
Nostalgias
Imposible dejar de añorar tiempos mejores en la vida musical del país cuando uno se entera, a través de la nota de la especialista en ballet de LA NACION, Silvia Gsell, que en Río de Janeiro acaba de representarse "Romeo y Julieta", de Prokofiev, y para mejor con dirección orquestal de Mstislav Rostropovich. Y la nostalgia viene a cuento porque en la actualidad resultaría difícil entusiasmar a través del ballet a los auténticos aficionados a la música, ya que lo más común es ver en las carteleras de nuestros teatros títulos mediocres desde el punto de vista sonoro. Porque, ¿hay quien pueda ir con alegría a escuchar la música de "Giselle", de Adam, o de "Don Quijote", de Minkus, que son dos de las mayores plagas de este repertorio? ¡Si lo sabrán los músicos que tienen que tocarlas! En una reseña histórica realizada por Alberto Emilio Giménez y Juan Andrés Sala se lee que entre 1926 y 1933 se vieron -¡y se escucharon!- entre otros títulos fundamentales de la música contemporánea, "Jeux", de Debussy; "Las bodas", "Pulcinella", "El pájaro de fuego", "La consagración de la primavera" y "El beso del hada", todos de Stravinsky; "La Giara" de Casella, "Alla y Lolly" y "Schut" de Prokofiev, "Daphnis et Chloë", "Bolero" y "La Valse", de Ravel, "El amor brujo", de Falla, y "La flor del irupé", de Gaito, o las "Danzas de Huemac", de De Rogatis. Para mejor, en aquellos tiempos la dirección de orquesta era encarada por figuras de la talla de Ernest Ansermet, Gino Marinuzzi o Juan José Castro, de manera que los aficionados podían escuchar la mejor música del mundo, la más reciente, con directores brillantes, al margen de estar con la última palabra en materia de ballet. Hubo casos de gente poco afecta al espectáculo de danza, que concurría sobre todo por el extraordinario nivel de la música en sí misma y de sus intérpretes.
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Para muestra basta un botón. Aquella reseña, que apenas comprende ocho años y que incluye además los nombres de coreógrafos como Bronislava Nijinska, Boris Romanov o Michel Fokin, parece suficiente para reflejar hasta qué grados de rutina se ha llegado hoy. Porque si se pueden citar importantes trabajos de coreógrafos locales realizados en estos últimos tiempos, la proporción es tan ínfima como para desanimar al más pintado. ¿Cómo es posible que no se programen los ballets de Stravinsky (hace tanto que no se ve "Apollon Musagéte"), de Falla, Ravel, Richard Strauss, Prokofiev, Hindemith o Shostakovich, los de tantos autores argentinos, como García Morillo o Juan José Castro, u obras mucho más recientes, que apenas conocemos por sus títulos? Porque conviene recordar que parte de la mejor música surgida en el XX fue escrita para ser bailada. ¿Nadie de los que tienen a su cargo la dirección del movimiento de ballet en la Argentina se da cuenta de que la danza, en su nivel más alto -que es el que hay que apuntar-, vale tanto por la música como por la coreografía, y que seguir escuchando las inocentadas de ciertos compositores significa devastar la sensibilidad de la gente? Yo me rebelo. ¿Y usted?






