Lebón, un clásico a los 50

Mauro Apicella
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30 de diciembre de 2001  

Recital de David Lebón. Con Luis Cotiquelli (bajo), Palmo Addario (guitarra), Gonzalo de Borbón (teclados) y Panchi Lebón (batería). Invitado: Héctor Starc. El viernes, en La Trastienda.

Nuestra opinión: bueno.

Cuando David Lebón dice que su música se mueve entre "El tiempo es veloz" y "No confíes en tu suerte" no se equivoca. Entre esos puntos marcados por la balada y el rock crudo (elegidos como dos ejemplos, entre tantos) se planta el eje del sonido más característico de su trayectoria artística. Que hoy se mantiene, cuando David roza los 50, como se vio en los conciertos que ofreció el último fin de semana.

Dentro de ese cauce anduvo su carrera, desde que comenzó a ser parte del rock nacional hasta la actualidad. Primero, en la búsqueda de un perfil que empezó en un rol de aprendiz de Pappo, Billy Bond o Spinetta (es decir: Pappo´s Blues, un paso fugaz por La Pesada del Rock y Pescado Rabioso, respectivamente). Luego, con un buen debut solista, con el grupo Polifemo, con el gran aporte que dejó en Seru Giran y, más tarde, con su camino en solitario, definitivo a partir de los años 80.

Los cambios de paisaje -Estados Unidos, España, Buenos Aires y Mendoza, donde vive desde hace seis años- pudieron modificar sus canciones. Sin embargo, nunca le quitaron el inconfundible sello Lebón, que surge al momento de rockear o cuando llega el turno de esos temas lentos (amables o crueles) que siempre dejan una cuota de esperanza. Lo que cambió, en todo caso, no fue el contenido sino su forma de decir, algo que habrán notado algunos de sus más fieles seguidores, especialmente los de la primera hora.

La vuelta al barrio

Para ellos fueron algunos de los primeros temas que ofreció el viernes en La Trastienda. Lebón y su grupo entraron en calor con algunos hitos: "Hombre de mala sangre" y "Dos edificios dorados". Allí estuvo el "Ruso" de siempre, ese que sonríe con los ojos entreabiertos durante los solos de guitarra, el que comprime la garganta para lanzar los pasajes más agudos, aunque ahora menos arriesgados que en sus años de juventud.

Detrás de David hubo una banda atenta a sus intenciones. "No hay estrellas en este grupo", se animó a decir entre un tema y el siguiente. Pero no era cierto. Había un líder a quien responder, por edad y trayectoria. En cambio, no se equivocó al asegurar que sentía una especie de "vuelta al grupo de barrio". Porque el combo sonó como tal, despojado de la perfección de músicos de sesión, pero con mucho ensayo y con la firmeza necesaria para seguir tras los pasos de Lebón por viejos clásicos y por tres o cuatro estrenos. Algunos, a contracorriente de cualquier estética de moda, como "Hombres de la niebla". Otros en los que dedica versos a "Mendoza", casi con la pureza de un chico.

Y a medida que el show fue tomando temperatura y ganando climas aparecieron Héctor Starc, como invitado, para trenzar su guitarra con la de David sobre acordes bluseros. Más tarde, el demoledor "Suéltate rock and roll", los pulsos funk de "Creo que me suelto" y tramos intimistas con piezas irrepetibles, como "San Francisco y el Lobo", "Parado en el medio de la vida", "El tiempo es veloz" y, para cerrar los bises, "Noche de perros", que con su profundidad opacaron totalmente a las novedades.

Será porque, sin apartarse de la coherencia de contenido, Lebón dice de otra manera, tal vez con menos contundencia. O porque esos clásicos de su repertorio, inevitablemente, siguen siendo capaces de llevarse todo el crédito de un show intenso como el que el viernes ofreció en La Trastienda.

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