Fernando Moruja, recordado con sincera emoción
Presentación del Grupo Vocal Meridión
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Le llamaban "Fefe". Nació porteño. Su mundo era otro mundo: notas y voces. Le vieron alejarse aquella tarde de compras navideñas. Agonizaba 2004. "Fefe" en bicicleta no supo que la Parca le esperaba. El turbión urbano burló el rojo. "Fefe" y bici, masacrados contra el suelo.
El cuadro de la muerte cruel de Fernando Moruja rondaba el sábado por entre las butacas del aula magna del Colegio Nacional, mientras los tilos se prodigaban con su perfume embriagador por toda su calle. Dos de sus coros más cercanos le rendían homenaje: el Meridión, que él había fundado y dirigido en proteicas designaciones y el de su hermano Mariano, en el que fue coreuta y ayudante. Gente de coro y amantes del canto coral se congregaban como bajo ese sol más alto de la hora del meridión. Los iluminaba el recuerdo de un músico (guitarrista, cantante, director de voces y compositor) que ese día hubiera cumplido 46 años.
Ni el tono elegíaco ni el apunte lacrimógeno empañaron el recuerdo de este egresado del Nacional, niño cantor en el Coro Nacional de Niños de Vilma Gorini, con cuyos integrantes formó su propio coro, de proteicas designaciones (Filosofía y Letras, Ciencias Veterinarias, Coral de la Rábida) hasta que adoptó -en 2002- la de Meridión; integrante del Estudio Coral de López Puccio y cofundador de la Asociación de Directores de Coro de la Argentina (Adicora).
Emoción y humor
Tanto se desterró lo necrológico, que hasta la emoción de muchos coreutas que lloraban en silencio pareció disiparse gracias a una imaginaria presentación de Fernando en el más allá, concebida y leída con sutileza por Daniel Cabrera, en la que el músico rememora, entre pinceladas de ingenio, las ímprobas tareas acometidas en su condición de compositor y director coral. Humoradas que, sin duda, reflejaban aquel don irónico que supo cultivar con fruición y que matizó los días de Moruja.
Fernando había esparcido su semilla para que crecieran y se consolidasen los coros, esos cientos de formaciones vocacionales de cantantes altruistas que hacen música por puro amor al arte. Y una de sus simientes fueron las obras corales que pergeñó su inventiva.
De allí que el Vocal Meridión presenta una parte de su obra coral con prolijidad y entrega, agrupación que estrena directora con Ana Laura Sluvis. Una misa breve, las sacras "O bone Jesu" y "Lux Aeterna", y las canciones "Los ángeles bailan entre la hierba", sobre texto de Juan Ortiz, y "Miedo", con letra de Gabriela Mistral, muestran primero a un Fernando Moruja que busca sortear los lugares comunes a lo largo de tramas armónicas tonales y transparentes, de diáfana homofonía (la más elaborada es "Lux aeterna"), y luego, en las dos canciones, la expansión hacia la polifonía y la melodía hímnica.
Su estilo parece afianzarse en otras composiciones suyas que traduce su hermano Mariano Moruja al frente del sólido Grupo Vocal de Difusión. "Ave María" y "Pater Noster" se atreven con modulaciones y matices dinámicos que enriquecen el claro discurso de sugerida devoción. Y los "Kyrie" y "Gloria" de la Missa Secunda presentan disonancias y un lenguaje más atrevido y contemporáneo.
La vena humorística de Fernando Moruja se despliega, lúdica, en el verbo satírico de Francisco Gómez de Quevedo y Villegas, como el celebérrimo "Erase un hombre a una nariz pegado", con efectos contrastantes, hallazgos en los inquietos pulsos rítmicos y eficaces aprestos polifónicos. Y se explaya en canciones con letra del poeta español Rafael Alberti, mediante contrapuntos transparentes y atractivas líneas melódicas.
Ya en el final, los dos coros y ex integrantes se suman en sendos aciertos de Fernando, a través de versiones corales folklóricas. Es la culminación de la merecida ofrenda.




