
"Heathen", el nuevo CD de David Bowie
Es un tiempo de almas en pena, perdidas. "Nothing remains" (nada perdura) son las primeras palabras que se escuchan en "Heathen", el pagano nuevo disco de David Bowie que saldrá a la venta pasado mañana. Tiempos difíciles. Donde se busca a Dios en estos, "los más extraños días", "las noches más oscuras para caer", como dirá unos temas más tarde, en "Slow burn".
Es que el hombre de las mil caras parece haberse sacado las máscaras de encima y, con la compañía en producción de Toni Visconti (aquel que trabajó en algunos de sus mejores discos: "Space oddity", "The man who sold the world", "Young americans", "Diamond dogs", la trilogía de Berlín -"Low", "Heroes" y "Lodger"- y "Scary monsters"), parece haber recuperado toda la fuerza expresiva de aquellos años. Con la salvedad de que ya no es un personaje ambiguo que curiosea en el ocultismo, sino un hombre de 55 años que enfrenta este hoy y lo que anuncia.
En su álbum número 27, Bowie se reencuentra consigo mismo. Y Visconti, de paso, lo impulsa hacia nuevos lugares, pero sin perder el hilo del alma. Sin él, cuando lo cambió en los años 80 por Nile Rodgers, se volvió un músico pop sin la profundidad que antes había mostrado. Ni cayó, como en la década última, en esa extrañeza que lo volvía impenetrable.
A treinta y cinco años de la edición de su primer álbum, "David Bowie", podría trazarse un esquema de etapas, mutaciones, momentos de este artista. El rock mezclado con budismo y arte-mimo-glam de sus inicios, la estrella de rock llegada de otros mundos con Ziggy Stardust (del que se hará una reedición al cumplirse 30 años de su primera aparición), el soul que lo deslumbra, los tiempos duros de Berlín-Eno y sus paseos nocturnos por la obra de Aleister Crowley, los años 80 exitosos, pero poco respetados con su invitación al baile, el ocultamiento tras una banda con Tin Machine para volver a recuperar su prestigio de gran artista en los 90, con la seguidilla "Black tie white noise", "Outside", "Earthling", "Hours".
Ahora, con una hija pequeña, Bowie se pregunta sobre el futuro y sobre estos tiempos desolados en "Slow burn", el tema que fue elegido, apropiadamente, como el primero para difundir. Allí, con la guitarra de Pete Townshend y su reminiscencia frippeana que lleva sutilmente a "Heroes", la letra canta de una ciudad terrible en la que "bailamos en la oscuridad mientras ellos juegan con nuestra vida" para preguntarse después "quiénes somos, tan pequeños en tiempos como éstos".
A ese cuarto tema se llega, en el álbum, luego de haber escuchado el tranquilo comienzo de "Sunday" (aquel del "nada perdura", con su voz escuchándose entre aislados sonidos a la que se van sumando coros casi monacales). Luego elige "Cactus", tema de los Pixies, de fines de los 80, en el que recupera la melodía original sin perder el tono obsesivo, chirriante del original, retomando su estilo Tin Machine. Le sigue "Slip away", una bella melodía que incluye efectos especiales, con sonido espacial-experimental, en el que Bowie toca el sylophone, un antiguo sintetizador que ya había usado en "Space oddity".
Se vuelve funky pero con cuerdas en "Afraid", antes de llegar al segundo cover, "I´ve been waiting for you", del Neil Young de 1969, un tema que ya tocó en varios conciertos de la gira de 1991 con Tin Machine y en el que suma la guitarra filosa del ex Nirvana y actual Foo Fighters Dave Grohl y a los Borneo Horns. Le sigue "I would be your slave", un tema más suave, en el que las cuerdas se montan sobre una batería metronómica y pulsos electrónicos.
Otro homenaje-reconocimiento. Esta vez, con "I took a trip on a Gemini spaceship", de The Legendary Stardust Cowboy, un extraño músico norteamericano de fines de los 60 que combinaba rockabilly con actuaciones salvajes y deslumbrantes.
Un mántrico "five fifteen" se repite una y otra vez, en "5.15 the angels have gone", para volver a la melodía con "Everyone says hi", una cancioncita con coros pop muy easy listening y un casi consejo: "Don´t stay in a sad place where they don´t care how you are" (no te quedes en un lugar triste donde a nadie le importa quién sos).
El disco va terminando con el exhorto a un mundo mejor de "A better future", donde pide que "den a nuestros niños una sonrisa soleada", y finaliza con el track que da título al álbum, "Heathen (the rays)", una coda apropiada y lenta con, de nuevo, ecos de los tiempos berlineses.
El mismo Bowie se ocupa de muchos de los instrumentos. Pero, además de los invitados mencionados y de, claro, Visconti, en el disco participan el bajista Tony Levin, el guitarrista Carlos Alomar (que trabajó en muchos de los discos y giras de Bowie) y David Torn, responsable de la mayoría de las texturas y ambientes de guitarras del trabajo.
De lo que no queda duda es de que el hombre está en buena forma. Y ya se prepara para una gira norteamericana, la Area2, en la que encabezará cartel con Moby. Al músico norteamericano -conocido admirador de la obra de Bowie- se le encargó un remix del primer tema, que integrará una edición limitada de "Heathen" que también incluye una versión remixada por Air de "A better time" y "Conversation piece", un tema del inédito "Toy" en el que Bowie estuvo trabajando el año último con Visconti y que su sello de entonces, Virgin, se negó a editar.
No sólo eso. También fue elegido este año curador del festival británico de Meltdown y, acorde con las imágenes del arte de tapa, aún sigue siendo un espíritu curioso con cierta tendencia a la pedagogía. Allí, entre imágenes rotas y palabras recortadas y pegadas (como aquellos cut-ups que hizo durante años), hay una foto del lomo de tres libros: "La gaya ciencia", de Nietszche; "La interpretación de los sueños", de Sigmund Freud, y "La teoría general de la relatividad", de Albert Einstein.
Es un tiempo de almas en pena, perdidas. "Nothing remains" (nada perdura) son las primeras palabras que se escuchan en "Heathen", el pagano nuevo disco de David Bowie. Tiempos difíciles. Donde se busca a Dios en estos, "los más extraños días", "las noches más oscuras para caer", como dirá unos temas más tarde, en "Slow burn".
Es que el hombre de las mil caras parece haberse sacado las máscaras de encima y, con la compañía en producción de Toni Visconti (aquel que trabajó en algunos de sus mejores discos: "Space oddity", "The man who sold the world", "Young Americans", "Diamond dogs", la trilogía de Berlín –"Low", "Heroes" y "Lodger"– y "Scary Monsters"), parece haber recuperado toda la fuerza expresiva de aquellos años. Con la salvedad de que ya no es un personaje ambiguo que curiosea en el ocultismo sino un hombre de 55 años que enfrenta este hoy y lo que anuncia.
En su álbum número 27, Bowie se reencuentra consigo mismo. Y Visconti, de paso, lo impulsa hacia nuevos lugares, pero sin perder el hilo del alma. Sin él, cuando lo cambió en los ochenta por Nile Rodgers, se volvió un músico pop sin la profundidad que antes había mostrado. Ni cayó, como en la década última, en esa extrañeza que lo volvía impenetrable.
A treinta y cinco años de la edición de su primer álbum, "David Bowie", podría trazarse un esquema de etapas, mutaciones, momentos de este artista. El rock mezclado con budismo y arte-mimo-glam de sus inicios, la estrella de rock llegada de otros mundos con Ziggy Stardust (del que se hará una reedición al cumplirse 30 años de su edición), el soul que lo deslumbra, los tiempos duros de Berlín-Eno y sus paseos nocturnos por la obra de Aleister Crowley, los ochenta exitosos pero poco respetados con su invitación al baile, el ocultamiento tras una banda con Tin Machine para volver a recuperar su prestigio de gran artista en los noventa, con la seguidilla "Black tie white noise", "Ouside", "Earthling", "hours".
Ahora, con una hija pequeña, Bowie se pregunta sobre el futuro y de estos tiempos desolados en "Slow burn", el tema que fue elegido, apropiadamente, como el primero para difundir. Allí, con la guitarra de Pete Townshend y su reminiscencia frippeana que lleva sutilmente a "Heroes", la letra canta de una ciudad terrible en la que "bailamos en la oscuridad mientras ellos juegan con nuestra vida" para preguntarse después "quiénes somos, tan pequeños en tiempos como estos".
A ese cuarto tema se llega, en el álbum, luego de haber escuchado el tranquilo comienzo de "Sunday" (aquel del "nada perdura", con su voz escuchándose entre aislados sonidos al que se van sumando coros casi monacales. Luego, elige "Cactus", tema de los Pixies, de fines de los ochenta, en el que recupera la melodía original sin perder el tono obsesivo, chirriante del original, retomando su estilo Tin Machine. Le sigue "Slip away", una bella melodía que incluye efectos especiales, con sonido espacial-experimental, en el que Bowie toca el sylophone, un antiguo sintetizador que ya había usado en "Space Oddity".
Se vuelve funky pero con cuerdas en "Afraid", antes de llegar al segundo cover, "I`ve been waiting for you", del Neil Young de 1969, un tema que ya tocó en varios conciertos de la gira de 991 con Tin Machine y en el que suma la guitarra filosa del ex Nirvana y actual Foo Fighters Dave Grohl en guitarra, y a los Borneo Horns. Le sigue "I would be your slave", un tema más suave, en el que las cuerdas se montan sobre una batería metronómica y pulsos electrónicos.
Otro homenaje-reconocimiento. Esta vez, con "I took a trip on a Gemini spaceship", de The Legendary Stardust Cowboy, un extraño músico norteamericano de fines de los sesenta que combinaza rockabilly con actuaciones salvajes y deslumbrantes.
Un mántrico "five fifteen" se repite una y otra vez, en "5:15 the angels have gone", para volver a la melodía con "Everyone says Hi" una cancioncita, con coros pop muy easy listening y un casi consejo: "Don`t stay in a sad place where they don`t care how you are" (no te quedes en un lugar triste donde a nadie le importa quién sos),
El disco va terminando con el exhorto a un mundo mejor de "A better future", donde pide que "den a nuestros niños una sonrisa soleada" y finaliza con el track que da título al álbum, "Heathen (the rays)", una coda apropiada y lenta con, de nuevo, ecos de los tiempos berlineses.
El mismo Bowie se ocupa de muchos de los instrumentos. Pero, además de los invitados mencionados y de, claro, Visconti, en el disco participa el bajista Tony Levin, el guitarrista Carlos Alomar (que trabajó en muchos de los discos y giras de Bowie) y David Torn, responsable de la mayoría de las texturas y ambientes de guitarras del disco.
De lo que no queda duda es de que el hombre está en buena forma. Y ya se prepara para una gira norteamericana, la Area2, en la que encabezará cartel con Moby. Al músico norteamericano –conocido admirador de la obra de Bowie– se le encargó un remix del primer tema, que integrará una edición limitada de "Heathen" que también incluye una versión remixada por Air de "A better time" y "Conversation piece", un tema del inédito "Toy" en el que Bowie estuvo trabajando el año último con Visconti y que su sello de entonces, Virgin, se negó a editar.
No sólo eso, también fue elegido este año curador del festival británico de Meltdown y acorde a las imágenes del arte de tapa aún sigue siendo un espíritu curioso con cierta tendencia a la pedagogía. Allí, entre imágenes rotas y palabras recortadas y pegadas (como aquellos cut-ups que hizo durante años) hay una foto del lomo de tres libros: "La gaya ciencia", de Nietzche; "La interpretación de los sueños", de Sigmund Freud y "La teoría general de la relatividad", de Albert Einstein.
‘Heathen
David Bowie
Sunday, Cactus, Sleep away, Slow burn, Afraid, I’ve been waiting for you, I would be your slave, I took a trip on a Gemini spaceship, 5.15 the angel have gone, Everyone says hi, A better future, Heathen (The rays). (Columbia Records)

