
GVD, enorme jerarquía artística
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Concierto del GVD Grupo Vocal de Difusión. Director: Mariano Moruja. Programa: Cuatro madrigales de Claudio Monteverdi, "Water night", de Eric Whitacre, "Villarosa Sarialdi", de Thomas Jennefelt, "Canticum Calamitatis Maritimae", de Jaakko Mäntyjärvi, y Cinco corales de Zoltan Kodály. Inauguración del ciclo anual en la Parroquia de San Ildefonso.
Nuestra opinión: excelente
Como todos los años, el distinguido Grupo Vocal de Difusión, con la dirección de su titular, Mariano Moruja, ofrece cuatro únicos conciertos en la Parroquia San Ildefonso, con una programación básicamente conformada por obras contemporáneas como le es habitual al conjunto. Pero en esta primera entrega, a partir de la inusual propuesta de sumar madrigales de Claudio Monteverdi, se logró concretar una experiencia de aleccionadora significación.
Es que al escuchar las cuatro admirables composiciones de uno de los mayores talentos de la música occidental "Sfogaba con le stelle" (Se desahogaba con las estrellas) "Luci serene e chiare (Ojos serenos y claros), "Zefiro torna" (Vuelve el viento primaveral) y "Ecco mormorar l´onde" (He aquí el murmurar de las ondas), vertidas con tanta pulcritud musical, unción y variedad de matices, se advirtió en toda su grandeza la vigencia perenne de una creación que de tantas ideas sonoras audaces y de tan sabio tratamiento del entrelazado de las voces conservan una asombrosa modernidad.
Pero mayor fue la sorpresa y el gozo al oír a continuación tres obras de autores contemporáneos jóvenes y en pleno desarrollo artístico. La primera sustentada sobre un texto del gran mexicano Octavio Paz denominada "Agua nocturna", que parece trasuntar el contacto que el poeta tuvo con el surrealismo y que el joven compositor Eric Whitacre trasforma con los sonidos en una especie de canción amorosa.
Luego, una creación denominada "Villarosa Sarialdi", de Thomas Jennefelt, que incursiona por el andarivel de la escritura musical minimalista, pero con la muy desconcertante idea de que el coro no canta un texto comprensible, sino una fonética latina sin sentido que no obstante produce una sensación de placidez y delicadeza auditiva.
Por último el "Cántico de la calamidad marítima", del compositor de Finlandia Jaakko Mäntyjárvi, que evoca el hundimiento del buque de pasajes Estonia, que se accidentó en el mar Báltico en 1994, en viaje de Tallin a Estocolmo, y donde murieron novecientos seres humanos y sólo se salvaron ciento treinta y nueve, con un texto muy emotivo que se nos hizo aún más conmovedor al saber que el propio coro que se escuchaba en tan recoleto lugar había viajado en 1999 por ese mar y en un buque similar.
Entonces las palabras del Salmo 107 "Señor, dales descanso eterno, que la luz eterna brille sobre ellos y que la luz perpetua los ilumine" entonadas con celestial sonoridad, hizo que la música fuera un vehículo de reflexión y motivo para sentir una bienhechora paz espiritual. Pocas veces el sonido de Iglesia y la admirable condición acústica de la Parroquia San Ildefonso nos estremeció de un modo tan marcado como en ese momento, como debió ser para el público reunido que se manifestó con un aplauso ahogado pero prolongado.
En el breve intervalo se reflexionó sobre dos temas que meditamos acaso sin mayor fundamento. El primero, la evidencia de cambio en los compositores actuales que parecen haber encontrado, después de muchos años de experimentación, un camino para plasmar música hermosa y placentera, como fue hasta la disolución de la tonalidad del siglo pasado. El segundo, que las disonancias escritas en estas obras contemporáneas pero cantadas por las voces de un coro resultaron muy hermosas y no como ocurre con el mundo instrumental.
¿Habrá sido por el talento de estos compositores? ¿Por qué las disonancias en una orquesta provocan rechazo auditivo y cantadas no? ¿Habrá una relación con la afinación rígida de los instrumentos? También llamó la atención que los tres nuevos creadores no se vieron desteñidos por el prólogo de Monteverdi. Por el contrario, fueron obras que además de enjundiosas por su duración y dificultad, provocaron el interés inmediato por conocer otros aportes de sus autores.
Amalgama perfecta
Desde el punto de vista interpretativo se apreció que el Grupo Vocal de Difusión y su director desarrollan una labor impecable, no sólo por la nobleza del canto y la perfecta amalgama de los timbres vocales sino también por la evidencia de una disciplina ejemplar para llegar a una sugerente calidad de sonido, naturalidad en la emisión y equilibrio. Por otra parte, pocas veces se escuchó un coro tan infalible en cuanto a la afinación y a la justeza del discurso musical como en esta oportunidad.
En la segunda parte se reiteraron estas virtudes con un ramillete de obras jerarquizadas del húngaro Zoltan Kodály, "La nación húngara", "Lamento", Muchachas de Noruega", "Jesús y los mercaderes" y "Escenas de Matra", una especie de suite de piezas donde no falta la raíz folklórica proveniente de temas tradicionales que fueron trabajados con habilidad por el compositor que, dicho sea de paso, se agiganta en el terreno de la música coral.
Frente a la cálida aprobación del publico, Moruja y su juvenil conjunto ofrecieron "Entre el espanto y la ternura", de Silvio Rodríguez, en un arreglo de Beatriz Colona, un broche amable, de sabor muy nuestro, para un concierto de enorme jerarquía artística.






