Los Stradivarius de Antonio Stradivari
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Su nombre fue Antonio Stradivari y nació, aparentemente, en Cremona en algún momento entre 1645 y 1649. Poco se sabe de su formación salvo que frecuentó el taller de los Amati, la familia de luthiers más importante de aquel tiempo. Unos veinte violines y una viola, que llevan su firma, están construidos en el estilo de los Amati. Pero hacia 1680, cerca de la Piazza San Domenico, comenzó su propia producción, diferente, novedosa y magistral. Longevo y activo hasta más allá de los noventa, se calcula que debe haber producido un millar de instrumentos, de los cuales se conservan unos seiscientos cincuenta, un corpus notable que lo ha transformado, sin lugar a la más mínima duda, en el luthier más extraordinario de todos los tiempos.
Las novedades de Stradivari pueden resumirse en la maestría para dotar a los instrumentos con nuevas curvaturas, en otorgar distintos espesores a la madera, en plantear otras proporciones, en haber acrecentado sutilmente el tamaño del violín y en aplicar un barniz de composición misteriosa, tan secreto como la fórmula de las gaseosas, que se apartó del tono meloso en favor de tintes más anaranjados. Ahora bien, nadie puede afirmar cuál de todos esos elementos es el que contribuye en mayor medida a que sus instrumentos posean ese sonido único, irrepetible y maravilloso. Stradivari no sólo construyó violines sino también violas, chelos, guitarras, mandolinas y arpas. No se descubre nada en especial si se reconoce que Antonio es hoy más conocido como Stradivarius que por su apellido original. El origen del equívoco está en el interior de sus instrumentos, lugar en el cual firmaba con una inscripción que decía "Antonio Stradivarius Cremonensis Faciebat Anno ", que, en académico latín, significa "Antonio Stradivari, cremonés, hecho en el año ". Por lo tanto, el apellido latinizado debería ser aplicado únicamente a los instrumentos y no a quien los construyó.
Para el anecdotario, puede recordarse que Itzhak Perlman toca en el Stradivarius Soil , que el chelista Mstislav Rostropovich lo hace en el Duport y que en una subasta de la casa Christie s, en 1997, se pagó por el Kreutzer más de un millón seiscientos mil dólares, aunque se sabe que, en ventas privadas, por cada pieza se pagan precios mayores. Es cierto, son cifras elevadísimas pero son instrumentos irreemplazables, verdaderas joyas de la creación humana. Con todo, esos precios supuestamente exorbitantes son montos menores comparados con lo que vale un futbolista de elite en el mercado de pases o con el salario mensual de Michael Schumacher, artistas también ellos y que, según van avanzando los tiempos, cotizan en alza.



