
Krzysztof Jablonski brilló en el Teatro Colón
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Segundo recital del Festival Chopin, organizado por la Fundación Chopiniana de la Argentina, a cargo el pianista Krzysztof Jablonski. Programa: Cantata "Nun komm den haiden Heiland", de Bach (transcripción de Busoni); Sonata Hoboken XVI N° 20, de Haydn; Sonata Op. 57 en Fa menor ("Appasionata") de Beethoven; 4 Mazurkas Op. 24, y Sonata Op. 58 N° 3, de Chopin. En el Teatro Colón.
Llevar la música de Chopin a todas las audiencias, un objetivo que se ha propuesto y viene cumpliendo hasta ahora con singular éxito la Fundación Chopiniana, se vio en parte frustrado en este segundo recital de la serie que tiene prevista en el Teatro Colón. La convocatoria de un pianista de los quilates de Krzysztof Jablonski, ganador del codiciado premio máximo en el XI Concurso Internacional Chopin en 1985, había creado lógica expectativa en el público porteño -y entre no pocos pianistas- dado el programa que la entidad había anunciado: la ejecución de todos los Estudios que Chopin dedicó al piano precedidos por la Balada Op. 23. Este menú, por un talento varias veces laureado, después de recibir los avales del jurado de Varsovia no era algo para perder.
Sin embargo, los dioses dispusieron otra cosa. Jablonski se había accidentado antes de partir hacia la Argentina, lo cual había afectado su mano izquierda, según anunció una voz con todo dramático por los parlantes antes del concierto. El pianista había preparado, entonces, otro programa que no obstante contendría -por supuesto- algunas obras de Chopin.
Sin duda loable, su esfuerzo resultó compensado por la aceptación general. Era un programa muy bien elegido. Aparentemente, no se notó ninguna diferencia ni disminución en el rendimiento del intérprete en cuanto a recursos digitales se refiere. Tampoco se puso en tela de juicio lo que Jablonski ofrecía. Transpuesta la ejecución inicial, el Coral "Nun komm den haiden Heiland" (N° 659 del catálogo de transcripciones de Ferruccio Buzón), vertido con gravedad expositiva y calidad sonora en el diseño de las serenas voces del canto, siguió una Sonata de Haydn (Hoboken XVI N° 20), cuyos tres movimientos evocaron un mundo totalmente distinto, de un etéreo estilo galante, cuyo "Allegro moderato", con sus rápidas figuraciones, fue expuesto con gran solvencia técnica, perfecta articulación y elegancia expresiva, con su extenso "Andante" muy bien cantado, sus trinos y otros embellecimientos finamente tallados y, especialmente, con gran unidad de sentido.
Como "pezzo di bravura", la primera parte del nuevo programa incluyó la Sonata Op. 57 ("Appasionata") de Beethoven, en la que Jablonski empleó a fondo todos los recursos técnicos y expresivos que posee, con una sonoridad plena y conceptos musicales claros, violentos o angustiosos, según el tempestuoso carácter del "Allegro assai" inicial; en el último movimiento en el que también se advirtió que en no pocas ocasiones Jablonski llegó hasta el deslinde mismo que separa el arte verdadero del mero virtuosismo.
En la producción de Chopin, las Mazurkas y las Polonesas atesoran sin duda las esencias más puras del alma polaca. Como hijo de Polonia, Jablonski sabe que todo pianista debe llevar alguna mazurka en su mochila de viaje. Ejecutadas como él lo hace obran el milagro de la inmediatez, de lo increíblemente próximo, lo que no queda grabado en ningún registro. Sus versiones de las cuatro Mazurcas del Op. 24 fueron inolvidables. En ellas el ritmo, los acentos, la dinámica, el color y la inefable nostalgia que algunas modulaciones encierran (como en la cuarta, en Si bemol menor) fueron conmovedoras, penetrantes, como el "pianissimo" de sus siete notas finales. La sonata Op. 58, que Jablonski reservó para el final, demostró todo el poderío de sus medios, sus dotes de brillante virtuoso, que exhibió en el Scherzo, y de músico ejemplar cuando se trata de cantar con el teclado, como lo hizo en el siguiente movimiento de la sonata, con sutiles efectos de color y expresión romántica.

