Memorias del Happy Valley Rock

A 30 años de la muerte de Luca Prodan, La Nación Revista viajó hacia sus días en Traslasierra, donde se forjó el espíritu de Sumo; aquí una producción en video y un anticipo de la crónica que se publicará este domingo
Pedro Irigoyen
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21 de diciembre de 2017  • 19:47

Memorias del Happy Valley Rock: las huellas de Luca Prodan en Traslasierra, Córdoba

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Video

TRASLASIERRA.– Todo comenzó con una foto que cruzó el océano desde estas tierras hasta Roma. Luca Prodan caminaba al borde de la muerte y la postal familiar que recibió mostraba el refugio cordobés de su amigo Timmy MacKern donde todo era vida y naturaleza. Un perro, dos niñas, una pareja sonriendo con las sierras de Nono como marco de una vida idílica. Con Timmy habían compartido el colegio del norte de Escocia al que también asistía el príncipe Carlos de Gales. Su invitación era la última carta que Luca tenía para jugar y ganar unos años más de vida. Ni siquiera imaginaba que, años más tarde, con su música marcaría un quiebre en la historia de nuestro rock.

El escenario es tan imponente como entonces. Entre monstruos de granito erosionados por el tiempo, aquel que sea capaz de domar el silencio y la tierra crujiente por el sol seco y verde de las sierras podrá develar sus propios misterios. Un refugio ideal para un tipo que no le temía a la muerte y vivía sus días desapegado de mandatos y reglas. “Luca vio mucha vida acá. Él estaba en un pozo feo con la heroína y todo se derrumbaba. Yo empezaba una familia en el valle y él estaba todo negro –recuerda Timmy del amigo que hace 30 años concretaba su última fuga de este mundo–. Cuando le mandé la foto, yo tenía dos hijas; para cuando llegó ya habían nacido las mellizas y eran cuatro. En la primera época tenía una cama al lado del fuego en el living de una casita que está acá arriba. Se la pasaba durmiendo, con las cortinas cerradas y todo oscuro. Bajando de la heroína. Bancándosela. Del otro lado, mi mujer y yo con niños chiquitos, horarios y costumbres de familia. Dos mundos diferentes. Pero era parte de la familia.” Luca era una flor marchita en busca de reverdecer, y aquí vio crecer sus brotes nuevos. “Tenía que renacer y empezar a vivir”, sigue Timmy, mánager de Sumo y Las Pelotas, cuñado de Germán Daffunchio y gran amigo de Luca desde sus años de pantalones cortos y uniformes.

“Lo conocí en la secundaria, éramos pupilos juntos en el colegio. Aunque hacía mucho quilombo, lo tenían en la lista de los posibles alumnos para ir a Oxford o Cambridge. Era muy inteligente, de esos que todo les sale fácil. Fue uno de los únicos alumnos que se escapó. Su padre le había regalado un rifle y lo vendió en el pueblo para comprar un pasaje en tren a Italia. Pasó un tiempo en Roma solo, y un día se encontró con la madre en un semáforo. Terminó la secundaria en un colegio inglés en Roma. Pasó un tiempo hasta que nos volvimos a ver. Me escribió desde Brighton, donde estaba viviendo en una casa tomada. Tomé un taxi y cuando le dije la dirección el tipo me preguntó: ¿Vas a ir ahí?. Cuando llegué, realmente era un desastre, se le había prendido fuego la pieza”, recuerda Timmy.

Andrea Prodan es el hermano menor de Luca y vecino de Nono desde hace 7 años. En aquel tiempo aún vivía en Roma. Se comunicaban a través de cartas y casetes. Canciones, confesiones y sentimientos cruzaban el mar en valijas de amigos. “Era mucho mejor que Entel”, se ríe Andrea. Revuelve un baúl en el garaje, que funciona como refugio y sala de ensayo con vista a las montañas, y aparecen fotos de la familia Prodan a toda pompa en distintos lugares del mundo. Desempolva un TDK con una carta narrada de Luca y le da play. De un lado, versiones caseras de Sumo grabadas durante alguna madrugada en su habitación de piedra y silencio. En el lado B, una confesión de Luca que su hermano traduce del italiano al inglés, incluso con gestos.

El resto de la nota, este domingo en La Nación Revista

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