
Gato Pérez, un visionario
Seguramente que todo lo conocido y mucho de lo que se ignora sobre ese encantador pero autodestructivo artista que se llamó Gato Pérez estará en "Gran Gato", película que Ventura Pons acaba de completar y define como "musical documentado". Para el cineasta catalán, que ya lo admiraba cuando le encargó la música de "La rubia del bar" en 1986, Gato fue el gran cronista de la bohemia barcelonesa, "un visionario al que el tiempo acabó dando la razón con la dignificación de la rumba catalana en los Juegos Olímpicos de 1992".
No debe haber habido argentino más dominante en un estilo musical extranjero, tampoco nadie tan querido y recordado, aun a doce años de su muerte y nada menos que en Barcelona, el medio artístico más exigente de España, muy duro de conquistar si no se es catalán. Menos todavía durante el posfranquismo, cuando la arrogante ciudad era la capital cultural del país, pero igual se dejó cautivar por la resurrección de la desdeñada danza que produjo este singular personaje.
Un adolescente llegado de Buenos Aires en 1966, estudiante solitario, caminador enamorado de la ciudad de los arquitectos locos que, apenas graduado, se escapó a Londres en busca del rock británico para terminar de mucamo de cierto lord. Luego, el retorno a las mismas ramblas que recorría el pintor Ocaña y el largo reinado en el legendario bar Zeleste, donde junto a gitanos catalanes, músicos de rock y algún jazzman fracasado relanzó la rumba local con audacia instrumental y letras de una inteligencia, profundidad y ternura que siguen siendo admirables.
Gato -Javier Patricio- Pérez fue un extraordinario compositor de canciones, crítico de costumbres, narrador irónico de episodios cotidianos, un pícaro bon vivant lúcido y sentimental que abarcó su amplia temática con recursos de gran poeta, sin caer en la melancolía del Serrat o el Raimón de la época ni resignar la algarabía de un género bailable que había sido popular con Antonio González y Peret y él recuperó sin importarle cuántos estilos estaba mezclando.
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Fuera de "Se fuerza la máquina", que Silvina Garré nunca dejó de cantar, Gato casi no existió en Argentina. Dos de sus mejores álbumes, "Atalaya" y "Prohibido maltratar a los gatos", aparecieron desguazados en una antología y "Música", registrado en 1983 apenas superado su primer infarto, circuló de manera subterránea, a pesar de la presencia de Paco de Lucía y del soberbio "Sabor de barrio" cantado a dúo con Juan Carlos Baglietto.
Pero igual, algunas de las estrofas de este gran cancionista nativo que nunca fue nuestro se escuchan como premoniciones: "Ese mes y en esos días los vecinos reclamaban / un despliegue policial superior al habitual / mil atracos y secuestros, registros y redadas / la ciudad era un infierno..." cuenta en "Todos los gatos son pardos", y tampoco "La diputada", de 1981, ha perdido filo caricaturesco: "Ella sola contra el mundo cambiará esas leyes inhumanas / si no las cambia ella, no las cambia nadie. / Con esa fiera desatada que no para nunca, todo un tren expreso / ay!, que diferente la diputada/ de otras arrugadas y malhumoradas madres de la patria".
Contrariamente a lo que aconsejaba su fragilidad coronaria, las fotos muestran una persona jovial, pero prematuramente envejecida, con más peso del recomendable y, cuando no una copa, el cigarrillo en la mano derecha. Como reconoció en canciones, forzó la máquina de noche y de día, jugándose la vida, pero se equivocó al afirmar en su álbum póstumo "aún tengo seis vidas para dedicar a lo que pudo ser pero será". En octubre de 1990, con poco más de treinta y nueve años, el último síncope no le dio tiempo ni a despertar.
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