
Natasha Binder, conmovedora
La pianista de diez años asombró, junto con la Académica del Colón, a una sala repleta
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Es la media tarde y en la entrada del Colón se observa una larga fila de personas de todas las edades que van ingresando de manera disciplinada y sin apuro. La cordialidad tradicional del personal de sala contribuye a crear el ambiente ideal para la necesaria distensión que facilita una mejor apreciación del arte inmaterial de la música.
Aparecen los músicos de la Orquesta Académica del Instituto Superior de Arte y hay aplausos provenientes de todas las alturas. Otro tanto ocurre cuando el director Francisco Noya pisa el podio. Se hace difícil esperar silencio. Por el contrario, se suma la vocecita de un niño desde las localidades altas y se ve a la madre, seguramente atormentada, saliendo justo antes de escucharse el tenue sonido imaginado por Charles Edward Ives en su página La pregunta sin respuesta , composición concisa, delicada, casi misteriosa, acaso con la pretensión de provocar una mirada al espacio infinito del inabarcable cosmos, término que siempre nos hace pensar en la gracia y el privilegio de nuestra existencia.
Luego, se escucha la segunda de las dos suites para orquesta de Igor Stravinsky, que, en realidad, es la orquestación de unas piezas para dos pianos escritas alrededor de 1915, instrumentadas para flauta, maderas y bronces con percusión, incluido piano que resulta ideal para el buen nivel y temple de la mayoría de los jóvenes integrantes de la orquesta. Y después de la hermosa suite Mi madre la oca , de Ravel, se produce el impacto y el inevitable asombro de escuchar el Concierto O p. 16, de Edward Grieg, uno de los más conocidos para piano, con Natasha Binder de diez años de edad como solista. Su calma nos parece un enigma. Su musicalidad, un milagro que nos hace meditar en lo más recoleto sobre la historia y sus evidencias, como, por ejemplo, todo lo escrito sobre la precocidad de Mozart, que seguramente fue una realidad. Aquí está Binder y es contundente para imaginarlo.
Sin dudas su formación es esmerada. Lleva en su sangre una estirpe de músicos y se aprecia que desde la cuna ha estado en contacto con las obras para piano de todas las épocas y estilos. Posee una clara articulación sobre el teclado y su sonido ofrece una gama de matices muy variados. No utiliza partituras a la vista, emanando de ella todos los indicios de sentir gran placer y felicidad por lo que hace.
Es así como en su actuación deja de lado los aspectos vinculados a su edad y permite apreciar virtudes referidas al encuadre estilístico del concierto de Grieg. Ahí está su empuje rítmico, su inspirado lirismo, acentos marcados, sonoridades esfumadas y ritmos provenientes de las danzas nórdicas, que Binder y la batuta de Noya obtienen a partir de una mirada en perfecta sintonía.
Como es lógico que ocurra, el público tributa una ruidosa ovación y conmueve la sobriedad y la cándida manera de agradecer que se observa en la niña, con sus brazos hacia adelante en una actitud nada estudiada y encantadora. Asimismo, besa y abraza al director y con sus gestos saluda a la orquesta. Luego, agrega una página de Chopin en perfecto estilo y con la alegría de una niña que se divierte con su más querido juguete, el piano.






