
"L´Orfeo" deslumbró por la puesta y el elenco
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"L´Orfeo", ópera de Claudio Monteverdi, sobre libreto de Alessandro Striggio, con Víctor Torres (Orfeo), Graciela Oddone (Eurídice), Gloria Banditelli (la mensajera), Adriana Fernández (la Música), María Cristina Kiehr (la Esperanza), Iván García (Caronte), Alicia Borges (Proserpina), Luciano Garay (Plutón), Furio Zanasi (Apolo), Mariana Rewerski (Ninfa), Pablo Pollitzer y Len Garvie (Pastores). Ensamble Elyma y Coro Capella Cisplatina. Dirección: Gabriel Garrido. Régie: Gilbert Deflo. Escenografía y vestuario: William Orlandi. Teatro Colón, función de Gran Abono.
Nuestra opinión: excelente.
La platea no estaba cubierta totalmente, ya era el horario de comienzo de la función y la imagen habitual del público ingresando tumultuosamente, contra reloj, para ubicarse cada uno en su lugar antes del inicio de la ópera no aparecía por ninguna de las puertas de entrada. Parte de los plateístas del Gran Abono, con su ausencia, daban la primera señal de que algo diferente estaba por ocurrir. No iban a estar sobre la escena los avances de Don Giovanni, la pasión de Tristán o el infortunio de Rigoletto. Orfeo, el músico más célebre que ha legado la mitología griega, en la versión monteverdiana, venía a ocupar el centro de la atención. Y parece ser que una lectura historicista de la primera obra maestra de la historia de la ópera no fue lo suficientemente atractiva como para que muchos melómanos acostumbrados a Wagner o a Puccini se decidieran a venir. Aunque no habría que desechar que razones futbolísticas, mucho más boquenses y cotidianas, hubieran tenido algún peso importante en el momento de tener que optar entre Riquelme y Víctor Torres.
En realidad, la primera imagen que daba cuenta de que no se iba a estar en presencia de una noche habitual estaba en el foso de la orquesta, abierto por delante, sin el tabique que separa las espaldas del director de la primera fila de la platea, dando continuidad entre músicos y público, y que permitía ver que en él no estaban los integrantes de la Orquesta Estable sino los del ensamble Elyma, luciendo amplísimos hábitos negros con cuello blanco, una vestimenta apropiada para introducirnos en una puesta de época, ya que es el tipo de toga con la cual aparece el mismo Monteverdi en su cuadro más célebre, aquel que lo recuerda de medio perfil y mirando hacia adelante.
Méritos admirables
Acostumbrados, en nuestro medio, a versiones historicistas de la música barroca que, desde los registros discográficos, se remiten exclusivamente a sus aspectos sónicos, esta puesta del "Orfeo" de Monteverdi tuvo como novedad, y como uno de sus méritos más admirables, la coherencia, también historicista, de recrear una idea comprensiva y global, no exclusivamente sonora, de una ópera estrenada en Mantua en 1607.
La consistencia de la propuesta arrancó desde el foso, lo primero que se pudo ver mientras el telón estuvo cerrado, y se continuó más adelante con un escenario absolutamente despojado, sobre un piso de madera sin lustres ni brillos, flanqueado por bastidores fijos de un azul grisáceo opaco y que, como único cambio escenográfico para las situaciones y ámbitos de cada uno de los cinco actos, presentaba distintos telones pintados en el fondo o algún armazón fijo, de a uno por acto, y cuyas mudanzas eran realizadas por detrás de un panel que descendía y ofrecía a la vista parte de la portada de la primera edición de "Orfeo", y utilizando eventualmente adminículos menores, como la barca de Caronte.
Si los florentinos, y luego Monteverdi, creían estar recuperando el teatro griego, los movimientos que sobre el escenario realizan los cantantes son absolutamente lógicos. Estáticos, "actuando" casi exclusivamente con las manos, en movimientos tan lentos como ampulosos y, a veces, llegando desde la platea o saliendo hacia ella, como también lo hizo Garrido en una entrada sumamente impetuosa, dado que el palacio de los Gonzaga, donde se estrenó esta fábula en música, no poseía escenario en el sentido espacial del término, diferenciado del lugar en donde se encontraba el público. No es ocioso recordar que la ópera, como espectáculo de gran pompa escénica, comenzó concretamente hacia 1640, en Venecia, luego de la apertura del primer teatro público de ópera.
Pero más allá de la idea dramática y de su feliz concreción, nada habría tenido sentido si los sonidos no hubieran sido recreados tan estupendamente como lo hicieron músicos y cantantes. Garrido dispuso a los miembros de Elyma en semicírculos concéntricos, primero las violas da gamba, luego los violines, los vientos y por último los instrumentos del continuo, laúdes, arpa, órganos y claves. A ambos lados del ensamble se ubicaron, en dos mitades exactamente iguales, los integrantes del coro para dar la espacialidad característica de los coros divididos. Unos y otros, músicos y cantantes, demostraron una maestría y un oficio en la interpretación barroca dignos del mejor elogio.
El trabajo de Gabriel Garrido, que luego del intermedio reapareció sin la toga y vestido a la usanza de un caballero italiano de 1600, es notable en la concertación de voces e instrumentos, en la disposición variable de los músicos para crear efectos y distancias, en decorar los pasajes orquestales alterando la instrumentación o en la inteligente elección de insistir en el ritornello del Prólogo como música característica y casi incidental de la ópera para que acompañe los desplazamientos del coro o de los cantantes.
Destacado por la paridad
Del elenco, casi todo argentino, parejo y, en general, de muy buen nivel, hay que resaltar especialmente a Gloria Banditelli, la ninfa que viene a traerle a Orfeo la mala noticia de la muerte de su esposa, una mezzosoprano italiana de voz segura y capaz de ornamentar con finuras sutiles cada sonido que así lo requiere, y a Alicia Borges, otra mezzo de voz cálida y atractiva, de fraseos impecables y que le cuenta a Plutón su conmoción por el canto de Orfeo, casi la misma sensación que ella provocó en el público. Lamentablemente, Graciela Oddone apenas si pudo mostrar algo de su talento. Striggio y Monteverdi se centraron en Orfeo, y su amada Eurídice apenas si tiene alguna aparición casi ocasional en el primero y en el cuarto acto.
Por último, hay que destacar a Víctor Torres, creando un Orfeo inmejorable, asumiendo con una versatilidad y una solidez musical admirables cada una de las distintas circunstancias por las que atraviesa el cantante de Tracia: el amor, la felicidad, el desconsuelo, el lamento, la decisión de ir a rescatar a Eurídice del mundo subterráneo, el canto de sus tristezas para estremecer a Caronte y convencer a Plutón, las dudas profundamente humanas ante la orden de no volver la mirada y, por fin, el dolor de la pérdida irremediable.
Con su canto y su lira, las únicas armas de las que dispone, Orfeo vence a Caronte, estremece a Proserpina y logra su objetivo. Por las virtudes y la nobleza de su canto, Torres también debería obtener su premio. Por ejemplo, tener la posibilidad de aparecer más seguido en el escenario del Colón, tarea ciertamente merecida y mucho más sencilla que tener que descender a mundos subterráneos para recuperar a los seres amados.




