Marcos Madrigal, un maestro del bandoneón

Entre sus alumnos figuran José Libertella, Ernesto Baffa y músicos de la nueva generación del tango
Gabriel Plaza
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14 de diciembre de 2001  

Marcos Madrigal es un maestro del bandoneón, en todo el sentido de la palabra. Es de esos músicos ocultos venerados por sus pares, formadores de varias generaciones de instrumentistas. Entre sus alumnos figuran José Libertella, Ernesto Baffa y reconocidos fueyes de la nueva generación, como Marcelo Nissinman y Horacio Romo. "Para mí enseñar es una vocación, pero hace falta voluntad y buena dirección. Tengo 85 años y enseño hace sesenta. Pero no quiero dejar de tocar, porque es una terapia, un descanso para el espíritu", dice.

Hace varios años, Madrigal elaboró un método de bandoneón para instrumentistas avanzados -único en su tipo- que es una biblia para los músicos del género. "Muchos bandoneonistas me dijeron que es el mejor libro que hay, yo no sé, pero son ellos los que se encargaron de difundirlo por todo el mundo. Ahora estoy preparando uno nuevo, con lecciones más difíciles. Estoy seguro de que muchos me van a insultar, así que por si acaso me insulto yo primero", bromea.

Ese libro será reeditado junto al nuevo curso que está terminando, dentro del programa Buenos Aires Nácar, de la Dirección de Música de Buenos Aires, para impulsar el desarrollo del bandoneón, que se lanzó con un concierto con todos los maestros, el martes. "Era hora de que se acordarán de mí", dice Madrigal, quien dentro del proyecto dará becas de perfeccionamiento.

"El bandoneón es uno de los instrumentos más difíciles que hay, porque son como cuatro instrumentos en uno -explica Madrigal-. La contra es que uno no ve las teclas cuando toca. Eso es una duda constante. Por otro lado, la ventaja es que podemos mantener los sonidos bastantes compases, lo que es muy bueno para tocar Bach o música clásica. Pero el sonido se corta cuando uno cierra el fueye y hay que hacerlo en una milésima de segundo. Es un instrumento divino, pero también es maldito."

El músico comenzó a descubrir los secretos del bandoneón a los nueve años. Su padre tenía un restaurante en el barrio de San Telmo, donde todos los días pasaban músicos ambulantes. "A mi papá le gustaban mucho el tango, el cante jondo y la música clásica. Pero quería que estudiara bandoneón. Me acuerdo de que comencé con el chofer del dueño de una empresa que estaba enfrente de nuestro local. Mi padre le habló y él me enseñó mi primer tango, "Recuerdo". Después anduve vagando con orquestitas del barrio, tocando en mercados, en cafés... Tenía una vida de gitano."

Cuando cumplió los 20 comenzó a tocar con los grandes: Julio De Caro, Carlos Marcucci, Francisco Lomuto, Elvino Vardaro. En 1936, Osvaldo Pugliese comenzó a reclutar los músicos para armar su primera orquesta. "Tuve la suerte de que se fijara en mí, y me llevo con él. Pugliese me daba lecciones de bandoneón. Aunque no sabía tocar, si uno se equivocaba se daba cuenta. Estuvimos cinco meses en el café Nacional y la cosa no prosperó. No había trabajo. Eso fue antes del fenómeno del baile, con D´Arienzo. Después, con el tiempo, mi hijo mayor se lo encontró en la calle y Pugliese le confesó: "Su papá tiene el mejor sonido de los bandoneonistas de esta época". Yo sé que hay otros que tocan como los dioses, pero malo, bueno o regular, yo tengo mi propio estilo."

Madrigal no lo dice, pero su bandoneón se destacó en una época poblada de maestros. "Estaba lleno de músicos privilegiados que habían sido músicos precoces. Era la época de los Maffia, Láurenz, Marcucci, Minoto y Roberto Di Filippo, mi amigo y a mi juicio el mejor de su época. Yo no era seguidor de un estilo particular, pero siempre me gustó poner al bandoneón sobre las dos piernas, como Maffia, porque así se logra mejor expresión, transmitir todo lo que el instrumento tiene para decir", explica.

"La sangre tira..."

Se reconoce como un autodidacto. Nunca estudió armonía. Mucha de su sabiduría está en los discos de música clásica que le hacía escuchar su padre y que sigue escuchando hasta hoy en su casa de Villa Pueyrredón, donde llegan a estudiar jóvenes músicos de todo el país. "Creo que la sangre tira. Por eso todo el tiempo aparecen pibes muy buenos. La mayoría viene a estudiar, porque consiguen bastante trabajo afuera", reconoce el maestro.

Madrigal no se guarda nada. Transmite a sus alumnos aquellos consejos y ejemplos que le pasaron otros músicos, como punto de partida para el desarrollo de un lenguaje personal. "Horacio Salgán fue uno de los que más me motivaron a estudiar el tango. Tocamos juntos en un trío que tenía con Duval y fue una linda experiencia. El escribía difícil y te obligaba a estudiar mucho. Pero gracias a eso avancé. Eso es lo que siempre les digo a mis alumnos: que estudien, aunque quieran tocar el timbre."

-Mas allá de la técnica, ¿qué es lo que intentó transmitir a sus alumnos en todos estos años?

-Yo les doy los consejos que puede dar alguien de 85 años, que vivió muchas cosas. La técnica es importante, pero les hablo de la música, de lo que es la vida y de ser ético. Hacerles comprender -sin interferir en la idiosincrasia y el temperamento de cada alumno, porque no quiero que se parezcan a mí- que además de ser muy buenos músicos tienen que ser muy buenas personas.

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