Judy Garland, estrella solitaria
Ni el más empecinado consumidor de esa excrecencia del negocio editorial que son las autobiografías, memorias o revanchas por escrito sobre figuras del espectáculo reparó en "Me and my shadows" ("Yo y mis sombras"), un volumen publicado en 1998 por Lorna Luft, la otra hija de Judy Garland, que no vale ni como bibliografía para una tesis sobre filicidio.
Igual, con la primera mitad del libro han urdido un infame telefilm que viene proyectando la señal Hallmark y ha sido el pretexto para llenar la ciudad de grandes carteles con una falsa silueta de la Garland (es Judy Davis, especialista en neuróticas para Woody Allen, quien la encarna) y frases que prometen la exposición de lo dicho tantas veces: una mujer talentosa pero nada inteligente, explotada desde la adolescencia, obsesionada por el sobrepeso, inducida a los barbitúricos, cesanteada en cuanto pasó de edad, que se desquitó destruyendo todo lo que tuvo a tiro, incluida ella misma en 1969, días después de haber cumplido 47 años.
Su descomunal talento fue mezquinado por el cine. De las treinta y tantas veces que su nombre apareció en distintos sitios de la nómina de películas no siempre tolerables, sólo tuvo un gran papel protagónico: "Nace una estrella", que allá por 1954 le hizo perder un Oscar, el marido del momento, y una vez más la razón.
Era inevitable que su melodrama terminara siendo contado por chismosos, hábiles para inventariar escándalos pero incapaces de señalar esa sinceridad emotiva que era suficiente para valorizar cualquier estúpida comedia provinciana y le sirvió para formular una manera de cantar única en su época y vigente por años, hasta que entre su hija mayor, Liza Minnelli, y Barbra Streisand la exageraron hasta el ridículo.
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De todas las cantantes infantiles que el cine obligó a padecer de Shirley Temple en adelante, Judy Garland fue la única con un estilo que se negaba a ser el remedo de sopranos ligeras o esterilizadas lady crooners. Una voz densa y desgarradora, tan capaz de expresar con madurez pasiones en el límite de lo permitido como de regocijarse con viejos clásicos del varieté o estremecerse en "Sobre el arco iris", ese oratorio en miniatura que fue su triunfo máximo.
Su temperamento irresistible quedó registrado en una discografía superior a de la mayoría de las vocalistas populares de esos años, por la calidad del repertorio, la jerarquía de los acompañamientos y lo novedoso de algunas producciones, que el disco compacto ha recuperado casi en su totalidad.
Las 79 placas impresas para Decca entre 1936 y 1947 figuran en la caja "The complete Decca masters (plus)". Los musicales importantes tienen cada uno su edición y con la miscelánea reunida en "Collector´s gems from the M.G.M. films" se tiene casi todo lo grabado para películas de la compañía que la inventó a mediados de la década del 30 y la aniquiló 15 años después.
En la torre de los discos Capitol cantó mucho de lo mejor de su carrera en álbumes conceptuales orquestados por grandes maestros, luego desguasados para diversas antologías, aunque en compensación se consigue intacto el colosal "Judy at Carnegie Hall", documento de un recital de 1961 que debe de haber sido una de sus mejores noches arriba de un escenario.
Queda la opción de perderse tantas horas de gran arte vocal y hacer del asunto una cuestión de fe, acatando la perfecta definición de María Elena Walsh: "El music hall es Judy Garland/ eterna como el sol". Quiere decir que el music hall es un ámbito de extrema exigencia, inocente pero refinado, un ruedo desafiante en el que cada canción es la hora de la verdad y si el intérprete no la transmite con la dimensión precisa y el sentimiento adecuado, arriesga ser pateado entre bastidores y de ahí al olvido, algo que nunca ocurrirá con Garland, a pesar del trivial retrato televisivo en circulación.





