La voz de Angel Vargas
Cuando Angel Vargas grabó su primer disco con la típica de Angel D´Agostino era un desconocido, bastante mayor para soñar ya con sobresalir, luego de una década de dar vueltas por cafés, clubes de barrio y radios de baja potencia, cantando tangos, valses y rancheras con orquestas de las que no han quedado rastros.
Sin embargo, aunque el director no era un prodigio musical y su conjunto nunca alcanzó el nivel creativo de otros aparecidos en la misma época, igual que ocurrió luego con Alfredo De Angelis-Carlos Dante o Ricardo Tanturi-Enrique Campos, la combinación de una orquesta bailable básica con un cantor expresivo y auténtico resultó irresistible, imponiendo el rubro como uno de los más exitosos y, sin duda, el más querido en toda la historia del tango.
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Aquella placa realizada a fines de 1940, antes de que Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese y Miguel Caló grabaran sus propuestas definitivas, suena ahora como el anuncio de lo que iba a ser una de las tendencias durante el gran período que estaba por iniciarse para la música porteña: el redescubrimiento de los grandes tangos con letra y el ascenso del cantor a la categoría de protagonista.
Los dos temas -"No aflojés" y "Muchacho"- establecieron también el estilo al que Angel Vargas permaneció fiel durante el resto de su vida: un discurso confidencial y sincero, a veces melancólico y resignado, pero sin desequilibrios emotivos. No tenía una voz importante ni elaborada, pero gracias a la personalidad de su timbre, a su musicalidad natural y a una intuición única para poner el énfasis en la palabra exacta, se convirtió en el gran cronista de costumbres, personajes y paisajes que ya Buenos Aires había perdido para siempre.
Inexplicablemente, pasaron más de ocho meses hasta la siguiente grabación de Vargas y la orquesta, que fue "Tres esquinas", una de sus obras cumbres, pero luego los discos se acumularon a lo largo de cinco años y andaban cerca de los cien títulos en 1946, cuando D´Agostino, acobardado por la sindicalización obligatoria de los músicos, disolvió el conjunto en su mejor momento.
Se trata de una producción extraordinaria por su volumen -ningún otro cantor grabó tanto en ese lapso- y también por la calidad del repertorio, que registra algunas piezas menores, pero más que nada clásicos que han permanecido -"Esquinas porteñas", "A pan y agua", "Esta noche en Buenos Aires", "Palais de glace", "A pan y agua", "Hotel Victoria", "Ninguna"- y sucesos ajenos a los que Vargas se atrevió sin importarle la comparación con Fiorentino al cantar "Barrio de tango", Alberto Castillo en "Mano blanca" o Charlo y su "Rondando tu esquina".
Sin esperar en silencio a que D´Agostino reconsiderara la decisión -lo hizo meses después, pero sin el imprescindible vocalista su carrera se desvaneció-, Vargas se lanzó con orquesta propia, una aventura todavía riesgosa para cantores sin presencia cinematográfica en la que sólo a Castillo le había ido bien. Lo mismo sucedió con él, que hasta el momento de su inesperada muerte, en 1959, continuó encabezando buenos conjuntos dirigidos musicalmente por ejecutantes muy capaces.
Lo notable es que, al contrario de lo que ocurrió con otras estrellas del tango, que se independizaban para convertirse en la atracción principal, siempre se mantuvo en el discreto lugar del cantor de orquesta para baile y su voz apenas si ocupaba la mitad de los arreglos que le escribían Eduardo del Piano o Armando Lacava, más elaborados que los de su director anterior, aunque el público siempre siguió prefiriendo a Vargas en el contexto primitivo de Angel D´Agostino.
Se llamaba, en realidad, Angel Lomio -el seudónimo era un homenaje al desorbitado poeta Vargas Vila- y el viernes se cumplirá un siglo de su nacimiento en un barrio a la altura de su delicada sensibilidad porteña: Parque Patricios. Es lo único que corresponde recordar, porque su voz, una de esas delicias del tango que se transmiten de generación en generación, sigue sonando diariamente.





