Los desafíos de la octava
En el Teatro Argentino, la obra de Mahler conocida como la Sinfonía de los mil
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Gustav Mahler es único. Su música, su poética, sus ideas y sus propuestas artísticas lo diferencian del resto de los compositores y le dan una calidad individual que, desde hace no tantas décadas, lo han transformado en uno de los favoritos del público. Sus sinfonías concitan atención. Sin embargo, la octava, nunca aparece en el horizonte. Es que las dificultades de su armado y los múltiples riesgos que implica su presentación desalientan a quienes, aun con estudio y perseverancia, quizás podrían encarar su dirección.
La Sinfonía Nº8 , la celebérrima "Sinfonía de los mil" -apelativo que a Mahler disgustó sobremanera-, a diferencia de cualquier otra obra sinfónico coral, requiere planeamientos escénicos especiales. Caso contrario, las coherencias sonoras se disolverán, aparecerán desfases de todo tipo, se percibirán sonidos desacompasados y los trabajos más arduos de ensayos y más ensayos quedarán en la nada. Por estas razones, tal vez entre otras más, esta sinfonía fue interpretada en el país en sólo dos oportunidades y, ciertamente, con resultados nada favorables. En el Teatro Argentino, con la dirección de Alejo Pérez, posiblemente, el más logrado y talentoso de los directores argentinos que trabajan en nuestro país, consideran que están dadas las condiciones para afrontar el gran desafío.
En el verano de 1906, cuando el intenso calendario anual le permitió dejar la batuta y volver a la composición musical, Mahler, que venía de escribir tres maravillosas sinfonías puramente instrumentales, decidió acometer la creación de una nueva obra sinfónica en la que se combinaran instrumentos y voces, como ya lo había hecho en las Sinfonías Nº2, Nº3 y Nº4 . Dentro de su particular cosmogonía, con importantes cuotas de misticismo y de teleologías difusas, grandilocuentes y de simbolismos ambivalentes o de difícil comprensión, Mahler acudió a dos textos muy diferentes: el Veni creator spiritus , un antiguo texto sagrado que invoca la presencia del Espíritu Santo, y la muy secular escena final de la segunda parte del Fausto de Goethe. Dentro de su universo filosófico, Mahler encontró, en ambos textos, la idea compartida de la redención a partir del poder del amor.
Romper moldes
El asunto no hubiera sido diferente de cualquiera de las otras obras de Mahler en las cuales ideas literarias o argumentales dan sustento a un ciclo de canciones o a una sinfonía. El tema fue que para llevar adelante esta sinfonía, Mahler rompió con muchos moldes. En primer término, no hay movimientos sino que la obra se articula en dos partes de extensiones desusadas.
Pero, lo más increíble es que para su concreción, determinó un orgánico de ocho solistas -tres sopranos, dos contraltos, tenor, barítono y bajo-, un coro de niños, dos coros mixtos y una orquesta ampliada que, además, incluye mandolina, celesta, piano, armonio y órgano. Una obra gigantesca y descomunal por donde se la mire que implica la concurrencia de varios centenares de músicos coreutas, una sinfonía ciclópea que, en muchos sentidos, concluye por ser la obra paradigmática, el punto culminante de los ideales del romanticismo tardío.
En La Plata, hoy, a las 19, bajo la mirada atenta de Alejo Pérez, estarán la Orquesta Estable, el Coro Estable y el Coro de Niños del Teatro Argentino, el Coro Polifónico Nacional y un elenco integrado por María Soledad de la Rosa, Daniela Tabernig, Paula Almerares, Adriana Mastrángelo, Elisabeth Canis, Carlos Bengolea, Luciano Garay y Hernán Iturralde.
Todos, solistas, coros y orquesta, casi quinientos artistas, se ubicarán dentro de una nueva campana acústica, hecha en los talleres del teatro. Su objetivo, contener a todos y dar homogeneidad y unidad a un sonido que es absolutamente mágico.
La sinfonía será repetida el próximo viernes 10, a las 20.30, y el domingo 12, a las 17. Hay ocasiones que uno puede vaticinar que no se repetirán. Esta es, indudablemente, una de ellas. En cada uno está la decisión de aceptarla.


