El precio de la traición
El ex cantante de Bersuit editó su tercer álbum tras la separación en malos términos de la banda y afirma que "traicionar es un acto de rebeldía"
1 minuto de lectura'
"Soy temerario, perseguido, mal pensado, retorcido. Estoy enfermo de humanidad, bebiendo luz de la oscuridad/ Como aún no soy consciente, necesito de la gente/ Por dentro soy vulnerable, por fuera autosuficiente/ Soy la fuerza del vapor, una mezcla de agua y fuego/ Yo soy semilla de sol, un enviado del cielo./ Me desvela descubrir el corazón tras tanto velo./ Soy luz intermitente./ Soy pájaro, que aún no vuelo."
Así, en un himno confesional que dio en llamar "Soy mi soberano", Gustavo "el Pelado" Cordera cristalizó las intenciones artísticas y personales que lo llevaron a emprender el viaje de La caravana mágica Vol. 2 , último disco que el ex frontman de Bersuit lanzó este año junto con su nueva formación.
En la búsqueda de una tranquilidad que aún hoy parece no llegar, el hombre que no le teme al desnudo confiesa que pagó "el precio del traidor" y que por estar en la cresta de la ola se asesinó varias veces. Con más confesiones y menos sentencias, el actual líder de La Caravana habló con LA NACION sobre su nuevo rumbo, sobre las traiciones, sobre el presente de Bersuit y sobre la necesidad de reconocerse... para empezar a cambiar.
–¿Por qué dijiste, al lanzar el disco, que lo sentís como un nuevo nacimiento?
–Lo que me está ocurriendo desde hace un tiempo es que estoy sacándome muchas cáscaras en cuanto a información, en cuanto al lenguaje artístico y estoy experimentando con una nueva fragancia para hacer mis canciones.
Ya el hecho de interactuar con gente nueva hace que ya sea otra la realidad, es otra arcilla y otra la semilla fundacional también. El propósito que me lleva en este momento a hacer música es distinto al que me llevaba a hacer música hace años atrás. En algún momento, es muy importante que la banda sea un proyecto económico viable y que deje dinero. Esas cosas, de alguna manera, ya son ilusiones cumplidas. Y cuando cumplí cincuenta años, me bajó ese día la necesidad de dedicarme a la música y al canto de otra manera.
-¿Incorporando energías más femeninas y amorosas...?
-Totalmente, energías más amorosas, más femeninas y no intercambiar desde la ironía, desde el gaste al otro, desde la forreada , desde la sospecha y desde interpretar al otro, sino dejarlo ser.
-¿Es un disco con menos sentencias y con más confesiones?
-Sí. Es un disco que pretende eso. Ha trascendido, ha evolucionado en ese sentido mi mundo. Creo que en este disco lo que pretendo es hacerme responsable de mi lugar en el mundo.
-¿Pagaste un precio por virar de la manera en que viraste tu rumbo artístico?
-Estoy pagando el precio del traidor.
-¿Te lo hacen pagar tus colegas o el público?
-Una persona que de alguna manera cambia el rumbo de su vida de la manera en que yo lo he cambiado siempre va a recibir de la sociedad el mote de traidor. Creo que traicionar es un acto de rebeldía. Reconocer qué somos, las cadenas que vinimos a romper, nuestros miedos, nuestras vergüenzas, cada una de las cosas que definen nuestro camino y que desde ahí nos hacen dueños de las cosas que hacemos. Una persona que hace rock, por ejemplo, y no reconoce que le interesa el éxito, que le interesa que lo quieran, que le interesa el dinero y el reconocimiento nunca se va a poder encontrar y la música que haga va a ser muy estrecha, muy mezquina.
-¿Qué precio pagaste cuando estabas en la cresta de la ola?
Y...el precio que pagué fue irme al carajo. Estar ahí, inmolándome. Estar en el crematorio.
-¿Artísticamente o en tu vida personal?
En todo. Pagué el precio de no conectarme con mis hijos, de no verlos crecer, de no haber sabido amar a la mujer que amaba, de no haberme conectado conmigo mismo. Y lo volvería a pagar porque eso me trajo hasta acá. Yo no estoy arrepentido de haberme asesinado a mí mismo tantas veces. Y de hecho lo sigo haciendo. Me parece que es importante traicionarse a uno mismo. ¿Viste este cliché del rock: «No cambies nunca»? Es lo peor que le puede pasar a alguien. Yo digo que no nos deberíamos ir de este mundo sin saber hasta dónde éramos capaces de haber llegado, hasta dónde podemos llevar nuestro dolor, hasta dónde podemos llevar nuestro placer. Entonces, que me pida la gente que retorne a las miradas de hace veinte años atrás es como pedirle a alguien que envejezca de un día para el otro.
-Una frase de "Soy mi soberano" dice "mis amigos no me extrañan", ¿sentís que no te extraña el rock?
-Esa parte mía no es de extrañar.
-¿Qué parte?
-Mi ego, mi egoísmo, mis celos, mi envidia, mi espíritu paranoico, las sospechas. Eso no es de extrañar. Cuando uno extraña a alguien, extraña su silencio, su mirada, su generosidad, las cosas copadas que yo tenía. Yo creo que el rock si extraña a eso que yo tenía, eso que yo abandoné, puede encontrarlo en otra gente. Yo teatralicé y viví una historia, pero mi ser único se está empezando a ver recién ahora.
-Te escuché decir que creías que Calle 13 era uno de los proyectos más valientes de los últimos tiempos. ¿Qué hace a un proyecto musical valiente?
-Decir lo que sentís sin medir las consecuencias, sin especular, no dejarse palmear la espalda por ningún gobierno; no tocar para ningún gobierno. En ese momento, te hacés realmente un artista. Un artista es la gente, no es una institución. El artista tiene que identificarse consigo mismo, con su obra. Tiene que ser un librepensador.
-¿Cómo evaluás la evolución de La Caravana Mágica?
-Yo lo que estoy viendo es que el proyecto está creciendo, que está teniendo un crecimiento lento, pero seguro.
-¿Lento en lo creativo o en cuanto a convocatoria?
-En cuanto a convocatoria, no en cuanto al aspecto creativo, en eso está creciendo de una manera tremenda. Hicimos más de 110 conciertos y hoy estamos haciendo conciertos sin ninguna canción de Bersuit.
-¿Te gusta lo que hace Bersuit ahora?
-No.
-¿Por qué?
-Me gustaría, por ejemplo, si eso lo hiciera otra banda con otro nombre.
-¿Por celo personal?
-No. Porque me parece que Bersuit tiene una impronta colectiva muy fuerte que tiene que descansar. No es posible que Bersuit continúe sin mí. No está bueno. Como tampoco hubiera sido bueno que Bersuit continúe sin Céspedes o sin Juan Subirá. Es como hacer pizza sin queso, o hamburguesa sin carne, qué sé yo. Está bien, pero no es esencialmente Bersuit. Esencialmente Bersuit éramos todos. Hubiera sido un proyecto interesante empezar con otro nombre, el nombre que quieran. Y afrontar con valentía la historia. Es un peso muy grande tener el nombre de Bersuit y no tener al Pelado Cordera cantando.
-¿Por qué La Caravana Mágica?
-Creo que es un nombre que nació. No lo pensé. Yo estaba hablando por teléfono con Chávez que se iba a su casa después de armar el disco y llorando, entre lágrimas, me decía: "Es mágica, es mágica, la historia ésta es mágica", y Pepe, que estaba borracho festejando, gritaba: "La caravana, la caravana", que creo que es como se le llama a Peñarol en Uruguay. Entonces, yo escuchaba: "La caravana... es mágica, la caravana... es mágica". Y estaba atento y apareció el nombre a través de ellos. Además, la idea de caravana es nómade también y ésta es una banda con una conformación más cosmopolita, más universal. Entonces parte en un viaje, se fue del barrio. El barrio está porque lo llevamos siempre, pero parte de ahí.
-¿Hay en vos una tensión entre hacer buena música y ganar mucho dinero?
-No, ya no.
-¿La hubo?
-Sí. Y mucho. Siempre tuve como cierta culpa y me he peleado mucho por eso. Tiene que ver con mis orígenes, donde yo nací, mi extracción social, esta cosa de que la gente se sienta traicionada.
- ¿Por qué dijiste en la presentación del disco que no querés que La Caravana... tenga fanáticos?
-Me preocupan. El fanatismo me preocupa. Me parece una conducta muy peligrosa. El mismo tipo que te ama es el mismo tipo que después te quiere asesinar. Me parece que perdés el centro. Está bueno si vos te fanatizás con la música, no con una persona. Ese tipo va a estar en una buena vibración. Pero fanatizarse con una persona es ponerla en un lugar tan jodido, tan difícil. Yo no quiero estar en ese lugar.
-¿Qué deseás para vos?
-Tranquilidad.
-¿Ahora no estás tranquilo?
-No, no.
-¿Qué cosas te quitan la calma?
-La cabeza. Es un aparato divino cuando está a mi servicio y es un monstruo cuando me gobierna.




