Luces y sombras del Concierto de Año Nuevo
La historia del espectáculo que abre el ciclo musical en Viena y se ve en todo el mundo
1 minuto de lectura'


Costumbres son costumbres. Mientras que en la Argentina el día de Año Nuevo comienza más tarde de lo habitual (a veces debido a una trasnochada con excesos en la ingesta de comida y alcohol), en Viena la gente se empilcha para ir a escuchar un concierto para nada habitual. Se trata del más famoso del mundo: el Concierto de Año Nuevo, que ofrece la Orquesta Filarmónica de Viena (Das Neujahrskonzert der Wiener Philharmoniker, según su nombre en alemán) en el Musikverein, el auditorio para este tipo de música considerado (ojo: esto no incluye salas de óperas, como el Teatro Colón) como el de mejor acústica del planeta. Su paquetísima sala principal se decora con flores y el público llega temprano dispuesto a escuchar un programa que estará concentrado en las obras de la familia Strauss; las de Johann y sus hijos Johann, Josef y Eduard.
Esto que se ha convertido en una especie de ritual protagonizado por los famosos valses, marchas y polcas tiene una historia que comenzó en 1939. El director que tomará la batuta para inaugurar musicalmente 2016, el letón Mariss Jansons, dijo a la agencia DPA que con los años adquirió "la importancia de un mensaje de paz y de entendimiento entre los pueblos". Lo curioso es que nació en el comienzo de la Segunda Guerra Mundial cuando cuando el nazismo era amo y señor de Viena. A instancias del violinista Clemens Hellsberg, se comenzó a investigar lo funcional que fue la orquesta al régimen nazi. Según varios informes publicados online en la web de la Filarmónica de Viena, por aquellos años al menos la mitad de los músicos eran afiliados al partido nazi. Dos de ellos pertenecieron a S.S. Además, 13 músicos de origen judío fueron apartados de la orquesta y 5 de ellos murieron en campos de concentración.

Afortunadamente la orquesta se reinventó luego de la Segunda Guerra. Actualmente estos conciertos de Año Nuevo se transmiten por televisión a más de 80 países y la audiencia estimada es de 50 millones de personas. Con semejante difusión, en las últimas década comenzaron a desfilar por el podio del escenario los directores más relevantes. A Clement Krauss, que comenzó a dirigir estas veladas, lo sucedieron, entre otros, Lorin Maazel, Herbert von Karajan, Claudio Abbado, Carlos Kleiber, Riccardo Muti, Daniel Barenboim y Jansons, quien, además del haber sido elegido para 2016, también estuvo al frente de la orquesta en otras dos oportunidades.
Tradiciones
Casi como un hecho folklórico, el concierto adquirió y también se despojó de ciertas costumbres con el paso de los años. Por un lado, ha desechado definitivamente la idea de un director fijo; por otro, ha incorporado como norma una serie de bises que incluyen el "Danubio azul" y la "Marcha Radetzky", que el público sigue con palmas en determinados momentos que son indicados por el director de turno. Además, en ocasiones, como la orquesta sabe de memoria cómo debe sonar, los directores se dedican a hacer alguna humorada que queda como la sorpresa (que no es sorpresa) del concierto.
Uno de los más originales fue Franz Welser-Möst, que se dedicó a regalarle animalitos de peluche a los músicos mientras sonaba el "Carnaval de Venecia". Luego terminó dirigiendo con un cucharón de madera y gorro de cocinero.
En 2014, cuando dirigió Daniel Barenboim, ingresó una pareja que bailó el "Danubio azul" en medio de la sala.
El hit es la "Marcha Radetzky", que el público recibe con palmas al final de concierto. Este es el de 1987, que dirigió un ya veterano Herbert von Karajan.



