
¿Es sólo cuestión de actitud?
"Me han ofendido mucho y nadie dio una explicación", escribió Charly García hace poco más de 30 años. Esa es la sensación que hoy se tiene en Buenos Aires, la ciudad que armó su propia cultura rock; la misma que configuró el mito de Gardel de que cada día canta mejor. Pura contradicción. Puro urbanismo, ruido. Nadie escucha al otro. Los taxis dan vueltas para cobrar unos centavos más; el colectivo no para cerca del cordón, y mucho menos si caen glaciares de punta. El porteño es así. Eso que tan bien se percibe, con razón, desde el interior y desde el exterior. Lo que ellos no entienden es que somos víctimas. Sí, víctimas de nosotros mismos.
El fantasma de Canterville , el tema de Charly basado en el relato clásico, explica, de una manera inocente (empieza con un "Yo era un hombre bueno/ si hay alguien bueno en este lugar"), qué es lo que les pasa hoy a las autoridades de la ciudad, por esa actitud de "cuidarnos" del rock. Mientras organiza acciones como habilitar el viejo Correo Central para hacer una suerte de centro cultural, donde el rock y el pop aparecen para engrosar la lista de nombres ilustres que apoyen la gestión al participar -por ejemplo- en Ciudad Abierta, sigue sin atender el pedido de diversos espacios para obtener una habilitación que les permita tener música en vivo. Al parecer, nada extravagante. Esos lugares existen en casi todas las ciudades del mundo. Y, también, en pueblos grandes...
No hay caso. Casi dos años después de la tragedia de Cromagnon, se van a estudiar algunos proyectos que permitan el funcionamiento de clubes de cultura. Es dramático que se interprete una actividad musical como peligrosa. Y nadie dice demasiado. Parece que sugerir que se deje de prohibir el rock que no pertenece a las grandes marcas podría hacer rodar la cabeza de más de uno. Y, aunque les pese, el rock no es una actividad peligrosa para la integridad física de nadie. No hace falta estar muy informado como para saber que muere más gente por accidentes de tránsito que por escuchar rock en bares o pequeños clubes de barrio.
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Es cierto que uno está harto de escuchar hablar de la "pauperización" de la cultura argentina en los últimos años, pero también es cierto que es totalmente comprobable: basta escuchar las radios, ver los noticieros, escuchar música o saber qué pasa con el fútbol (que, al parecer, es lo que enmarca nuestro formato cultural).
Justamente, el valor del rock en los últimos años ha sido la actitud. Ya no se pide que se escriban buenas canciones. Toda la preocupación parece pasar por si Charly -justamente uno de los pocos talentos que dio últimamente este rincón del planeta- empieza su show puntualmente o si se queja porque el sonido del show no le conforma o si hace "mucho ruido" (¿?) o si le pegan. Lo que importa, de verdad, es si tal cantante es lindo, simpático, gracioso, zalamero, piola, sobrador, gracioso, etcétera, o si enamoró a esa mujer que casi todos los televidentes desean.
Si el rock es sólo actitud, habrá que pedir, entonces, que con esa misma actitud se lo deje andar por los pequeños escenarios de Buenos Aires. Hay pocas ciudades como ésta. Y existe un rock argentino.
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