas cuando son recreadas por estilistas imaginativos.
Por eso, entre la multitud de intérpretes anotados, la presencia de Lili Boniche equivale a una declaración de principios. Este legendario crooner de la casbah argelina, criado en un híbrido de aires árabe-andaluces –el haouzi–, apareció en París apenas terminada la guerra con unas increíbles versiones de tangos, pasodobles, sambas y rumbas cantadas en francárabe con el fondo orquestal que mezclaba instrumentos orientales con las guitarras eléctricas, recién nacidas.
En su tiempo, esas expresiones “bajas” desbordantes de exotismo hicieron bailar a toda la costa norte de Africa, pero en Francia nunca salieron de los cabarets orientales. Escuchados ahora, los originales de Boniche –el bolero “Historia de un amor” (“Ana Fil Houb”, en árabe), su tango “Guitarra”, el eterno “Alger, Alger”– sorprenden por las instrumentaciones y conmueven como un documento lánguido y malicioso de un estilo de vida, de convivencia, perdido para siempre por culpa del fanatismo.
La guerra de la independencia argelina arruinó económicamente a Boniche, árabe, pero de origen judío, y el giro de los hábitos musicales expulsó de los escenarios su eclecticismo, pero igual que ocurrió con otros magníficos intérpretes enterrados a flor de tierra en todo el mundo –Jimmy Scott, Henri Salvador, Luis Cardei, Freddie Cole, Andy Bey–, la impotencia de los nuevos cantantes para transmitir emociones genuinas lo trajo de retorno en la década pasada.
Acaba de cumplir ochenta años y parece el espectro de un ídolo pop: pelo escaso, reacio ya a cualquier tintura, pómulos hundidos arrastrando los labios, una nariz que exagera la intensidad de la mirada y manos sarmentosas sosteniendo la misma guitarra Fender que estrenó medio siglo atrás es la imagen que ilustra su álbum “Alger Alger”, producido por Bill Laswell con cuidado por destacar lo que sigue siendo una cautivante manera de hacer música.
Lili Boniche ya no se comporta como el suave Pépé-le-Moko que fingía ser en la posguerra. La edad, unida a la repercusión de su reciente tema “No hay más que un solo Dios”, lo ha ubicado en la dimensión de gran conciliador mediterráneo, un utopista venerable que no renuncia a sus orígenes y todavía se permite el guiño de una nueva españolada genial titulada “Pedro le toréador”.





