Litto Nebbia: el largo viaje de La Cueva al Teatro Colón

El músico rosarino recorrió sus 50 años de carrera en un emotivo concierto del que participaron los jóvenes integrantes de Los Reyes del Falsete y estuvo Fito Páez como invitado
Humphrey Inzillo
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16 de diciembre de 2015  

Litto Nebbia y un sueño hecho realidad
Litto Nebbia y un sueño hecho realidad

La ecuación parecía imposible: resumir 50 años y 1200 canciones en poco más de dos horas. Sin embargo, el primer concierto en la extensa trayectoria de Litto Nebbia en el Teatro Colón -en el cierre de la primera temporada de LN Cultura, que también incluyó presentaciones de Elena Roger, Sandra Mihanovich y Jorge Drexler- no sólo alcanzó un extraordinario poder de síntesis, sino que lo trascendió, alcanzando un fantástico equilibrio de belleza, épica, emoción y musicalidad. Por momentos, replicó la dinámica de esos shows de João Gilberto, Joan Manuel Serrat o Frank Sinatra, tres de tantos otros artistas que tienen el berretín de arrancar aplausos cuando la audiencia reconoce los primeros compases de alguno de sus éxitos. Y eso ocurrió en varios de los standards que interpretó Nebbia ("El rey lloró", "Viento, dile a la lluvia", "El bohemio"), mientras que en otros temas no tan conocidos, pero igualmente bellos, lo que primó fue un estado de goce y contemplación absoluta.

Sentado al imponente piano de cola, ubicado a la izquierda del escenario, Nebbia arrancó improvisando y pegó, en medley, "Más que loca" y "Está en tus manos", dos piezas de una delicadeza cinematográfica. Planteado como un recorrido sin orden cronológico por todo su repertorio, y con Daniel Homer (guitarra), Daniel Colombres (batería), Gustavo Giannini (bajo) y Leopoldo Deza (flauta y sintetizadores), Litto Nebbia se cambió a las teclas eléctricas y continuó con dos gemas de Los Gatos: "Un día de otoño" y "Ya no quiero soñar". Para este segundo tema se sumaron los músicos de Los Reyes del Falsete (Tomás & Nica Corle, y Juanchi Cianfagna) en los coros y percusión, completando el octeto, incursionando aquí en el samba y emulando de alguna forma a los Novos Bahianos.

Si sentiste alguna vez lo que es tener el corazón roto, Nebbia sabe expresar esa sensación con maestría, en piezas como la abolerada "Si te vas", "No importa la razón" o "Cuando yo me transforme". Pero Litto también sabe reflexionar con lucidez sobre la realidad nacional. Difícil no conmoverse con la indispensable "Nueva zamba para mi tierra", o esa clase de historia en poco más de tres minutos que es "Quien quiera oír que oiga" (con letras de Eduardo Mignona y citas a los discursos de Eva Perón), que ha permitido constantes relecturas desde su creación en los tempranos ochenta.

Valor consagratorio

Que Litto haya llegado al Teatro Colón es mucho más que un acto de justicia poética. El valor consagratorio que tiene el máximo coliseo argentino trasciende la figura del autor de piezas indispensables de un cancionero nacional y popular y puede entenderse, también, como un reconocimiento generacional a esa primera camada del rock vernáculo, los hacedores de esos primeros pasos, seminales, que en un derrotero entre La Cueva y el baño de La Perla de Once, el mítico café frente a la plaza Miserere, cimentaron los pasos de una corriente estética y cultural que es patrimonio de varias generaciones de argentinos. De alguna manera, Moris, Tanguito, Pipo Lernoud, Ciro Fogliatta, Javier Martínez, Miguel Abuelo y Pajarito Zaguri también forman parte de esta noche inolvidable.

Pero restringir la carga emotiva y el valor simbólico de la llegada de Litto al Colón sólo a su condición de pionero del rock nacional es un acto de injusticia. Porque si algo construyó Nebbia a lo largo de toda su trayectoria es un cancionero que hace honor al rótulo de "Música Popular Argentina". Un personalísimo entramado de jazz, tango y folklore de la región, con una fuerte impronta brasileña, que confluye en un estilo con su propio nombre como género en sí mismo.

Para presentar al único artista invitado del concierto, Litto recurrió a una vieja frase de Antonio Agri, violinista de extensa trayectoria integrando diversas formaciones lideradas por Astor Piazzolla. Nebbia estaba sorprendido de que en los rincones más insólitos del mundo apareciera siempre un rosarino, y Agri, oriundo de la misma ciudad que Nebbia, Olmedo y el Che Guevara, le explicó: "El rosarino es el mejor amigo del hombre". Así, entre risas, Nebbia presentó a Fito Páez. En plan crooner, los dos grandes compositores de la Chicago argentina repasaron "Parte del aire" (de Fito Páez), con Nebbia otra vez en el piano de cola, en una interpretación conmovedora. Y luego, ya con toda la banda y a plena pulsión funky, "Yo no permito" alcanzó uno de los momentos de mayor intensidad, con una increíble sinergia entre los nueve talentos sobre el escenario, que concluyó en "Para John", emotivo homenaje lennoniano.

La seguidilla final fue a puro clásico: difícil no lagrimear con "Sólo se trata de vivir", que puso a cantar, en falsete, a todo el teatro. Difícil no lagrimear, también, con la profundidad y la melancolía de "El otro cambio, los que se fueron". Y sencillamente imposible no conmoverse con todo el teatro cantando "La balsa", el himno fundacional del rock argentino. Esa oda a la libertad que a cinco décadas de su composición, en el baño de La Perla de Once, sonó en el Teatro Colón. Una bella parábola, en una noche sublime, para el lado de la justicia, de la belleza, de la felicidad.

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