
Harlem, el corazón del gospel
LA NACION compartió los ensayos del grupo vocal que se presentará en el Luna Park el 31 del actual y el 1° de septiembre
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NUEVA YORK.- El calor -entre 30 y 35 grados a la sombra- no impide que uno se incorpore a la marea humana que forman neoyorquinos y turistas venidos de todo el mundo, en esta ciudad descomunal. Marea no aglomerada que transita por todos lados como en disciplinado hormiguero.
De todos modos, la canícula de Nueva York se hace bastante aceptable porque, seguramente, la humedad no ha trepado a porcentajes indeseables. Sobre todo si uno tuvo la ocurrencia de pasear, entre ardillas, por el fresco Central Park. Ni siquiera el estrépito que produce el tráfago urbano -tan insoportable como el de Buenos Aires y que incluye uno que otro bocinazo- priva al visitante de sorprenderse una vez más frente a la tanto caótica como fascinante variedad de estilos arquitectónicos en los frontispicios y las insólitas torres de sus espectaculares gigantes de cemento. Hasta en el insípido y frío Wall Street, donde se tejen y destejen los pavorosos destinos económicos de algunos pueblos del planeta. O el del siempre proteico Rockefeller Center.
Nueva York admite de todo siempre que no haya agresión directa y patente además del smog y la polución sonora. Por eso hasta parece pertinente que exhiba, sobre la calle Madison, el cartel del Jekill & Hyde club. El hecho de que muchos hablen a grito pelado, en cualquier punto de la ciudad, forma parte, quizá, de una idiosincrasia donde la negritud ha impuesto como por ósmosis su irrefrenable sello histriónico a modo de franca porfía frente al estruendo callejero.
Reina, como es, de las megalópolis del mundo, Nueva York acoge también la música en sus más insospechados rincones. Puede que un cuarteto de morenos empleados de limpieza en la Gran Central Station, casi a la salida hacia la avenida Lexington, detenga sus tareas para hacer jazz a tres y cuatro voces. Puede que un sábado por la tarde uno escuche excelente música de cámara con un vaso de vino en el Museo Metropolitano. Puede que en pleno mediodía un blanquísimo muchacho de pelo rubio se instale con su guitarra en ese punto de confluencia de la insolente Broadway -que atraviesa la ciudad a su antojo, con sus carteles luminosos diurnos y nocturnos- y la Séptima Avenida (pleno Times Square) de botas y en calzoncillos, desgañitándose con atisbos canoros del western. Un lugar de la ciudad donde suelen confluir predicadores de todos los credos con sus típicas vestimentas ceremoniales.
Aquí, donde el jazz se supo instalar como un hecho natural y corriente en muchas iglesias, sobre todo de negros, puede leerse el anuncio, en un hermoso templo que da en plena Park Avenue y 51, el Summer Festival of Sacred Music, June 24-September 16. Esto sin mencionar que sobre Lexington (50-51) está emplazada la iglesia St. John Devine, donde se realizan los funerales de músicos negros importantes (allí velaron a Cab Calloway y a Dizzy Gillespie). O quizá, que también en St. Peters se hace jazz como una inveterada costumbre. Es parte mínima de una ciudad sorprendente que, en pleno día laboral, nos permite ingresar por cualquier puerta en una iglesia episcopal de arquitectura gótica donde un organista hace resoplar con fastuosidad bachiana los tubos del rey de los instrumentos.
En un momento uno quiere recordar la ubicación exacta del emblemático teatro de la ciudad, el Carnegie Hall. Y a falta de oficinas de turismo, se topa con oriundos de allí, o con residentes, que ni saben de qué se trata ni -por cierto- adónde queda. Pero uno se las arregla para llegar. Entonces, parapetado frente a su cartelera, siente admiración y envidia por tanta actividad de música clásica, cuyos anuncios se extienden hasta mayo de 2002. Entre tantos datos de orquestas, grupos corales y de cámara y cantantes, hay uno que atrapa nuestra atención. Es la actuación de Mercedes Sosa, prevista para el 13 de marzo del año próximo.
No importa que esta vez no se encuentren grupos de jazz en la Quinta y la 57; ni que en la Washington Square -donde también circulan las inquietas ardillas- no aparezcan músicos clásicos, mimos o magos; ni que nos privemos de observar los típicos desfiles por la Quinta, o que no accedamos aquí, donde todo es caro o carísimo, a las fabulosas ofertas callejeras del Fell from the truck ("caídas del camión") de los furtivos vendedores de cosas robadas. Nos interesa más que podamos pataconear sin tregua y en tren de reconocimiento de la megalópolis con mucha mayor seguridad que años atrás, aunque siempre nos toquen el bolsillo con la infalible propina que cobran bares y taxis, o nos moleste que los precios sean efectivamente "finales" cuando uno paga en las cajas de los negocios.
Mientras el Barrio Chino se vino abajo en materia de movimiento comercial y afluencia turística, Harlem parece renacer como otro lugar seguro y confortable. No en vano el ex presidente Clinton lo eligió para instalar allí sus oficinas.
Harlem es también el barrio de las iglesias. A veces uno encuentra hasta tres en una misma manzana. En ese lugar, otrora vedado a la visita del blanco, conviven varias de las ramificaciones de la iglesia cristiana, que devienen de aquel cisma provocado por Lutero.
Cronista y fotógrafo hemos concurrido aquí para asistir a la celebración de un rito que tiene sus orígenes en el siglo XVIII, como anticipo del repertorio que traerán el 31 a Buenos Aires.
Los preparativos
Se ingresa, en pleno Harlem de casas de uno y dos pisos, por una puerta lateral de la Convente Avenue Baptist Church, uno de esos días seminublados y tórridos de Nueva York.
Lo primero que salta a la vista es un afiche donde se lee "Walk for Jesus". Se ingresa por el pasillo en la parte posterior del templo, una amplia sala en cuyas paredes quedó estampada la frase "Jesus, our help for today, our hope for tomorrow". Ayuda de hoy y esperanza en el mañana. Eso es Jesús para todos estos jóvenes cantantes negros reunidos en torno del transitado piano Steinway del maestro Gregory Hopkins.
Sentados, y partituras en mano, muchachos y chicas se aprestan al ensayo previo a la gira que emprenderán a fines de este mes por Brasil (San Pablo, el 22) y la Argentina (el 26 en Mendoza, el 28 en Rosario, el 29 en Córdoba y el 31 en el Luna Park, de Buenos Aires). Entonces resuenan variados negro spirituals y gospels, que son himnos clamorosos, exultantes o recoletos, engarzados en la mejor tradición coral. Son voces excelentes y pastosas que asumen con fruición los himnos sacros con su fuerza rítmica y las típicas inflexiones y cadencias de la música negra. Entre ellas asoma una polifonía propia e intransferible porque es la simbiosis de lo blanco con lo negro. El canto religioso no desdeña textos que, inspirados en la Biblia, expresan la rebeldía frente a la opresión y a la discriminación, y siempre parecen una oración apremiante que de a tramos se convierte en una dulcísima súplica.
Gregory Hopkins, excelente pianista, es también un tenor fabuloso, capaz de cantar, en los ejemplos que imparte, en la tesitura correspondiente a las voces de sopranos y bajos sin esfuerzo aparente. La espléndida musicalidad del maestro hace hincapié en los fraseos y matices que mejor expresen el fervor religioso engarzado en la belleza musical.
Bien se sabe que en tiempos de la esclavitud fue la iglesia el único ámbito permitido para la reunión de los negros. En ellas se concentraba su vida social. De ahí la proliferación de templos protestantes en los barrios por ellos habitados.
La historia de esta relación entre el Harlem neoyorkino y Buenos Aires arranca en una fría noche neoyorkina de lluvia, en 1997. Entonces, el argentino Arturo Carvajal (productor cultural y curador de galerías de arte) guiaba los pasos de Leonor Luro (presidenta de Festivales Musicales) por varias iglesias de Harlem buscando grupos para presentar en la Argentina. De la recorrida resultó elegido uno de los conjuntos que guía el corpulento -e inefable- Gregory Hopkins. Su primera presentación fue en 1998. Y le siguió otra en 1999.
Para verificar la excelencia de estas agrupaciones nos fue dado asistir a una misa solemne en aquella iglesia.
La misa del domingo
El domingo nos encontramos en el 420 West y la 145th. street de Harlem. Hopkins está en la sala posterior del templo ensayando -muy serio- con los distintos grupos que cantarán en esta misa singular de la Convent Avenue Baptist Church que dirige el reverendo Clarence Grant, el pastor. Cada grupo de voces iguales o mixtas va llegando con sus atuendos identificatorios (beige, negro, rojo). En el de hombres canta el único blanco: el argentino Arturo Carvajal, devenido miembro de esa comunidad religiosa.
Mientras tanto, en el templo -sencillo, con palcos, y precedido por una cruz sin el Cristo enclavado- se van cubriendo, como en un teatro, todos los asientos. Parece una reunión familiar por el trato que se dispensan unos a otros. Cuatro ministros, todos de negro y camisa blanca, ya están instalados frente a los feligreses. Arriba del órgano, situado delante de todos, una inscripción reza "One Lord, one faith, one Baptism (Efesios 4-5)".
Una señora porta un chal color natural en el que se ha entretejido la frase "Jesus loves me". Y varias de las mujeres mayores -que aquí abundan- tienen puestos sus sombreros blancos o rosados de paja o de pana.
Del moderno órgano de tubos surgen las notas de un conocido preludio de Bach. Los cuatro coros se han ubicado convenientemente. El mayor -que también suele ofrecer conciertos de música clásica (Bach, Mozart, Verdi, Mendelsshon, Brahms)- se ha instalado arriba, rodeando al órgano y junto al maestro Gregory Hopkins.
Visto desde afuera, el rito no difiere fundamentalmente de las celebraciones de la Iglesia Católica Apostólica Romana (sobre todo de las actuales "misas carismáticas"). Porque aquí también se alternan rezos, prédica y cánticos con pasajes de solos en órgano. Las primeras diferencias visuales están en la presidida ubicación del órgano y de los diferentes grupos de coreutas frente a los fieles, y un piano, abajo y al frente de todos.
Pero ya en las primeras oraciones la participación de los fieles es de lo más espontánea y natural. Así viven ellos la religión. Nadie impide que alguien profiera los "aleluya", intercalándolos en cualquier momento, o emitiendo otras interjecciones entre el discurso de los oficiantes. Nadie se inmuta porque alguien exprese con las manos en alto su devoción. Y habrá muchos momentos de canto comunitario -coros y feligresía- y otros en que, de pie o sentados, hacen palmas y se contonean a instancias del ritmo del gospel, que en momentos culminantes se aplaude con fruición.
Los cánticos sacros, la himnología metodista, la práctica de la salmodia repiten aquellos servicios religiosos propios de los esclavos negros, donde otrora se unieron las tradiciones africanas fusionadas con los himnos entonados por los blancos.
El gospel brilla como elemento aglutinante entre el diálogo del predicador con los fieles mediante los rezos, los glosarios de los textos bíblicos y los pasajes de sermones y canto.
El negro spiritual también asoma aquí para expresar el dolor, la alegría, la esperanza, el amor a Jesús. Hay momentos de introspección y meditación que alternan con otros de euforia y alegría. Hasta hay bromas de los celebrantes en sus sermones o tras alguna cita evangélica. Pero jamás ocurrirá un exabrupto verbal ni proclamas encendidas desde esa tarima donde se instalan los ministros del culto.
Si bien no se utilizan en este rito solemne los libros del "The new national baptist hymnal", que con partituras de los cantos se encuentran en los bancos de la iglesia, sí se utiliza para la oración colectiva la Holy Bible (la versión autorizada de King James) publicada por la International Bible Society. En este caso, pasajes del evangelista San Lucas (21/22). Eso sí, el programa de mano incluye las partituras a cuatro voces, con sus letras, que cantarán todos con perfecta afinación y devoción. Algunos pertenecen a la tradición y no tienen autor, otros sí aparecen con el nombre del compositor y el poeta.
El gospel tradicional, el blueseado, el que se acerca al jazz, es el que invade el templo. Pero hay cánticos que recuerdan a ciertos himnos católicos apostólicos, como el clásico "Más cerca oh Dios de ti", y en otros donde no irrumpe la euforia del ritmo que remite a canciones de Stephen Foster.
La emoción se palpa a flor de piel. El rito se hace comunitario cuando todos y cada uno en sus bancos hacen circular las bandejas con el pan y el vino.
Este encuentro con el gospel y el negro spiritual a través de un atrapante rito religioso será inolvidable. Porque allí se dieron la mano la belleza de la música negra y la fe, tal como fueron transmitidas entre los negros, de generación en generación.
Orígenes de un género ancestral
Gospel significa, en inglés, evangelio. Según Berendt, el gospel song es la forma moderna del negro spiritual (canción religiosa negra), pero más vital, más jazzística y con más swing. Ambos, el gospel y el spiritual, son la forma religiosa del blues. El blues es el costado profano del spiritual y el gospel. Berendt recuerda que muchas características del blues nacieron en las iglesias. Los propios cantantes negros lo afirmaron. Pero al margen de esta definición, el gospel es una específica, inconfundible música religiosa negra afroamericana que sin cesar se mezcla con formas profanas vocales e instrumentales y cuya más conocida intérprete fue, más allá de los templos, Mahalia Jackson.
Su historia arranca en el siglo XVIII y se proyecta hoy. La distinción entre el gospel y el negro spiritual es, quizás, artificial, ya que sólo se diferencian por sus particulares historias. El spiritual nació de la tradición religiosa durante la esclavitud. Fue recogido a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Pertenece a la tradición oral anónima del pueblo negro americano. Los gospel song, en cambio, representan la himnodia popular moderna y funcionan en la red de circulación comercial sin que sea posible establecer la fecha de su nacimiento. El gospel cobró vuelo, hacia 1930, de la mano de Thomas Dorsey y Sallie Martin.





