
Icono de la noche porteña
Desde su juventud, el pianista cordobés, actuó para grandes personalidades
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De mediana estatura, estilizado, Armando Aranjuelo despliega agudeza en la mirada, perpicaz arriba y debajo de la escena. Mientras acaricia las teclas del piano está atento a las caras del público en cada acorde, lo observa todo a su alrededor sin descuidar detalles, sin dejar nada librado al azar, tocando en un teatro o en el mismísimo restaurante Sobreaguas del Casino de Buenos Aires. Allí sube antes que nadie todas las noches al escenario, busca la orientación de las luces, cuida que éstas embellezcan y doten de misterio al artista de turno. Camina con aire distinguido, algo "cajetilla" (según sus seguidores del Casino). No en vano animó con su piano multiples veladas del Buenos Aires bohemio y señorial del que hoy sólo quedan apenas resabios, entre los acordes aterciopelados de su piano.
Aranjuelo es de la ciudad de Córdoba, donde nació el 5 de junio de 1938. Comenzó a estudiar piano clásico en el conservatorio de su provincia. "A los 16 años -recuerda-, mi padre me mandó a Buenos Aires para estudiar con una reconocida maestra, Marta Bronstein. Yo era apenas un chiquilín que empezaba a estudiar tímidamente, y que de pronto se encontró sentado frente al piano de un cabaret de la noche porteña, pero no de la actual y languideciente, sino de aquélla de los años dorados de mediados de la década del cincuenta. Me contrataron, y empecé a ganar dinero, buen dinero para entonces. Sobre todo actuando en el bar Saint Moritz, ubicado en Tucumán y Esmeralda. A la vuelta estaba Senda, que era propiedad de una francesa, y en la misma manzana estaba el Scotia Bar, que era de una inglesa, mujeres todas que habían sido muy bonitas y llegaron como integrantes del cuerpo de baile del Follies Bergere que actuara en el Tabarís."
El avezado pianista señala que el período de oro de la noche porteña (del que a él le tocó vivir el todavía deslumbrante ocaso) tuvo lugar entre 1930 y 1960, época en que las primeras figuras de América latina triunfaban invariablemente en Buenos Aires. Un tiempo, sobre todo desde mediados de la década del 50, que Aranjuelo conoció y recorrió con su piano. "Allá por 1955, con la caída del peronismo, se fueron abriendo bares y boites muy elegantes, al estilo parisino, en un circuito que corría por todo el microcentro. En la calle Tucumán, brillaba el Saint Moritz, al que se sumaban el Scotia y el Femina. Todos ellos contaban con elencos de bailarinas muy refinadas, exquisitas mujeres. De la droga se hablaba poco por entonces, siempre por lo bajo, aunque recuerdo especialmente a una distinguida dama de sociedad, muy elegante y estilizada, que acudía todas las noches al Saint Moritz y a la que se la relacionaba, siempre en voz baja, con ese tema prohibido. El cabaret porteño empezó a desaparecer al mismo tiempo que se aceleraba la decadencia de nuestra economía y se imponían campañas de oscurecimiento de los locales nocturnos como en el gobierno de Onganía. Así se llegó hasta la actualidad. El porteño de hoy -concluye el músico- no tiene plata, y encima tiene miedo de salir de noche. Dejó de ser bicho nocturno en los años ochenta. Hoy reina el mal gusto y es muy difícil recrear un ambiente lujoso en una confitería."
En los años dorados, el pianista conoció a personajes pintorescos de la bohemia nocturna porteña. "Cacho Otero tenía la costumbre de llegar al lugar donde yo tocaba, en Juncal y Rodríguez Peña, y lo hacía cerrar para el resto del público, convirtiéndolo en una función privada. Como era un salón todo espejado, desde mi piano podía observarlo todo. Así, una noche, una descuidada vendedora de jazmines logró entrar al bar, se acercó a la mesa de Otero y le pidió que le comprara una florecita. Cacho Otero le preguntó: "¿Cuánto vale toda la canasta?". Se la compró íntegra, y lo último que vi al empezar a tocar el piano, fue a la pobre mujer arrodillada y besándole las manos como gesto de agradecimiento."
Un tango para Duke
Aranjuelo no sólo es intérprete de tango, sino que se maneja con igual comodidad y soltura dentro del repertorio del jazz, que ha tocado desde en el teatro La Colina de París hasta actualmente en el Casino flotante de Buenos Aires. Pero su mejor contacto y recuerdo con el jazz -señala- fue cuando muy joven, en septiembre de 1968, tocó para el aristocrático embajador de esa música en Buenos Aires, el mismísimo Duke Ellington, que había viajado con su orquesta por primera vez a Buenos Aires para actuar en el Gran Rex.
"Por entonces -recuerda-, Duke Ellington apareció con una cantante de su banda, la legendaria Louis Blue (una mujer muy actractiva que hablaba inglés como los dioses) en un local nocturno llamado Voudú, ubicado cerca del cabaret Can Can (en el pasaje Seaver). Ellington era un hombre sencillo, sin arrogancia alguna, que acariciaba el piano cuando tocaba. Recuerdo que tenía el pelo un poco largo, medio engominado. Le había gustado la ciudad y su gente y se quedó unos días para pasarla bien. Tomaba champagne con gran gusto." Aranjuelo tuvo oportunidad de tocar para Ellington y sus músicos en una fiesta realizada en la embajada norteamericana. "En esa ocasión, Ellington se sentó el piano y tocó "Satin Doll", y recuerdo que el mismísimo embajador norteamericano, Carter L. Burgess, lo acompañó en la batería. Posteriormente, pude tocar varios tangos para Duke. El me tocaba la cabeza y me alentaba diciendo: "Baby, Baby". Yo tenía apenas 30 años y era muy fuerte tocar para semejante genio, que además era la mar de simpático y sencillo. Recuerdo que estaba acompañado por monstruos como los veteranos saxofonistas Johnny Hodges o Paul Gonsalves."
Aranjuelo, en su larga relación con la noche porteña conoció a alguno de sus más conspicuos exponentes, desde un consagrado y extravagante pianista como el "Mono" Villegas ("siempre le decía: "No hables tanto Mono, y tocá un poco más el piano"), hasta la legendaria Tania. "Con Tania toqué en los programas de televisión de Susana Giménez y Mirtha Legrand. Recuerdo que Susana le puso un camerino pegado al estudio, en la planta baja, y le mandó su peluquero personal. Cuando Tania salió al estudio, Susana se arrodilló a sus pies y le dijo: "Dame la receta para conservarme así". Tania, sonriente, le contestó: "De noche me pongo aceite Johnson para niños". Era muy ocurrente y divertida. Una vez, en un viaje al Sur, cuando pisamos el aeródromo de Comodoro Rivadavia, una periodista muy joven le salió al cruce y le dijo: "¿Cuántos años pongo que tiene en mi nota?". "Pon todos", le contestó, simplemente."
Pero Aranjuelo no sólo tocó el piano en los legendarios cabarets de la noche porteña, o acompañando a figuras tan entrañables como Tania. También supo matizar veladas de gala en ambientes políticos y diplomáticos, actuando en la embajada argentina en los EE.UU. en tiempos del embajador Juan Archivaldo Lanús (que solía pedirle el tema "Dandy"). También tocó en reiteradas ocasiones para el embajador norteamericano en Buenos Aires desde 1969 a 1974, John Davis Lodge.
Este grandote y cordial diplomático (nieto del estadista Henry Cabot Lodge) había coqueteado juvenilmente con Hollywood, actuando en un filme de 1934 en el que Marlene Dietrich componía a una improbable Catalina la Grande. Casado con Francesca B. de Lodge, empeñosa organizadora de reuniones benéficas, el embajador norteamericano contó habitualmente con Aranjuelo para animar veladas donde se trataban las más diversas y discretas de las cuestiones. Al embajador, en especial, le gustaban clásicos como "Mi Buenos Aires querido" o "Caminito".
Claro que la figura elegante, discreta de Aranjuelo, y el estilo clásico, preciso y noble de su ejecución en el piano, le granjearon el respeto de muchas personalidades argentinas, entre las que se contaba el mismo ex presidente Carlos Saúl Menem, al que conoció en el anfiteatro del hotel Piscis en Las Leñas en una reunión del Mercosur a la que asistieron los mandatarios Collor de Melo y Sanguinetti. Los tangos preferidos del ex presidente eran "El ventarrón", "Como dos extraños" y "Ladrillo". "Recuerdo que el presidente Menem era muy escurridizo para sus guardaespaldas, siempre se les escapaba. Para él toqué también acompañando a Tania en una reunión organizada por la esposa del senador Eduardo Menem, Susana Valente. Recuerdo que en medio de una comida árabe, Tania le preguntó al presidente: "¿Están bien esos niños envueltos?" y el primer mandatario se los dio a probar en su boca de su propio tenedor. En otra ocasión, toqué en una cena de presentación entre las familias Menem y Bolocco, con cueca chilena incluida."
Más allá de sus eventuales actuaciones en fiestas de la sociedad porteña, donde cultiva un estilo elegante que matiza piezas de jazz de los años treinta con tangos clásicos, Armando Aranjuelo se destaca en la interpretación de tangos reos como "El escolazo" o "Por una cabeza", que no extrañamente son los preferidos de su público de jugadores en el Casino flotante de Buenos Aires. El secreto de la permanencia e inalterable vigencia de Aranjuelo es muy simple: "Acaricio las teclas para sacar un sonido especial, suave, y cuando las tengo que golpear un poco lo hago con la calidez del pianista, para sacarles un sonido aterciopelado." Buen consejo, claro, aunque seguramente pocos pianistas podrán copiar el estilo de este músico refinado y conversador cautivante, último de los bon vivant de una noche porteña que, pese a todos los pronósticos, no se muere del todo.





