
Finalizó Guitarras del Mundo
La última edición del festival internacional, un éxito de público
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Un clima de ritual; un escenario despojado (con su ancho fondo negro); una luz cenital fija en medio de la escena; guitarristas que aparecen como pidiendo permiso; un público que aplaude cuando se ilumina su rostro. Esto, que es la antítesis de los conciertos habituales, ocurrió en cualesquiera de las noches del festival Guitarras del Mundo, organizado por la Secretaría de Cultura porteña. Tuvo lugar en la sala A-B del Centro Cultural General San Martín. Y se repitió a lo largo de 56 sedes, en todo el país, gracias al apoyo de la Unión del Personal Civil de la Nación, de varias embajadas, de Cultura de la Nación, del sello discográfico EPSA Music y de algunas empresas privadas.
Del 1° al 13 de este mes desfilaron por nuestros teatros guitarristas -la mayoría jóvenes- venidos de España, Alemania, Italia, Canadá, Turquía, México, Guatemala, Costa Rica, Brasil, Paraguay, para exhumar partituras del repertorio clásico, obras de la música popular ecuménica, folklores regionales, tango y jazz.
Estudiantes y profesionales
Entre las características del encuentro se plasma la idea de su director artístico, Juan Falú -secundado por la infatigable Ana Villa- de abrir las noches con un estudiante de guitarra. En una de ella nos apabulló el talento -en técnica y expresividad- de Pablo Uccelli al irrumpir con "Retrato de Gobbi", de Piazzolla, y "La bordona", de Balcarce, que parece escrita ex profeso para guitarra. Esa misma noche se disfrutó del perfecto ensamble del dúo Ramírez-Wernicke en "Milonga de un entrevero", de Carlos Moscardini, dos dificilísimas danzas de Gismonti y -sobre todo- en el "Tango Suite" de Piazzolla, verdadero prodigio de imaginación y expresión estilística única dentro del repertorio de Astor, en cuyos tres movimientos el dúo remontó altísimo vuelo. El concierto concluyó con el veterano Carlos Barbosa Lima, un elegido de la guitarra que opta por recorrer, con impagable imaginación y riqueza musical, las celebérrimas canciones "Adiós", "Siboney", "Perfidia", "Mujer", obsequiándonos luego las brasileñas "Desafinado", "Aquarela do Brasil" y "Sambolero", con extraordinaria exquisitez y refinamiento.
El último día, previo al cierre del domingo, con múltiples actuaciones, nos fue dado toparnos con músicos fuera de serie, como lo es Javier Bravo, precedido por Néstor Marcos, otro estudiante que es todo un profesional.
Bravo empieza con "La gran Jota", de Tárrega, sorprendente mosaico español, muestra cabal de los infinitos recursos expresivos de la guitarra. Sigue con su propia obra "Suite hispana", extraordinario modelo de inventiva en su "Danza", "Pasacalle" y "Capricho", dos atrevidos -incluso temerarios- arreglos de los tangos "Nostalgia" y "La mariposa", para terminar con la señorial e impetuosa "Danza del molinero", de Falla. Su majestuosa guitarra sabe transportarnos a la magia y el palpitar hispano.
Manolo Yglesias llegó con bulerías, sevillanas y rumbas. Se le rompió una uña y debió acotar su participación con los raptos, repiqueteos y palpitaciones del flamenco.
Por último escuchamos al Dúo Baroni-Osuna, que se internó por un exigente repertorio internacional, que incluye obras de Rodrigo, Assad, Falla y Brahms. Precisamente el Andante con variaciones, del Sexteto op. 18, de Brahms, sorprendió aquí, por lo inusitado. Pero vale destacar, sobre todo, la cohesión y musicalidad de Baroni-Osuna en todas ellas.
Mil quinientas personas en Tucumán; mil doscientas en Bahía Blanca; trescientas en alguna calle de La Plata escuchando por altoparlantes, hablan de la buena acogida que tuvo el festival.
Una vez más la guitarra, con sus diferentes cajas y rosetas, sus distintos clavijeros, trastes, mástiles y puentes, ha convocado a un público masivo, pero de oídos atentos y sensibles. Sobre todo, cómplices. Ya con rasgueos, punteos, trémolos o repiqueteos; desgranando ligaduras o entretejiendo arpegios, insertando armónicos y portamentos o regalando vibratos, la guitarra española nos ha invitado a la música pura, al melodismo entrañable, a la expansión de la auténtica alegría, en la danza; a los desafíos contemporáneos, que pueden acoger esporádicamente las complejidades y el virtuosismo; al silencio. Silencio -a partir del minucioso trabajo de afinación del instrumento- como reverso del ruido, del hueco malabarismo; como una plenitud espiritual. Para demostrar que los grandes mensajes se pueden transmitir mejor con susurros.





