
Georg Friedrich Haendel, en el centro de la escena
Casi todos lo recordamos: 1985 fue declarado año europeo de la música, pues tres siglos atrás, en 1685, se habían dado cita para llegar a este mundo tres grandes genios: Johann Sebastian Bach lo hizo en Eisenach; Domenico Scarlatti, en Nápoles, y Georg Friedrich Haendel, en Halle. Luego, la vida y la muerte trazaron para cada uno un itinerario diferente. Pero para la historia quedaron unidos por un destino común: la genialidad para llevar el arte sonoro hacia cimas insuperables.
Ahora, en 2009, exactamente el 14 de abril próximo, se cumplen 250 años de la muerte de Haendel, ocurrida en Londres, donde maduró y creó lo más importante de su impresionante y variadísima producción. Una obra que se mantiene intacta en el curso de los siglos. Por eso, cuando Friedrich Nietzsche lo calificó de "hombre pletórico" estaba dando el juicio más perfecto que hubiera podido emitir nadie en sólo dos palabras. El "hombre pletórico" era, en el pensamiento del controvertido filósofo alemán, aquel que compendia y sintetiza el sentido de la humanidad y que hace de su vida un esfuerzo y una lucha; el hombre que tiene como valor supremo la vitalidad ascendente, donde se identifican la genialidad estética y el espíritu trágico. Haendel habría encarnado el concepto de la vida como voluntad de afirmación del hombre frente a la sistematización del raciocinio. Representaría, bajo esa luz, lo que Nietzsche definió como el "espíritu dionisíaco", la audaz inclinación del ser humano a sumergirse en la profunda realidad de la existencia.
* * *
Nacido en Halle, Sajonia, se trasladó a Hamburgo primero y luego a Italia. Florencia, Roma, Venecia y Nápoles supieron del paso de esta inquietante personalidad, dispuesta a absorber y asimilar cuantos estilos pudieran adecuarse a su temperamento y a sus necesidades de creación. Hasta que, en 1712, inició sus actividades teatrales en Londres, la meta de sus aspiraciones. Para entonces, la composición ya no tenía secretos para él. Sólo le faltaba beber hasta el fondo las experiencias de la música inglesa, y para ello nada mejor que internarse en el estudio de Purcell. Estaba preparado, entonces, para iniciar sus grandes trabajos.
* * *
Formado en una escuela europea que no tuvo fronteras para él, no fue sin embargo el suyo un estilo híbrido, de mera imitación o yuxtaposición. Con la gran herencia germana del contrapunto y la homofonía perfeccionados hasta increíbles alturas en sus grandes oratorios, la música italiana y la francesa le enseñaron el arte de escribir bellas y auténticas melodías a la par que dieron a su escritura polifónica una plasticidad y riqueza de procedimientos sin paralelos. De tal manera, su música adquiría una fisonomía inédita, tan universal como propia e intransferible. Robusta, monumental, gracias a la grandeza interior de su espíritu, ante todo, equilibrado y sereno.
Pocos aspectos existieron en la música que Haendel no haya cultivado. Amó profundamente al teatro y le dedicó unas 40 óperas. Amó la música instrumental y cultivó todos los géneros. Fue un extraordinario organista y al teclado destinó páginas incomparables. Por fin, el gran Haendel, el "hombre pletórico", habría de dar a Inglaterra uno de sus géneros más amados, el oratorio, a través de una treintena de títulos. Por eso este año las entidades musicales de Buenos Aires lo tendrán seguramente como invitado especialísimo.




