Los problemas de Romeo y Julieta
El barítono Alejandro Meerapfel se luce en el papel de Capuleto en esta producción de Juventus Lyrica
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Romero y Julieta , de Charles Gounod, con Norberto Fernández (Romeo), Laura Polverini (Julieta), Sebastián Angulegui (Mercucio), Hernán Sánchez Arteaga (Teobaldo), Lucila Ramos Mañé (Gertrudis) Alejandro Meerapfel (Capuleto) y elenco. Régie: Anna D Anna. Coro y Orquesta de Juventus Lyrica. Dirección: Roberto Luvini. Juventus Lyrica. Teatro Avenida.
Nuestra opinión: buena
Más allá de las cuestiones estrictamente sonoras, en lo formal, Romeo y Julieta es una ópera que plantea algunos inconvenientes que requieren soluciones, al menos, apropiadas. Gounod escribió una ópera que se desarrolla en un prólogo y cinco actos, cada uno de ellos en un ámbito diferente y con extensiones que no son similares. En esta ocasión, se resolvió hacer la ópera con sólo dos intervalos largos, pero también con pausas con público en la sala, algunas bastante prolongadas, para acondicionar el escenario para la próxima escena. Así las cosas, pasada la medianoche, y tras una espera en penumbras de unos diez minutos, cuando arrancó el quinto acto había mucha menos gente que a las 20.30, cuando había comenzado la función. Queda claro que el asunto no es que una ópera debe ser breve para que no genere deserciones, sino que debe ser interesante y atractiva -y Romeo y Julieta lo es- y estar bien hecha. Y en este último aspecto, las cosas no funcionaron en un nivel que estuviera, precisamente, cerca de la excelencia.
La puesta de Anna D Anna se manejó dentro de parámetros tradicionales, en un marco de decorados austeros, algunos sumamente concretos, como el de la cripta, y otros en un plano más simbólico, como el de la escena del balcón. En lo teatral, las actuaciones abundaron en los estereotipos usuales en las representaciones operísticas. La única diferencia fue la escena de la alcoba, en el cuarto acto, en el cual la régisseur se jugó por un cuadro de cierto erotismo que resultó ectópico en el contexto de tanto lugar común. En realidad, fue mucho más esa ajenidad a la habitualidad que la había precedido, y la que la continuaría después, lo que la hizo particularmente extraña, y no sus contenidos con un cierto voltaje de sensualidad.
Con todo, fue en lo musical donde se detectaron los problemas más serios. Desde el arranque, la orquesta, conducida por Luvini, sonó sin variantes, con algunos desajustes y con sonidos destemplados. De todas formas, aunque la orquesta hubiera aportado idealmente los mejores sonidos ambientales y la mejor base acompañante para el canto, la situación no hubiera cambiado demasiado, habida cuenta de algunos déficits en el terreno vocal. El aporte de Laura Polverini fue correcto, pero la soprano pareció estar mucho más centrada en las emisiones y la afinación que en cuestiones de expresividad e interpretación. Con todo, fue desde el sector masculino de la pareja protagónica donde se evidenciaron deficiencias que se mantuvieron a lo largo de toda la obra y que deslucieron un posible mejor resultado general. Fernández expuso un tipo de canto sin soltura ni variantes, demasiado enérgico y con dificultades serias cuando avanza sobre sus agudos, con un sonido seco, excesivamente fuerte y que rompe cualquier posibilidad de hacer fluir una línea de canto. Su modo de cantar, por lo demás, se extiende a una actuación muy estereotipada, tensa, con más heroísmo que enamoramiento.
El resto del elenco no desentonó y abundaron las correcciones. Salvo Alejandro Meerapfel, un cantante que, a diferencia de todos sus colegas, exhibió musicalidad, una calidad de canto realmente distinta y que interpretó con poesía su papel de padre duro y, al mismo tiempo, enamorado de su hija. Lástima que el libreto acota sus participaciones a pequeños momentos, esos en los que se pudieron percibir una musicalidad y un arte que, en general, no abundaron.
Cuando el telón se cerró, a más de cuatro horas de comenzada la función, el público que quedaba era menos que el que había iniciado el viaje. Y no es que Romeo y Julieta carezca de fascinaciones o de imanes, sino que esta representación no se puso, exactamente, a su altura.


