
Falleció el músico y actor Walter Yonsky
Se suicidó por problemas económicos
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Pocos hubieran imaginado que un hombre -un artista- tan vital, tan eufórico e histriónico podría darse cita algún día con la parca. Pero fue la profunda depresión en que lo sumieron -según sus allegados- la falta de trabajo y las carencias económicas lo que precipitó su partida. Fue así que anteayer Walter Yonsky puso punto final a sus días arrojándose desde la terraza del edificio de departamentos donde residía.
Porteño de ley (había nacido en Buenos Aires el 6 de noviembre de 1937), Walter Yonsky ingresó en las tablas en 1959, en el teatro Rivera Indarte de Córdoba con "El discípulo del diablo", de Bernard Shaw. Tras sus estudios en el ISER, empezó a sumar una serie de actuaciones como actor en diferentes teatros de Buenos Aires, y pronto ingresó, junto a la comedia, en el mundo de los niños con títeres y pantomimas, hasta que en 1964 dio un salto en sus preferencias, asumiendo la tragedia de Arthur Miller "Panorama desde el puente", en el teatro Lasalle y en gira por el interior.
Pero a Walter Yonsky -que estuvo actuando con éxito y a sala llena hace un par de años en el Café Tortoni- se lo conoce también como original cantante de tangos y de obras para niños. Había grabado seis discos con obras como "Platero y yo", del poeta Juan Ramón Jiménez, que cantó y contó; "Piccolo saxo", un repaso por las familias de la orquesta, con André Popp y, esta vez con la batuta nada menos que del célebre Lorin Maazel, el cuento musical "Pedro y el lobo", de Prokofiev, y la "Guía Orquestal para la Juventud", de Benjamin Britten.
Inquieto hasta la obsesión, quiso dejar como legado su revisión de tangos poco difundidos en ediciones que le permitía el reducido mercado abierto a sus apetencias artísticas, como los que integraron "100 años de tango", en el Salón Dorado del Teatro Colón. Pero también quiso internarse por los más variados ritmos populares hacia otro espectro de su predilección, como fue el espectáculo "Para que bailen los chicos de América".
Yonsky, siempre alegre, desenvuelto, verborrágico, estaba consciente de que su ubicuidad actoral había desplazado al cantante. Pero todo pareció asumirlo con la alegría de vivir sin complejos.




