
José Carreras: la lírica y más allá
En los conciertos de su gira presenta las canciones napolitanas de su CD "Energía"
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BERLIN.- Dotado de una de las voces más bellas de su generación y de una de las personalidades más queridas del ambiente, Carreras había demostrado -ya antes de la enfermedad en 1987 y al lado de figuras como Caballé, Baltsa y Von Karajan- una entereza artística y humana que bien le valía su posición como uno de los mejores del mundo.
Sin embargo, nada del éxito conocido hasta aquel entonces podía todavía compararse con el de su rutilante comeback ; cuando, junto a Pavarotti y Plácido Domingo, sobre una idea original del propio Carreras, revolucionaron por completo la imagen del género y conquistaron a millones de personas con la legendaria formación de los tres tenores en las Termas de Caracalla, en Roma, en 1990. Un fenómeno de inédita popularidad que la industria del espectáculo lírico no ha conseguido emular.
Hoy, concentrado más que en las producciones de ópera en teatros, en megaconciertos al aire libre, giras especiales o fastuosas galas de su fundación contra la leucemia, la fama de José Carreras ha superado los horizontes de la lírica a un punto tal que su rostro puede aparecer en tapas de revistas o en las vidrieras más elegantes de Europa como modelo en la nueva colección de Hugo Boss, mientras que sus recitales pueden ser proyectados en pantallas gigantes en una plaza de Viena, o su gala a beneficio bate récords de recaudación y alcanza el rating más alto de la televisión de todo un fin de semana.
En Berlín
De gira junto a un ensamble de cuerdas, piano, guitarras y mandolina, Carreras presenta en Alemania su último CD, "Energía", con una serie de conciertos dedicados a la romántica y melancólica canción napolitana, en los que su bello timbre de tenor lírico luce en toda plenitud.
Aplausos de pie en una Filarmónica repleta, cinco bises con melodías entrañables que arrancan suspiros a la platea y una inusual cantidad de flores, a tal punto que debió ponerse seguridad para contener las muestras de afecto de sus fans.
Al día siguiente, en el mítico y suntuoso hotel Adlon de Berlín, y una vez superada la parafernalia de producción que lo rodea, LA NACION accedió a un diálogo con el tenor catalán, que en franco contraste con ese despliegue del entorno se olvidó elegantemente del tiempo, invitó a esta cronista con su buffet y recién luego inició una charla en la que se mostró como un hombre sensible, lleno de charme y buen humor.
-¿Por qué eligió canciones napolitanas?
-Mi relación con esta música viene desde la infancia, de cuando escuchaba los discos de Di Stefano, Gigli, Caruso, pues todos los grandes tenores italianos cantaban ese repertorio. Lo elegí porque creo que está muy bien ofrecerle al público la pasión y las emociones de esa música. ¡Si lo que en realidad busca todo el mundo en un concierto, de cualquier tipo de música, son emociones! Por lo tanto, si conseguimos transmitirlas ¡pues démoslas!
-Una combinación de control y espontaneidad de la voz, ¿cómo es ese juego técnico en función del estilo?
-Creo que la canción napolitana es un estilo que está dentro del canto propio del tenor. Es cierto que se trata de un tipo de canto más espontáneo, también más apasionado, donde tiene que haber siempre algún momento desgarrado, pero siempre bajo control para no pasar la línea de lo que es correcto vocalmente.
-¿Cómo evolucionó su voz con los años y luego de una difícil enfermedad?
-La voz siempre sufre o acompaña el proceso que vive el propio hombre, en el aspecto físico y también emocional. No hay duda de que no puede ser lo mismo un tenor de 57 años que uno de 27, y que por lo tanto existen una serie de factores que van perdiéndose, como la elasticidad y la facilidad de emisión. En contrapartida, uno va ganando en densidad interpretativa. El artista camina paralelamente con el hombre y si el hombre se convierte en un hombre más maduro, pues el artista también. Creo que lo importante, como decíamos al comienzo, está en la capacidad de transmitir emociones. Y esto, sin ningún tipo de presunción, creo que lo logro, lo cual me hace un hombre enormemente agradecido y feliz.
-Es conocido que Di Stefano ha sido su ídolo, ¿qué ha tomado de él?
-Creo que lo que más he apreciado del canto de Di Stefano y lo que más me ha influido de su extraordinaria voz es la sinceridad de sus interpretaciones. La sinceridad en cada emoción y cada palabra, su intento constante de darle un sentido al texto. Durante toda mi vida, incluso hoy pero mucho más cuando era estudiante, escuchaba los discos de Gigli, Caruso, de todos los grandes y pensaba: ¡cómo admiro a Bjšrling, Del Mónaco! Los admiro a todos, pero lo que de verdad quiero es lograr transmitir a la gente esas emociones que siento cuando lo escucho a Di Stefano. Ya no hablo de la técnica ni de la perfección del canto. Hablo de emociones y eso se trata de un escalón más alto.
-¿Cómo siente a la distancia el impacto que provocó el fenómeno de los 3 tenores?
-Creo que lo más positivo que hizo fue llevar nuestro canto artístico a una audiencia más vasta y heterogénea. Personalmente estoy encantado de haber sido parte de este fenómeno, si queremos llamarlo así. Hay una circunstancia que propicia ese éxito: la química que existe entre nosotros en el momento de estar juntos en un escenario. Somos tres artistas y cada uno de nosotros es completamente distinto: desde el punto de vista de nuestros instrumentos vocales, nuestro físico, nuestra mentalidad, como sea, se crea una química interesante. Tres colores de voces distintos, pero que funcionan bien juntos; tres modos de interpretar y sentir la música, que funcionan muy bien. Otro punto que creo decisivo es que el público percibe que lo que ocurre en el escenario es verdadero, es auténtico, y eso ha llegado de una manera muy directa. Allí radica el éxito de los tres tenores.
-Después de más de 30 años de carrera, ¿cómo ha visto evolucionar la vida del género?, ¿ha perdido glamour la ópera como espectáculo?
-Vivimos en un mundo muy distinto desde el punto de vista de las comunicaciones y eso tuvo su influencia. En ese sentido, los medios de comunicación, más concretamente la televisión, porque los medios escritos y la radio lo han hecho desde siempre, se ha ocupado de la ópera mucho más que antes. Por otra parte, ha habido siempre cada vez más temporadas, más teatros que funcionan. Con relación al glamour y por mucho que se intente, ocurre que no es posible desligar el mundo de la ópera del star-system. La gente quiere ir al teatro a oír a ese determinado tenor, esa soprano o ese director. Y esto es así. Lo cual tampoco quiere decir, ni mucho menos, que la ópera sin estrellas no sea extraordinariamente valiosa. ¡Pero vamos! No es lo mismo ir al Met a ver una función de repertorio que ir un día en que canta Plácido Domingo. ¡El glamour lo trae el señor Domingo! Y ese glamour que la gente busca está indisolublemente ligado a la ópera y sus artistas.
-¿Qué opina de dos de los más famosos tenores de hoy, los argentinos Alvarez y Cura?
-Los conozco personalmente y me gustan mucho los dos. Dentro del repertorio spinto, Cura es un elemento verdaderamente magnífico; y, en su tipo belcantista, más lírico, Alvarez es también extraordinario. Son muy diferentes, tengo gran admiración por los dos y tienen a la Argentina estupendamente representada en el panorama lírico internacional.
-¿Cómo ve el resultado de las elecciones en España?
-Creo que la alternancia política es siempre muy positiva.
Recuerdos argentinos
-¿Qué recuerda de la época en que vivió en Buenos Aires?
-Estuve con mis padres y mis dos hermanos, yo era el más pequeño y tenía apenas 5 años, de modo que lo que recuerdo es más que nada a través de conversaciones, relatos de anécdotas de mis hermanos que, por ser mayores, tenían más conciencia de lo que ocurría. Primero estuvimos tres meses en Villa Ballester, y más tarde nos trasladamos a un pueblito que estaba prácticamente en construcción, José León Suárez, donde estuvimos 9 meses. Ese tiempo allí me sirvió como una experiencia extraordinaria, pues en aquel momento en casa sólo se hablaba catalán y gracias a ese año en la Argentina, cuando volvimos a España, yo era el mejor en la escuela ¡al menos en la gramática castellana! [se ríe con la picardía de una trampa infantil]. Tengo recuerdos maravillosos tanto de la Argentina como de los argentinos, pero en realidad no de aquel año en la infancia, sino de más tarde. Además, en España tenemos una magnífica colonia de argentinos. Siempre me he maravillado de su nivel cultural, su preparación, su visión de las cosas, y, por qué no, de su manera de filosofar, en el buen sentido.
-¿Cuándo volverá a visitar el país?
-Las últimas veces que estuve fueron en el Luna Park, en 1998, donde interpretamos la "Misa Criolla" con Ariel Ramírez, y en 1991, cuando canté en el Colón acompañado por mi amigo Enrique Ricci [reconocido director y pianista argentino radicado en Barcelona], con quien mantengo una magnífica relación profesional y personal. Me gusta mucho volver y siento no haber estado en los últimos años, pero espero que la posibilidad se dé pronto. Tengo recuerdos maravillosos también de mi debut en el Colón, teatro que siempre ha sido mágico para mí. ¡No hay otro público en el mundo tan entusiasta, tan caluroso y enfervorizado como ése!





