
Michaux, según Lutoslawski
Tal vez a más de una persona le haya ocurrido lo mismo que a mí al leer el domingo pasado, en el suplemento Cultura de LA NACION, los textos del escritor y pintor belga Henri Michaux, uno de los poetas en lengua francesa más inquietantes del siglo XX. Porque no sólo deja sin aliento la lectura de los pasajes seleccionados de una antología poética, sino los de la cronología biográfica escrita por el propio autor, trabajo de una originalidad tan sorprendente que apabulla.
Pero el autor de "Un bárbaro en Asia", "Quién fui yo" o "El infinito turbulento", de 1957, no sólo ha quedado dentro de la literatura belga en lengua francesa como el poeta surrealista de la fantasía, el sonambulismo y la alucinación, sino que la música le ha dado carta de ciudadanía a través de una de las más deslumbrantes creaciones de su centuria.
Para Witold Lutoslawski (1913-1994), compositor polaco que en 1963 dio a luz sus "Tres poemas de Henri Michaux" para coro a veinte partes y una orquesta lujuriosa, la recurrencia a estos versos, tan sublimes como extraños, le permite no sólo expresar su apasionado amor por la poesía francesa, sino la posibilidad de recurrir a la voz por medio del grito, la declamación escandida o el susurro, como otros modos de emisión que sugieren la expresión más cotidiana y familiar del hombre.
El compositor confiesa que la elección del texto respondía a una idea preconcebida de la obra musical, sobre la base de una "secuencia de emociones" vagamente imaginadas. "Elegí esos tres poemas -dice el músico- solamente después de haber esbozado la obra musical en sus grandes lineamientos. Los versos, su sentido y su construcción, así como ciertas palabras, debían ejercer una influencia sobre la música ideada previamente por mí; ésa era mi intención."
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Más allá de esta atípica aproximación formal a los versos de Michaux, que debían permitirle obtener una textura rítmica muy compleja con un mínimo de dificultades técnicas para los coreutas e instrumentistas, está el sentido profundo que Lutoslawski indaga. "La psicología individual de cada intérprete -dice- es un factor que he buscado muy especialmente. Esta aproximación es contraria a un tratamiento o manipulación mecánica y abstracta del sonido y apunta a restablecer el placer que debe experimentar todo ejecutante." La obra recurre a menudo a un tejido cromático aleatorio denso, y requiere para su ejecución la presencia de dos directores, el de orquesta y el del coro, ya que los dos grupos dependen de organizaciones temporales diferentes. De las tres partes que la componen, la del medio, "Le Grand Combat", es un macabro juego de palabras forjadas a fuego y martillo, en la mejor vena surrealista, mientras la soledad inunda el final de esta obra impresionante, de veinte minutos de duración, que alguna vez debería ser incluida en nuestros programas sinfónico-corales. Un repertorio cada vez más decaído y magro dentro de la vida musical de Buenos Aires, y no exactamente por culpa del corralito, pues el abandono se viene arrastrando desde hace varios años.
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