
Grandes piezas de la música de cámara
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Concierto del Cuarteto Cum Corde , integrado por Grace Medina (violín), Cristina Bara (viola), Cecilia Carnuccio (violonchelo) y Agustina Herrera (piano). Programa: Cuarteto para piano y cuerdas, en Mi Bemol Mayor, Op. 47, de Robert Schumann y Cuarteto N° 1, para piano y cuerdas, en Do menor, Op. 15, de Gabriel Fauré. Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco.
Nuestra opinión: muy bueno
La sala del museo Isaac Fernández Blanco parece un templo para la meditación. La atmósfera creada por la tenue y matizada iluminación, el brillo fascinante que retractan los objetos expuestos en las vitrinas y el mobiliario y la marquesina de madera oscura contribuyen para predisponer al público a la apreciación de dos obras monumentales de la música de cámara, los cuartetos con piano de Schumann y Fauré.
Cuando aparecieron las bellas y sonrientes figuras de Agustina Herrera, Grace Medina, Cristina Bara y Cecilia Carnuccio se tuvo otro motivo de placer estético y al escuchar los primeros instantes del sostenuto assai con ese inicial lento y meditativo que anuncia la solemnidad temática posterior donde el piano adquiere enorme protagonismo (no podía ser de otro modo con una composición del gran poeta del piano como lo fue Schumann) comenzó una experiencia inolvidable.
Sólida formación
El conjunto, recientemente formado, con sólo dos presentaciones previas, una en La Plata y otra en el Club Universitario de Buenos Aires, brilló a gran altura como consecuencia de la sólida formación musical de sus integrantes. La pianista Agustina Herrera exhibe un mecanismo técnico de digitación impecable por su pulcritud, un sonido encantador siempre recubierto de un matiz perlado, con el don de la homogeneidad de touch en los pasajes rápidos y una apasionada expresión para otorgar cálida inflexión a cada frase.
Por su parte, la violinista Grece Medina hace gala de un voluminoso sonido, una seriedad académica sin fisuras y un sentido del matiz con amplia gama de posibilidades. También es poseedora de las características que debe reunir el violín en un conjunto de cámara: color matizado y transparente en la zona aguda, redondez aterciopelada en los graves.
Cristina Bara, con el recato y el amor de violista, siempre en aparente sumisión al resto pero llamado a cumplir una vital función de armado en la cohesión y el equilibrio sonoro, dejó escuchar un sonido grato, con muy buen manejo del arco. Por último, la violonchelista Cecilia Carnuccio es poseedora de una sonoridad en verdad hermosa y de una afinación impecable.
Con esos atributos individuales, sumados al nervio interno que enaltece y valoriza el ritmo, elemento vital de toda buena ejecución, la grandeza de la composición de Schumann (¡qué oportuno momento para ofrecer un tributo a las intérpretes, ese tema del violonchelo al final del primer movimiento que hace referencia a lied Er der Herrlichste von Allen, del ciclo "Amor y vida de mujer"!) injustamente relegado frente al difundido Quinteto, Op. 44, también con piano.
Entró lo mejor de Fauré
Luego de la pausa, las jóvenes, con pasmosa calma (otra virtud del conjunto Cum Corde), abordaron una de las cumbres de la producción del exquisito compositor de Francia, Gabriel Fauré, escrita cuando el músico había penetrado por primera vez en el conocimiento de la grandeza musical de Richard Wagner.
La obra, contemporánea de otra página igualmente notable del género, como lo es el Quinteto de César Franck, causa placer por la belleza de cada tema, por la liviandad del estilo, la flexibilidad de las partes para el piano, con sus arpegios, acordes, esfumaturas y una elegante cuota de humor en el scherzo, considerado por el estudioso Noctoux como "la finura de los clavecinistas franceses del siglo XVII reencontrada en una atmósfera de serenata en la que se presiente a Verlaine".
Y ni qué hablar del lirismo del adagio que parece diluirse en el infinito como del cautivante final con el ritmo de cabalgata (puntillo en el primer tiempo acentuado), páginas suficientes para considerar a la composición de magistral.
La muy buena ejecución del conjunto recibió la ovación del público asistente que colmó la capacidad del lugar y la comprensión de no insistir en una agregado, porque frente a la magnitud de las obras, por tiempo y sustancia, todo había quedado expresado y, curiosamente, en una actitud inusual, el público permaneció en el silencio del museo, ya casi vacío, contemplando las obras de arte. Fue evidente. Hubo ahí un imán inexplicable que nos demoró antes de retornar a la tierra.





