Filarmónica: un rendimiento fuera de serie de la orquesta y la colaboración suprema entre Marc Albrecht y Nelson Goerner
En el séptimo concierto del ciclo 2026 de la Filarmónica de Buenos Aires, que llevó por título Mundos románticos
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Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Mundos románticos. Director: Marc Albrecht. Solista: Nelson Goerner (piano). Programa: Concierto para piano y orquesta en la menor, op. 54, de Robert Schumann; Obertura de Die Meistersinger von Nürnberg, obertura y bacanal de Tannhäuser, preludios de los actos I y III de Lohengrin, de Richard Wagner. Sala: Teatro Colón.
La posibilidad más verosímil de reunir a Robert Schumann y Richard Wagner es por la vía de la desunión. A Schumann, esta idea de la desunión que reúne le habría gustado tal vez más que a Wagner, pero en el fondo era común a ambos. Uno y otro buscaron a su manera estrategias de unificación formal, y las soluciones que encontraron admiten ser vistas como dos caras del Romanticismo. Por eso Mundos románticos, el nombre que se le dio al séptimo concierto de la Filarmónica de Buenos Aires, resulta legítimo, siempre y cuando se entienda que esos dos mundos respiran en la misma atmósfera.
La solución que encontró Schumann en su Concierto para piano fue inaugural: no se había escrito un concierto para piano así, vuelto hacia adentro, intensamente íntimo, sin la lucha del piano y la orquesta, y con una economía temática de suma concentración. Todo pende de un motivo mínimo aunque de tremenda fecundidad, ese motivo que exponen el oboe, el clarín y el fagot y que refleja enseguida el piano. De altísimo vuelo, la versión de Nelson Goerner y Marc Albrecht siguió el desarrollo de ese motivo casi como si fuera el personaje de una novela de formación, y a la vez con esa repentización schumanniana -reflejo de la Fantasía de la que nació el concierto- que se reserva siempre la ilusión de imprevisibilidad. Goerner iluminó, sin ninguna exterioridad -pero también sin ninguna blandura- cada recoveco armónico y motívico, y la cadenza, en la que se debaten Eusebius y Florestan -los dobles en los que Schumann se proyectaba- se escuchó como una sola identidad, y esto se debe probablemente a que la lectura de Goerner supone la experiencia de la microscopía sentimental de los ciclos schumannianos de miniaturas para piano.
Del Concierto en la menor dijo otro pianista, András Schiff, que era “una pieza de música de cámara par excellence”. Realmente, pocas veces se habrá alcanzado esa supremacía camarística como en la colaboración de Goerner y Albrecht, en la que el piano fue algo así como un primus inter pares; pocas veces se oyó este concierto con semejante transparencia. Goerner hizo después de su memorable versión dos piezas fuera de programa: un intermezzo de Brahms (el n° 2 del op. 118, con un rubato delicadísimo) y un preludio de Rachmaminov (el op. 23, n°2).
El otro mundo
En un artículo temprano escrito en París, Wagner discutió con bastante minuciosidad la función de la obertura operística y sus modos de composición, y, casi al pasar, observó. “En un sentido muy significativo, el compositor procede como el filósofo, que concibe sólo la idea de los personajes”. El señalamiento indica, además del modo en que trató los mitos, que los personajes de sus dramas tienden a la inmaterialidad de la idea. El alemán Marc Albrecht pareció guiarse por esa misma presunción, ya desde la obertura de Los maestros cantores, que fue verdaderamente la “imagen temática” de la obra entera. Albrecht es un director de inusitado refinamiento en el perfilamiento melódico y en el detallismo tímbrico. La obertura y bacanal de Tannhäuser fue así un ejemplo de construcción en la que cada transición mínima estuvo subordinada y alumbrada por el diseño mayor.
Thomas Mann dijo en una ocasión que el preludio de Lohengrin era “la cumbre del Romanticismo”. Probablemente sea una de las cumbres, o uno de los senderos para llegar a la cumbre. Pero entre tantas cosas -innumerables cosas- que es ese preludio, es también la historia de un crescendo y un diminuendo. La fluidez que conquistó aquí Albrecht dejó sin aliento. La Filarmónica tuvo un rendimiento fuera de serie en todas sus filas, especialmente en las maderas, donde se lució el clarinetista Mariano Rey, aunque es imposible establecer un escalafón porque no hubo ningún flanco débil. Tampoco hubo piezas fuera de programa. La noche cerró con un merecido reconocimiento al primer violín Elías Gurevich, muy emocionado, por su retiro de la orquesta. Fue el último eslabón de una función inolvidable de punta a punta.
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