Los caprichos del pianista Ivo Pogorelich
Concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Enrique Arturo Diemecke. Solista: Ivo Pogorelich (piano). Programa: Concierto para piano y orquesta N° 2 en Fa menor op. 21, de Frédéric Chopin; Sinfonía N° 2 en Do menor op. 27 Asrael, de Josef Suk. En el Teatro Colón. Nuestra opinión: bueno.
Concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Enrique Arturo Diemecke. Solista: Ivo Pogorelich (piano). Programa: Concierto para piano y orquesta N° 2 en Fa menor op. 21, de Frédéric Chopin; Sinfonía N° 2 en Do menor op. 27 Asrael, de Josef Suk. En el Teatro Colón. Nuestra opinión: bueno.
En la famosa presentación de un concierto con Glenn Gould, Leonard Bernstein se preguntó quién era el jefe en un concierto para piano y orquesta, ¿el director o el solista? En el caso de la versión del Concierto en Fa menor, de Chopin, que se escuchó hace dos días en el Teatro Colón, el jefe fue, sin rodeos, el pianista Ivo Pogorelich.
Pogorelich es sin dudas uno de los pianistas más originales de las últimas décadas. Tal vez, el más original de todos. Pero esa evidente originalidad se vuelve a veces exageradamente idiosincrásica. Más que de modificaciones en el fraseo, habría que hablar de puntuaciones, como si se tratara de un texto que, al cambiar de lugar las comas y los puntos, entregara otro sentido. En el primer movimiento, los juegos de velocidad y el uso del rubato en lugares inesperados cambiaron realmente la respiración de la pieza. En el bellísimo Larghetto , Pogorelich fragmentó la línea casi hasta la desintegración, aunque milagrosamente consiguió preservar siempre la coherencia. El movimiento final quedó sometido nuevamente a los extremos, en este caso, sobre todo, los abruptos vuelcos en las dinámicas. Acaso sea cierto que su versión es reprochable, pero no es menos cierto que resulta mucho más apasionante y reveladora que otras que podrían pasar por irreprochables. Hasta aquí no hubo nada nuevo para quien conociera, por ejemplo, la lectura que Pogorelich registró hace años con Claudio Abbado, pero, de todas maneras, la Orquesta Sinfónica de Chicago parecía más aclimatada a sus vaivenes. En esta ocasión, era difícil por momentos decidir si el pianista jugaba con la orquesta o sencillamente le daba la espalda, aun si se tiene en cuenta que los énfasis de la pieza están puestos enteramente en el piano.
El director Diemecke recuperó el control en la primera audición local de la Sinfonía Asrael (1906), del checo Josef Suk. Discípulo de Antonin Dvorák, Suk empezó a escribir la obra luego de la muerte de su maestro, que incidentalmente era también su suegro. Cuando estaba concluyendo la composición, murió su mujer, de modo que la sinfonía resultó doblemente elegíaca. Suk moviliza todas las fuerzas de la orquesta para esta especie de réquiem desasosegado -que concluye, sin embargo, con una luz de esperanza-, pero sabe, asimismo, dosificarlas con pericia. Más allá de algunos desajustes en la segunda parte de la sinfonía de Suk, la Filarmónica sonó consistente en todas sus filas.






