
Las fanfarrias de los Balcanes
Orquesta para Bodas y Funerales de Goran Bregovic (guitarra, sintetizador y percusión), la Gypsy Brass Band, Las Voces Búlgaras y Ogjnan Radivojevic (debouka, percusión, acordeón y voz). Estadio Luna Park. Jueves 26 de junio.
Nuestra opinión: muy bueno
Nadie estaba preparado para que la Gypsy Brass Band hiciera su aparición por los pasillos del Luna Park a telón cerrado. Fue el simple plato de entrada para que la hipnótica musicalidad de los vientos gitanos envolviera con su ondulante sonido a los 7 mil espectadores que abarrotaron el estadio. Dos horas donde la Orquesta para Bodas y Funerales de Goran Bregovic ofreció un suculento banquete musical que terminó en un delirante baile tribal multitudinario con el mismo espíritu catárquico y colectivo que la cultura popular balcánica inventó para espantar sus males. A ese baile final y la frase "¡Al ataque!", el público le insufló vehemencia, tras el toque de diana del trompetista.
El concierto que desembocó en esa extraña fiesta pagana a la manera de las películas de Emir Kusturica (donde todo es posible, sólo falto la bebida en grandes cantidades y los gansos danzando por los pasillos del Luna Park), se fue alimentando por el fuego de una música combustiva que puede levantar a los muertos, que refleja la tenacidad de un pueblo capaz de bailar sobre sus escombros a pesar de convivir cotidianamente con la muerte. "Nacimos en un lugar en el que tenés que estar preparado para recibir malas noticias", dijo en la entrevista con LA NACION Goran Bregovic.
Sin embargo, la música del artista bosnio transmite todo ese ambiente desmesurado de las bodas, la alegría y el baile extasiado que provocan canciones como "Polizia molto arrabbiata", "Hop-hop-hop", "Coktail molotov", "Mjesecina" o la popular "Kalasnikov". Pero también expresa a la perfección el ambivalente sentimiento de drama y melancolía de los funerales en la cultura yugoslava en "Aven ivenda" o el "Tango ausencia" sólo con el acordeón del pelado Ognjan Radijojevic, capaz de emocionar con una sensible interpretación en portugués o emular a un exultante eslavo con varios vodkas de más.
Extraña seducción
Como un preciso director de orquesta, Bregovic logra ensamblar el pulso balcánico en una síntesis donde se cruzan delicados y potentes rasgos musicales de Hungría, Francia, Italia, Grecia, Afganistán, Turquía y Albania, que fueron traslando los gitanos en su nomadismo. Goran ofrece una conexión entre esos estilos, por medio de la utilización de los bronces, especialmente la forma en que el endiablado saxo y clarinete de Stojan Dimov lleva la serpenteante "voz" melódica en la arabesca "Maki-maki", que levanta de su asiento al propio Bregovic para bailar con los brazos abiertos extendidos con un vaso de whisky en la mano.
Enraizado en el sonido explosivo de los metales gitanos -herencia de las orquestas militares- en la fuerza expresiva que aporta la percusión de Radijojevic y la ductilidad de las voces búlgaras, Goran aúna en sus composiciones elementos de la tradición popular y elementos del pop, como sonidos sampleados, para conseguir una mezcla de ingredientes que siempre generan placer y una extraña seducción. Así aparece como un crooner eslavo, a la manera de un Leonard Cohen, sólo punteando su guitarra eléctrica en la sensual "In the deathcar", o se sube a la elegante cadencia de "Sex" para incentivar el baile de cada uno de los espectadores.
Cuando la orquesta azota con sus fanfarrias las imágenes de sus bandas de sonido más famosas, "Tiempo de gitanos" y "Underground" se hacen carne en el público. Cuando llega el turno de "Ederlezi", la gente explota en el sabor agridulce de la canción y se entrega al placer de un sonido que provoca una euforia comparable sólo a uno de esos casamientos gitanos con varios días de baile y resaca.




