
Marcelo Delgado: "El Aleph de Borges se materializó en YouTube"
El director y compositor cumple diez años con Música Oblicua; lo festeja con un ciclo
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"Todo lo que he hecho en mi vida duró muchos años. Estuve 14 como docente en un colegio secundario; llevo 20 años en la UBA, 10 en la UCA, 25 en el Conservatorio y otros tantos en la dirección de coros. Estuve 14 con el grupo La Bandina, que formó parte de Catalinas Sur. Hasta mis dos matrimonios duraron unos cuantos años", bromea el compositor, director y docente Marcelo Delgado.
Además, lleva una década impulsando la Compañía Oblicua, grupo de música contemporánea que a partir de hoy dará cuatro conciertos durante el año (esta noche, el 14 de junio, el 30 de agosto y el 19 de octubre) con un amplísimo programa, para celebrar este aniversario. El ciclo es un buen motivo para sentarse a conversar con Delgado sobre la gestación, el desarrollo y la actualidad de la Compañía y, sobre todo, acerca de la música contemporánea de la última década.
-No habrá sido fácil sostener el proyecto sin depender de instituciones o de los organismos estatales de cultura.
-Es cierto. Trabajando así uno tiene que pensar en muchas otras cosas que no son sólo las artísticas. Logística, organización, convocatoria y posibilidades de ensayo de los músicos, entre otras cosas, ya que la gran parte de lo que hemos hecho fue más por el honor y la gloria que por el cachet. Uno ya no es el compositor que está en su casa y escribe música. Además, está mi interés desde hace algunos años en convocar a compartir la actividad a gente que está produciendo en otras ramas: teatrales, literarias, del cine, el video o la danza.
-No es casual, entonces, que la música escénica haya ganado mucho espacio, tanto por la nueva composición como por el interés en las nuevas puestas operísticas.
-Sí. Yo ya tengo seis óperas de cámara escritas y estrenadas, durante los últimos quince años y he aprendido mucho.
—¿Se amplió el público?
—La música que se escribe en estas décadas es de difícil acceso para el oyente y me parece que la fórmula para generar propuestas que la integren a otros lenguajes de mayor accesibilidad (lo visual, el texto) hace que haya gente que se acerque. Aunque no sean conciertos didácticos, en la Usina voy a hablar con el público sobre cada obra. Así una persona puede escuchar de otra manera. En mi programa de Radio Nacional Clásica, OMNI [significa Objeto Musical No Identificado], la propuesta es que haya una clave para escuchar de manera diferente. A la gente le encanta eso. Muchos lo hacen. Pierre Boulez lo hacía con el Ensemble InterContemporain; López Puccio lo hace con el Estudio Coral de Buenos Aires.
—¿Develar misterios puede ser la clave para llegar a otros públicos?
—El primer tipo que empezó a hacer algo fuerte con respecto a eso fue Gandini, en la fundación San Telmo o con algunas obras en el Goethe, en los 80. Previo a eso, me parece que había una idea de que cuanto más cerrado era mejor, como reflejo de aquella frase de Schoenberg: "Si es arte, no es para todos; si es para todos, no es arte". Y la verdad es que hoy estamos en la era de la información y no hay secretos. El aleph de Borges se materializó en YouTube, está todo, y al mismo tiempo, es el rincón del sótano de la casa de la calle Garay. Tampoco es que la música contemporánea deba aspirar a llenar River, pero el día que yo esté hablando frente al público y alguien me haga una pregunta o me retruque, voy a decir: esto funciona.
—¿A qué músicas no se atreve la Compañía Oblicua?
—Todavía no hemos trabajado con electrónica. En este ciclo será la primera oportunidad. En cuanto al repertorio, no tenemos pruritos. En el primer concierto, la obra de Marco Bonechi no tiene nada que ver con la de Eduardo Cáceres, que es una suite rítmica y en idioma mapuche. Además, mi obra es muy diferente de la George Crumb y la de Alex Elgier.
—Como un YouTube. ¿La composición contemporánea de estos últimos años está yendo en alguna dirección?
—No. Es un caldo bullente. Un puchero, en el mejor de los sentidos, porque se ha acabado la rigidez dogmática de los sesenta y los setenta.
—¿Cómo están armados los programas del ciclo?
—El primero y el último concierto son de repertorio. Los del medio tienen cosas que no habíamos hecho, como el trabajo con dispositivo electrónico, en una obra de Luigi Nono, y otro escénico, en La historia del Soldado, de Stravinsky. Ojalá que la mayoría del público que venga no sea el habitual. Creo que hay un público joven que antes no estaba. También hay grupos estables y espacios oficiales que programan esta música.
—Si uno sigue una línea dentro de la música de tradición escrita, ¿puede ser que el interés por lo contemporáneo tenga que ver con cierto agotamiento de los repertorios de los siglos XVI, VIII, XIX y parte del XX?
—No lo sé. Sigo creyendo en el estudio y en el conocimiento de la tradición. Un compositor de hoy tiene que saber de contrapunto y armonía y tiene que haber analizado Bach, Mozart, Beethoven, Wagner y Mahler. Si no, es como escribir sobre vacío. Conocer alimenta la posibilidad de dialogar con ese pasado y enfrentarse desde un lugar concreto.
—Hasta mediados del siglo XIX, lo que era del pasado había que dejarlo bien lejos.
—Claro, los jóvenes iracundos, la generación de Boulez, Nono, Stockhausen pretendía anular la memoria del pasado. Imposible. Sería una tontería que esa rebelión se siguiera sosteniendo. Como esos soldados japoneses que vivían en islas y seguían pensando que la guerra seguía treinta años después de que hubiera finalizado. Esas trincheras [en la música] están abandonadas. Conocer la tradición es un paso fuerte en la formación del músico. Lo que pasa es que la tradición también es más larga. Se extiende, por lo menos, hasta mitad del siglo XIX. Uno ya no puede pensar que Schoenberg es música contemporánea. Hay que hablar de los últimos 20 o 30 años para referirse a la contemporánea, a partir del final de los grandes relatos. El espectralismo fue el último relato o construcción teórica fuerte.
—En los últimos 30 años nos hemos quedado sin construcciones teóricas fuertes o manifiestos. Hoy primero se produce y luego se arma la teoría. O ni siquiera.
—Sí. No hay ismos ni clubes. De todos modos, creo que si hay ciertos colectivos yendo para un mismo lado es por un conjunto de intereses, más allá de que se desee o no institucionalizarlo o escribirlo en un papel.
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