
La orquesta sinfónica de Milán, con alma y pasión
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Conciertos de la Orquesta Sinfónica de Milán Giuseppe Verdi. Director: Oleg Caetani. Solista: Nelson Freire (piano). Programas: "Canto en memoria de Benjamín Britten para cuerdas", de Arvo PŠrt, Concierto N° 2, en Fa menor, para piano y orquesta, Op. 21, de Frederic Chopin. Sinfonía N° 2, en Mi menor, Op. 27, de Sergei Rachmaninov, Obertura de "I vespri siciliani", de Giuseppe Verdi, Concierto N° 4, en Sol Mayor, para piano y orquesta, Op. 58, de Ludwig van Beethoven, y Sinfonía N° 1, en Do menor, Op. 68, de Johannes Brahms. Organizado por la Fundación Cultural Coliseum y el Teatro Colón. Ciclo de abono verde y rojo Nuova Harmonia 2003. Teatro Colón.
Nuestra opinión: muy bueno
No pudo ser más oportuna la visita de la Orquesta Sinfónica de Milán Giuseppe Verdi, a pocos días de haber escuchado en la misma sala del Teatro Colón a la Orquesta de Filadelfia, privilegio que nos ha obligado a ejercitar una comparación.
Filadelfia nos impresionó por su brillantez, el voluminoso sonido de todos sus sectores y por la perfección de la ejecución de cada uno de sus integrantes. La Orquesta Verdi nos cautivó porque nos permitió escuchar un sonido reconocible en nuestras orquestas locales y sentir la existencia intangible de alma y pasión.
Así como la agrupación norteamericana exhibió su pasaporte a través del virtuosismo casi irreverente de los metales y maderas que no ocultan su alianza con el jazz, la italiana de Milán dijo lo suyo con el subyugante canto y color mediterráneo brotando espontáneo de la sangre de sus músicos.
Músico de jerarquía
La grata sorpresa fue conocer al director Oleg Caetani, que reemplazó a último momento a Riccardo Chailly, que no pudo viajar por razones de enfermedad, cuyas aptitudes se fueron imponiendo con el andar de los dos programas ofrecidos, hasta llegar a un nivel de indudable jerarquía artística que lo ubica entre las más valiosas figuras de la actualidad.
En la presentación se escuchó "Canto a la memoria de Benjamín Britten", para cuerdas, del compositor de Estonia Arvo PŠrt, eminente creador de obras religiosas, instrumentales sinfónicas y de cámara , cuya producción se caracteriza por un lenguaje de sugerente belleza sonora.
El uso alternado de formas de escrituras aleatorias, seriales y minimalistas, pero plasmando un universo sonoro de impactante placidez y transparencia, se manifestó en esta propuesta.
De inmediato se recibió al distinguido pianista brasileño Nelson Freire, con el cálido aplauso que se brinda a figuras de larga y brillante carrera mundial. Fue el solista del segundo concierto para piano y orquesta de Frederic Chopin, objeto de una versión alejada de los caminos impuestos por una manera de encarar al célebre poeta del piano, y en este sentido cautivó por su delicada manera de ejecución y su contenida expresión en las largas frases del autor.
Para ello, Freire contó con la inteligente disposición del director, que sumó un nuevo motivo de admiración al exhibir nobleza y sabiduría para ajustarse y respetar la sonoridad íntima del pianista, logrando, a la vez, enaltecer la versión con detalles de matices y planos verdaderamente enriquecedores.
Mientras del piano se elevaban un candoroso sonido perlado y excesiva contención en el discurso expresivo, la orquesta compensaba de algún modo con pasajes jerarquizados por la excelencia de la afinación y la calidad de las cuerdas.
La última entrega del primer concierto permitió encontrar otro aspecto positivo para valorar la estatura del director al encarar la segunda sinfonía de Sergei Rachmaninov con llamativo refinamiento en el manejo de las sonoridades más exultantes del discurso romántico y con cautivante melodismo del compositor y pianista ruso, tantas veces desmerecido por no haber participado de la estética en boga cuando el nuevo siglo bifurcaba la evolución de la música por caminos contrapuestos.
Si bien es cierto que el rendimiento de la orquesta fue alto, no escapó a la audición cierta falta de amalgama entre las cuerdas y los vientos que seguramente podría ser motivada por la falta de tiempo que el conjunto tuvo disponible para ensayos de adecuación a la condición acústica de la sala.
La segunda noche confirmó la sospecha, porque desde la obertura de "I vespri siciliani", de Giuseppe Verdi, prólogo del mejor estilo italiano, se escuchó a un conjunto perfectamente cohesionado y se vio a Oleg Caetani distendido y plenamente entregado a una conducción en el más puro estilo. Si el director ya había dado muestras de poseer un talento musical de alto vuelo, su visión de la música de Verdi lo elevó al peldaño donde están algunos de los más preclaros nombres italianos, desde Toscanini hasta Abbado, pasando por Previtali, Gavazzeni, Serafín, De Sabata o Giulini.
Cuando Freire encaró la primera frase del Concierto N° 4 para piano y orquesta de Ludwig van Beethoven, con tanta mesura e intimidad pianística, se temió una desnaturalización del mundo expresivo del compositor alemán. Pero por segunda vez, Oleg Caetani (que, dicho sea de paso, será el próximo director titular de la excelente Orquesta Sinfónica de Melbourne) logró el punto justo del equilibrio entre un sonido más robusto que reclama el autor y un solista cada vez más ensimismado y tenue, pero al que se le reconoce una exquisitez cautivante en el perlado de sus notas, etéreas y livianas como para bordar en el tiempo una puntilla.
El contraste llegó contundentemente con Johannes Brahms y su primera sinfonía, escuchada mil veces, pero que no obstante permite cada vez descubrir detalles nuevos y fascinantes. Tanto el maestro Caetani como la orquesta italiana ofrecieron una versión enjundiosa y concentrada en admirable realización académica y estilística con la ventaja de que todos, ya familiarizados, habían encontrado el ideal de la condición acústica del Colón.
La hondura del discurso y la admirable flexibilidad del fraseo logrado literalmente se vieron dibujados por la elocuencia del gesto del maestro que, lejos de buscar efectos de actor, dictó una lección magistral de cómo hacer música con nobleza y amor.
El último movimiento de la obra de Brahms tuvo un final inolvidable con el monumental e inspirado tema predominante a cargo de la fila de violonchelos en tan soberbia amalgama; un deleite el sonido de las trompas.
Significativa sorpresa
Por fin, cuando el aplauso sostenido permitió escuchar las danzas de "Cascanueces", de Tchaikovski, como amable agregado (en el debut también se había escuchado la obertura de "Nabucco", de Verdi, todo un símbolo de la idiosincrasia italiana), se tuvo una sorpresa al comprobar, leyendo la lista impresa de los integrantes de la orquesta, que el solista de oboe era Hernán Garreffa, argentino y sobrino del cornista Domingo Garreffa, de tan brillante carrera en nuestro medio.
En ese instante y súbitamente fue cuando se encontró explicación a la idea de haber escuchado una orquesta de sonido y espíritu similar al de las argentinas, no por un músico valioso incorporado a la Orquesta Sinfónica de Milan Giuseppe Verdi, y que debería haber sido retenido en el país, sino por los cientos de instrumentistas inmigrantes e hijos de inmigrantes italianos que las integraron desde siempre.
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