La vocación retro de Lana Del Rey

Alejandro Lingenti
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28 de julio de 2017  

En su nuevo disco, Lust for Life, vuelve a mostrarse nostálgica y ensoñada
En su nuevo disco, Lust for Life, vuelve a mostrarse nostálgica y ensoñada Crédito: AP

En las últimas semanas, Lana Del Rey fue noticia unas cuantas veces. Se quejó en las redes sociales de la filtración de los temas de su nuevo disco dos días antes de su lanzamiento oficial y se peleó públicamente con algunos de sus seguidores por difundirlos anticipadamente. Convocó a sumarse a un bizarro "hechizo colectivo" destinado a derrocar a Donald Trump. También organizó un informal concierto sorpresa en una casona restaurada de la época victoriana ubicada en West Hollywood para sus fans más fieles en Spotify.

Desde el bombazo de su segundo disco, Born To Die (2012), un éxito en todo el mundo que torció el rumbo errático de un álbum debut -Lana del Ray a.k.a. Lizzy Grant (2010)- que ella misma se encargó de borrar del mapa cuando finalmente quedó conforme con un nombre artístico que cambió en varias oportunidades y se empezó a sentir orgullosa de su repertorio, hasta hoy, se han dicho muchas cosas de esta singular diva neoyorquina nacida hace 32 años como Elizabeth Woolridge Grant.

Pero lo importante es lo que confirma Lust For Life, un título calcado de uno de los trabajos más notables de la carrera de Iggy Pop solista, cuando tenía como socio nada menos que a David Bowie: la consolidación de un estilo, desarrollado a lo largo de una trilogía de discos densos, oscuros e incómodos para la rotación radial. Igual que en Ultraviolence (2014) y Honeymoon (2015), Lana vuelve a exhibir abiertamente su fascinación por el glamour de Hollywood y la iconografía clásica de los años 50. Sus canciones pintan un universo plagado de melancolía, lirismo y soledad similar al que conocimos a través de los célebres cuadros de Edward Hopper, una referencia asequible en su obra.

Fuente: LA NACION

Hay, de todos modos, un enfoque menos lúgubre que de costumbre, reflejado ya en una portada donde aparece con una luminosa sonrisa, parada delante de la misma camioneta que usó para la tapa de Born To Die, donde se le veía distinta, mucho más seria y reconcentrada.

Trabajando con una paleta sonora relativamente limitada, Del Rey sabe a la perfección cómo multiplicar texturas y generar ambientes, aprovechando con inteligencia el aporte de sus invitados de ocasión. En el tema que le da nombre al disco, el espectral falsete de Abel Tesfaye (The Weeknd) parece hecho a medida para el delicado arrebato épico con el que Lana celebra candorosamente "la pasión de vivir" y se presenta ya no como víctima angustiada, sino como artífice convencida de su propio destino.

El aporte de los raperos A$AP Rocky y Plaboy Carti responde con claridad a un objetivo de actualización sonora que la artista ya había anticipado antes de la grabación de Lust For Life, un distanciamiento prudente del modelo Shangri-Las, apoyado en el famoso wall of sound patentado por Phil Spector en los 60, del que siempre ha sido devota. Pero uno de los mejores momentos del disco, sin embargo, nace otra vez de su obstinada vocación retro: la voz legendaria de Stevie Nicks (Fleetwood Mac) matiza y embellece "Beautiful People, Beautiful Problems", un tema de novedosa (para Lana) inspiración ecológica. Y con "Change", una preciosa balada de tono confesional en la que canta básicamente acompañada por un piano, Lana Del Rey les contesta categóricamente a los que la siguen etiquetando como un hype, una ligereza apoyada en el prejuicio. En esa canción magnética, su voz, felizmente ajena al despliegue virtuoso, está cargada de una épica y un poder sugestivo que en el pop contemporáneo solo puede equiparar Victoria Legrand, alma de Beach House y otra veterana del pánico, la nostalgia y la ensoñación como Lana.

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