Nacha Guevara: regreso al origen de la libertad

Con Las canciones que nunca volví a cantar, en La Trastienda, cambia el show televisivo de mayor repercusión para recuperar aquellos aires de experimentación e irreverencia del mítico Instituto Di Tella, donde ella surgió y formó su personalidad
Con Las canciones que nunca volví a cantar, en La Trastienda, cambia el show televisivo de mayor repercusión para recuperar aquellos aires de experimentación e irreverencia del mítico Instituto Di Tella, donde ella surgió y formó su personalidad Crédito: Alejandro Guyot
Alejandro Cruz
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25 de febrero de 2018  

Hace 50 años, Nacha Guevara, en versión juvenil y rebelde, estrenaba en el sótano del mítico Instituto Di Tella Nacha de noche. Al poco tiempo, presentó Anastasia querida. A tantas caras de aquel suceso ahora se mueve por el Palacio Duhau como si fuera su casa. El 8 de marzo, en La Trastienda, estrena (en verdad, repone) Las canciones que nunca volví a cantar, que luego repetirá los días 9, 15, 22 y 29. Por ese motivo anda de nota en nota por el lugar. A la charla con LA NACION llega luego de 50 minutos de la hora pautada. Entre un reportaje y otro, se cambia el calzado, hace las fotos en el señorial jardín y se acomoda frente al grabador en un mullido sillón ubicado en una glamorosa biblioteca, casi, sin libros. "Yo prefiero hacer las notas todas en un mismo día, de a pedacitos. Me sale mejor, es más simple -cuenta la exjurado del programa de Marcelo Tinelli-. Hasta el momento no hubo preguntas recurrentes. Obvio, por el trabajo que estoy por presentar en Buenos Aires y en La Plata aparece el tema del Di Tella y los sesenta".

-¿A qué Nacha te remite esta vuelta, con qué te confronta?

-Confrontarme, no. A lo sumo, me amiga. Me topa con ese proceso personal y colectivo en el cual convivían en Buenos Aires el café concert, la nueva canción, el Di Tella, el rock nacional. Fue, yo le llamo así, como un pequeño nuevo renacimiento, un momento único. Tan único que no se volvió a dar. Era un uso de la libertad muy diferente al que se venía transitando y muy distinto a lo que vino después. Lo más lindo era que no nos dábamos cuenta de que éramos libres, no era una pancarta, una propuesta. Sucedía. Hacíamos lo que se nos cantaba.

-Tu primera presentación en el Di Tella fue en 1968, año en el que programaron a Marilú Marini, Iris Scaccheri, Roberto Plate y Marta Minujín. La puesta de tu obra fue supervisada por Roberto Villanueva...

-Las dos veces me dirigió él. Roberto, como encargado del área de artes escénicas, era la persona menos burocrática y menos sectaria que he conocido. No preguntaba de dónde venías, qué sabías. Si había un lugar él te lo daba sin preguntarte lo que ibas a hacer.

-¿Te había visto?

-Me conocía porque Norman Brisky [quien era pareja de Nacha por aquel entonces] había presentado una obra allí para la cual yo había hecho una voz, eso era todo. Claro que en el Di Tella nadie te pedía resultados de lo que ibas a hacer. Era un instituto de experimentación y fue fiel a ese criterio. El propósito no era el éxito ni que saliera perfecto ni que lo hicieras muy bien. Lo importante era hacer.

-Ahora las exigencias son otras

-Sí, es distinto. También es cierto que lo que haré es una recreación en la que cuento la historia del Di Tella y canto algunas de esas canciones. Igual, todo espectáculo es un riesgo.

-¿Qué diferencias hay entre aquel show que presentaste en el Museo del Mar, en Mar del Plata, y el de La Trastienda?

-Muy pocas. Aquello se ofreció en el marco de una muestra pop que tuvo un éxito increíble. Yo presentaba el espectáculo en la explanada, era gratuito. Venía la gente de la playa con el perro, las ojotas, las toallas y escuchaba cosas como un bolero de sinónimos o una canción dedicada a una banana. Sin embargo, la reacción fue extraordinaria, de una enorme conexión. Me di cuenta de que entendían ese repertorio con la historia vivida después, cosa que hacía que tomara otra dimensión. Por otra parte, los jóvenes siguen deseando saber qué pasó en los sesenta, saber cómo era esa juventud que creía que podía cambiar el mundo con un cuadro, con un poema, con una canción.

"Le agradeceré a Guido Di Tella de por vida", asegura Nacha
"Le agradeceré a Guido Di Tella de por vida", asegura Nacha Crédito: Alejandro Guyot

-Y toda esa poética en medio del contexto político de Mayo del 68, Cordobazo, Vietnam...

-Claro, fue un momento muy especial. Luego, con la dictadura, se hizo una brecha y esos artistas que estábamos en el Di Tella no pudimos pasar la posta a ellos, Quedó la añoranza. A mí me hace muy feliz retomar esas canciones, recupera esa energía liviana, en el mejor sentido de la liviandad, que tenía.

-¿Te costó encontrarle el hilo conductor?

-Fue lo más complicado. He juntado material que parecía injuntable, pero he encontrado la fórmula de que una cosa vaya cayendo sobre la otra. Es un entrenamiento que tengo.

-Parece que se aplica a tu propia carrera. Así como una vez llamaste a un espectáculo tuyo Las mil y una Nachas hay, en perspectiva, muchas caras tuyas...

-Creo que a ese título lo fui desarrollando en la vida. He hecho muchas cosas que, tal vez, para mucha gente no tengan nada que ver. Me di todos los gustos, la experiencia la hice. Soy las mil y una Nachas siendo una.

-Y la Nacha ditelliana frente a la Nacha tinelliana, ¿qué se dicen?

-La Nacha ditelliana tenía una apertura enorme, no nos ocupábamos de juzgar lo que hacían los otros. Por lo cual, no juzgaría a la tinelliana por sentarse en el jurado de ShowMatch. La ditelliana se divirtió ahí porque vio cosas del absurdo real y no en un texto de Artaud o Ionesco. Y te puedo asegurar que cuando estás sentado en la silla del jurado no es lo que el público mira en la tele: ahí ves una fiesta en la que todo pasa al mismo tiempo, ves todas las conductas humanas, la actitud frente a la fama, la evolución que hacen los participantes a medida que se hacen más conocidos. Yo me entretuve mucho.

-Si embargo en Internet se ven secuencias tuyas enojadísima con algunos participantes. ¿O era todo un show?

-No, ¡era de verdad! Seguro viste cuando le dije a un participante: "Ubicate, pendejo".

-Claro, y tantas otras.

-Sí, estaba enojada como se hubiera enojado cualquier ditelliano porque éramos atrevidos, insolentes. Pero tuvimos una bendición que fue el haber tenido ese Instituto, cosa que se lo agradeceré toda la vida a Guido Di Tella. Guido era una persona divertida que representaba perfectamente el espíritu del Di Tella. Era una persona muy libre.

-¿Ganabas plata en el Di Tella?

-Creo que con Anastasia? ganamos un dinero. Lo que sí recuerdo, cosa que no fui consciente en el momento, es que las liquidaciones eran de una honestidad y limpieza increíble. Pensé que era lo natural, pero no: era lo extraordinario. Y también extraordinario todo lo que sucedía ahí. No teníamos comunicación entre nosotros, eso nos obligaba a ser nosotros mismos. Y a pesar de que el Di Tella se desarrolló bajo una dictadura militar, de algún modo, hoy hay menos libertades. Es que el sistema se amuralló de tal forma que hoy en día para una artista se le hace más complejo salir a hablar con la voz propia y romper el círculo.

-Hablás elogiosamente de Guido Di Tella pero con su hermano, Torcuato, en 2004 tuviste un fuerte altercado cuando él era secretario de Cultura de la Nación y vos ibas a ocupar un cargo directivo en el Fondo Nacional, que no llegaste a asumir.

-Bueno, entre ellos siempre fueron muy distintos. Torcuato siempre estuvo como dos o tres o cinco pasos atrás en todo sentido.

-Luego de esa experiencia fallida, en 2009, fuiste candidata a diputada por la provincia de Buenos Aires por el kirchnerismo, en lo que fue una candidatura testimonial, ya que tampoco llegaste a asumir...

-No fue testimonial. No acepté. Yo tenía un propósito, el de conseguir una ley de educación con valores para las escuelas. Ese era mi objetivo. Tuve la suerte de que, entre la elección y el momento de asumir, me di cuenta de que ese plan era imposible de concretar. Sumado a eso, vino la declaración de Patricia Vaca Narvaja de que en la Cámara no "había lugar para los librepensadores" y ahí dije adiós. Me di cuenta de que no tengo nada que ver con la política y descubrí que no me interesa el poder. Eso, creeme, fue un alivio.

-¿Qué te da bronca de la Argentina actual?

-Los programas políticos en los que todos se gritan y nadie se escucha. Pero también hay que decir que la televisión es un espejo, un reflejo de nosotros mismos.

-Volvés a la televisión.

-No creo...

Parece ser que este año la ditelliana le ganará a la tinelliana. Claro que viniendo de esta mujer de mil caras, todo es posible.

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