La dinastía de los Strauss

Pola Suárez Urtubey
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5 de febrero de 2004  

El 14 de marzo de 1804 nacía en Viena Johann Strauss, el fundador de la dinastía de músicos que fascinó durante décadas del siglo XIX a los salones de baile de la sociedad occidental. El año marcaba ya una predestinación. En 1804 surgía el Imperio con Napoleón, y esa circunstancia histórica traía aparejado un cambio social profundo, el ascenso de la burguesía hacia una flamante nobleza reclutada entre industriales, artesanos y abogados. Ese poderoso impulso burgués fue emulado en todo el continente. También en Viena, donde se construyeron salas de baile de un lujo legendario. Algún observador mesurado de la época criticaba la exagerada rapidez de las polonesas y los valses, sin duda porque no alcanzaba aún a comprender el nuevo sentido del vértigo y la contorsión. Es que la época imperial marcaba el ritmo: todo se hizo de prisa, creció vertiginosamente y la música se puso en marcha para reflejar el momento.

Es claro, cuando todo esto ocurre, Johann Strauss era aún un niño. Una vez apagados los fuegos napoleónicos, la vida vienesa se recoge en una dulce serenidad, y el vértigo y la aparatosa suntuosidad fueron reemplazados por la reflexión y la modestia. Empobrecidos los burgueses de Viena, se pasa del esplendor imperial al estilo Biedermeier, caracterizado por su reacción contra todo lo mundano y la exaltación de una paz hogareña, de una amable cordialidad, que se refleja en las artes de la época, calificadas como de tono menor.

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Es en este ambiente donde empieza a recortarse la figura del primer Strauss, que, en la década de 1820 encuentra sus modelos directos en los valses de su compañero de ruta, Joseph Lanner. De la mano de este músico había comenzado para el vals la época romántica, con melodías cordiales y sencillas que trasuntaban la espontaneidad de la canción popular y ese dejo grave, tierno y melancólico del Biedermeier. Sin embargo, Johann era más osado y ambicioso y se propuso abandonar la simetría que hasta entonces dominaba en el vals y aceptar sólo la imposición ineludible del compás de tres tiempos, sin el cual el vals no es un vals. Lo demás, lo puso su fantasía y audacia, y la herencia del estilo imperial que había bebido en su infancia. En 1833 se pudo decir de Johann Strauss que había nacido con él un nuevo héroe para los vieneses.

La dinastía iniciada por este Strauss, de cuyo nacimiento se cumplen este año dos siglos, se consolidó con Johann, el mayor de los hijos, para prolongarse con Josef y Eduard. Contra la voluntad paterna, los hijos fueron todos músicos. Y uno de ellos, Johann, el "rey" del vals, logró una fama, en vida y póstuma, que superó largamente a la del padre, con quien tuvo además discrepancias de fondo: mientras uno era monárquico, el hijo abrazaba en 1848 la causa revolucionaria, aunque una vez apaciguados sus impulsos juveniles, halló la gloria en la nueva Viena de Francisco José. El autor de "Mujeres, canciones y vino" y "El murciélago" había enterrado el recuerdo del fundador de una dinastía en cuyas vidas y obras se recorta la historia social y política de todo un siglo.

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