Joaquín Turina, a un siglo de su primer triunfo
Si hay un músico en España que queda ligado a la región de Andalucía, ése es Joaquín Turina, que nació el 9 de diciembre de 1882 en Sevilla, en una casa blanca y bella de la calle Ballestilla, según anota su biógrafo Federico Sopeña. El joven veinteañero viaja a Madrid en 1902, fecha en que inicia su amistad con Manuel de Falla; pero su meta deseada es París y allí llega en el otoño de 1905, para permanecer once años, hasta 1913. En la capital francesa, musicalmente convulsionada y dividida entre el academicismo representado por Vincent d'Indy y la Schola Cantorum, por un lado, y la rebeldía asumida por los partidarios de Debussy, por el otro, Turina se decide por la Schola, que para él representaba el orden, la enseñanza sistemática, el rigor pedagógico, tan necesarios tras la desorientación y carencia de conducción firme que había encontrado a su llegada a Madrid.
En París habrá de continuar, fuerte y sin fisuras, la amistad con Falla, quien, por el contrario, se ubica en la vereda de enfrente y abraza la causa debussysta del Conservatorio Nacional. Sin embargo, deslumbrado también Turina con Debussy y Ravel, descubrirá a través de ellos el colorido orquestal, heredará el desdén por lo "pintoresco", mientras la disciplina recibida de d'Indy hará que la forma cíclica rija su pensamiento en buena parte de sus obras.
En su calidad de pianista, Turina pasa, de todos modos, temporadas en Madrid y Sevilla. Sus obras empiezan a difundirse en su país, particularmente en la capital, cuyo Ateneo se ocupaba de dar a conocer la música de los "andaluces en París", como llamaban por entonces a Falla y Turina. Por eso no extraña que en 1913, hace un siglo, la Orquesta Sinfónica de Madrid, dirigida por Fernández Arbós, haya estrenado con éxito enorme La procesión del Rocío , obra dscriptiva, brillante, que le abre las puertas a la fama.
Este poema sinfónico en dos partes alude a Rocío, un lugar de peregrinaje en la proximidad de Sevilla. Y a esta tradición dedica sus tempranos afanes parisienses, lo que explica que la estética posfranckista (a la que lo acerca, desde luego, d'Indy) se imponga y le impida por el momento al músico sevillano reflejar su verdadera personalidad creadora.
Luego vendrán sus obras auténticamente hispanas, como las Danzas fantásticas , poema sinfónico, Op. 22; la Sinfonía sevillana , una verdadera glorificación hímnica del amor, donde desborda danzas y ritmos españoles en el curso de una fiesta en Sevilla. Y, entre otras, La o ración del torero , concebida al principio, en 1926, para cuartetos de laúdes, y posteriormente para orquesta de cuerdas. Una bella inspiración, despojada y emocionante, que vale señalar en esta recordación de Turina, entre nosotros ya bastante olvidado.




