Las mujeres puccinianas
En apariencia, todas las mujeres de las óperas puccinianas son distintas, porque cada una vive en un mundo propio, sea la Roma de Tosca, el Japón de Butterfly, la China de Turandot, la California de Minnie, el París de Musetta y de Mimi. Pero, despojadas de trajes y de la ilusión escénica, observadas en su esencia, se nos aparecen como la mujer de todos los días. Es lo que marca la diferencia con las heroínas de Bellini, Donizetti o Verdi. "Yo no estoy hecho para las acciones heroicas -escribió Puccini-. Amo a los seres que tienen un corazón como el nuestro, que están hechos de esperanzas e ilusiones, que tienen momentos de alegría y otros de decepción, que lloran sin gritar y sufren con una amargura muy interior."
De tal manera, y a fuerza de vivir cautivado por las mujeres, Puccini pudo crear seductoras figuras femeninas, a las que dotó de una ternura y de una pasión auténticamente humanas. Las heroínas puccinianas son fuertes o débiles. He aquí un principio de clasificación. Pero esa fortaleza o debilidad las conduce a quemarse en la pasión amorosa. La diferencia entre unas y otras es de matices. Algunas de ellas se nos aparecen firmes, sólidas, de espíritu indomable. La fanciulla Minnie es un ejemplo. Y también Floria Tosca. Son personalidades avasallantes y seguras en su fiereza. En otros casos (Butterfly o Liú en Turandot ), su debilidad es sólo aparente. En los momentos de las grandes definiciones, no las detiene nada. Se autodestruyen porque entre el amor y la soledad no hay posibilidad de términos medios.
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Turandot es un caso especial. Es el menos humano de sus grandes personajes femeninos y su transformación a través del amor sólo es posible por la voluntad y el arrojo del hombre que la ama. Por eso Calaf es casi la única creación masculina de Puccini que alcanza la dimensión espiritual de sus mujeres. Por su parte, Manon Lescaut o Mimi y Musetta entrevén su salvación por el amor, pero es inalcanzable. Su propia debilidad y su miseria las apartan. Mimi es sencilla y discreta. Reservada para vivir, para amar y para sufrir y hasta circunspecta para morir. Musetta es tornadiza, frívola, caprichosa; muy generosa, sin embargo. Son seres igualmente vacíos que se complementan.
Cio-Cio-San ( Madama Butterfly ) es otro hallazgo psicológico de Puccini. Al comienzo de la obra es imprudente, precipitada, inmadura. Preparada desde su infancia de huérfana para una vida de geisha que no desea, se lanza en los brazos del primer cínico y fanfarrón americano que la seduce. Infiel a su familia, a su país, a su religión, Butterfly crece bruscamente y su suicidio es la sanción que ella misma se inflige, y el reencuentro, a través del rito de su autoaniquilación, con sus milenarios ancestros culturales. A su lado está Suzuki, leal y realista. En ella todo es armonía y equilibrio. Dos bellos caracteres femeninos que Puccini opone a la vacuidad de ese marino norteamericano que afortunadamente aparece muy poco en escena.
Con Minnie ( La fanciulla del West ) vuelve la imagen de la mujer de roble. Presentada con arrestos viriles, el encuentro con el bandido Johnson-Ramírez le permite descubrir ante el espectador su otra faz: atractiva, delicada, con ansias de amar y una infinita capacidad de entrega. Pero el destino le impone lograr su felicidad sólo a través de una ardua lucha. Y en la lucha se agiganta, resurge su potencia inicial y triunfa. Otras dos cumbres son Turandot y Liú. La princesa de la China legendaria empieza como ser inhumano e impersonal. Una diosa inaccesible de la destrucción hasta que la fuerza incomparable de Calaf le confiere la humanidad perdida. Pero Puccini necesitaba hacer circular por su obra el aliento cálido de una mujer auténtica. Y así volcó sobre Liú toda la ternura de su espíritu de hombre maduro, que presentía su próximo fin.
En el otro extremo está Tosca. Y Tosca es el vértigo. Es el Arte, es la Vida y es la Muerte. Desde el comienzo parece condenada a lanzarse al vacío como lo hará desde el parapeto de Castel Sant Angelo. Habituada, como cantante de ópera, al arrojo y a las explosiones escénicas, nada la arredra y si es preciso defender su honra, asesina a Scarpia, uno de los pocos personajes masculinos puccinianos de real envergadura teatral.
Esperemos tener la fortuna de volver a encontrarnos con estas formidables creaciones escénicas muy pronto, y aquí, en Buenos Aires.






