
Las atracciones del circo de Leopold Mozart
Desde hace siglos y siglos, acróbatas, payasos, equilibristas, domadores, malabaristas y trapecistas, entre muchos más, despliegan sus destrezas en las pistas de los circos. Desde el cruel, sanguinario y miserable circo romano hasta el fantástico Cirque du Soleil, los espectáculos circenses han atravesado la historia de la humanidad con grandezas, maravillas, sorpresas y… miserias. Por eso, sus actividades han promovido infinitas discusiones ya no sobre los derechos de los animales que en ellos son obligados a actuar sino sobre los derechos humanos en ellos tantas veces conculcados. Presentados como "fenómenos", los circos, denigrantes, deshonrosos y degradantes, han exhibido enanos, hombres elefantes, mujeres barbudas y seres deformes como atracciones de mal museo. Sin alcanzar semejante nivel de bajeza, Leopold Mozart tenía su propio fenómeno de colección al cual mostrar con fines muchísimo más monetarios que humanísticos y de escasa, minúscula dignidad. Como si de dos ejemplares circenses se tratara, el padre Mozart publicitaba y vendía a sus hijos: "Mi hija, de doce años, y mi hijo, de siete, tocarán obras de los grandes maestros en diferentes clases de piano. Además, mi hijo también tocará el violín. El niño pondrá un paño sobre el teclado y, con sus manos por debajo de él, tocará como si estuviera descubierto. De espaldas al piano o desde cualquier lugar y a cualquier distancia, reconocerá con sus nombres las notas que sean ejecutadas en el piano, en campanas o en cualquier instrumento. Por último, improvisará tanto tiempo como el público lo desee en el órgano o en el piano, en todas las tonalidades, incluso las más dificultosas, según se lo vayan proponiendo". Pobre Wolfgang, siete años, con todos sus talentos y ofrecido más para el Sarrasani que para el Carnegie Hall, el Colón o la Salle Pleyel.





