
Orfeo y Euridice: la música al servicio de la palabra
La ópera de Gluck, que es la segunda producción lírica del Teatro Colón en la presente temporada, se verá a partir de mañana en el Coliseo
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Un cuento de amor y de muerte es el que viven Orfeo y Eurídice, quienes con su canto logran volver a reunirse a pesar de las furias y del fuego del infierno. Desde que era casi un adolescente el régisseur Roberto Oswald conoce y ama esta ópera de Gluck, que vio por primera vez en el Teatro Colón. Luego llegaron a su vida otras versiones y distintas voces, pero nunca –siendo ya profesional– estuvo en sus manos una oferta para dirigirla. Por eso, cuando por fin llegó la propuesta, hace apenas unos meses, no dudó en aceptarla; es que después de tanto tiempo de verla y disfrutarla ya sabía perfectamente lo que quería hacer. Y eso es precisamente lo que se verá desde mañana a la noche en el Teatro Coliseo, en lo que será la segunda producción lírica del Colón de este año.
"Encuentro en Gluck un extraño espíritu innovador en el medio de una época en que estaba en boga la llamada ópera napolitana, en la que mandaban los divos y las sopranos decidían si querían en el aria tal o cual nota. Gluck decidió que la música estuviera al servicio de la palabra, lo que significó la apertura de todo lo que vendría después; el verismo italiano, el expresionismo, todo está presente de una manera muy clásica muy prudente y controlada. Ese control, esa prudencia, esa limpieza de recursos es la que me ha llevado a concebir esta obra de un modo muy diáfano, con una escenografía minimalista, con pocos recursos y con un color muy parco. Además, Orfeo y Eurídice es una obra que tiene gran fuerza teatral y una música descriptiva y entradora que ayuda a imaginarla, a irla creando", explica.
La claridad con la que Oswald habla, casi didáctica, es la misma que deja traslucir en los ensayos, en los que -desde un pequeño banco- guía los cuerpos, y las miradas de los intérpretes moviendo sus brazos, como si él también llevara una batuta. Y los intérpretes responden casi automáticamente. Sucede que ellos ya saben reconocer una señal, una indicación apenas insinuada. Son años de formación y de trabajo en el exterior que los han vuelto permeables y dóciles decodificadores. Lejos de los mohínes y los caprichos de esos divos a los que Gluck quiso enfrentarse, Virginia Tola, Franco Fagioli y Paula Almerares se entregan a las indicaciones del régisseur (y también a los del director musical sueco Arnold Östman) sin miedo de rodar por el piso, dejarse caer en los brazos de los figurantes, subir y bajar tarimas que asemejan escaleras. Ellos ven, sienten, cantan y actúan -aun en jeans y con las crueles luces de los tubos fluorescentes que bañan uno de los espacios que ocupa el Colón en el Centro de Exposiciones- los roles a los que Gluck les puso música en el lejano siglo XVIII.
-¿Cómo se llevan con este lugar tan desangelado? ¿Cómo viven esto de estar y no estar en el Colón?
Oswald: -Le tenía mucho miedo a cómo podía ser ahora que el teatro es como el Big Bang, está todo fragmentado. Pero acá [en el Centro de Exposiciones] tengo la dimensión necesaria como para llegar al Coliseo sin problema. De verdad desconfiaba de que pudiéramos hacerlo con la orquesta y el coro, pero funcionó muy bien. No son las condiciones del Colón, pero se está haciendo con mucha y buena predisposición, y hasta ahora han sido todas sorpresas positivas.
Tola: -Para mí es lo mismo, ya que al Colón lo siento como un templo que cobra vida con la gente que trabaja ahí y esa gente está acá. Se trabaja con la misma seriedad y las mismas ganas de salir adelante.
Fagioli: -No te puedo decir que no es una pena no estar en el escenario del teatro, pero ésta es una gran producción y se trabaja con el mismo nivel que se puede encontrar en otras óperas del mundo.
Paula Almerares está más acostumbrada a las mudanzas, ya que vivió también muy de cerca la época en que construían el Argentino de La Plata y sus artistas debían recrearlo en otros ámbitos, por eso hace hincapié en la felicidad que le provoca formar parte de un elenco que bien podría considerarse soñado: "Es la primera vez que cantamos juntos y estoy convencida de que formamos un equipazo, y creo que lo estamos disfrutando mucho". Sobre todo Tola y Fagioli, que no tienen demasiadas oportunidades de venir a la Argentina y sus compromisos internacionales casi no les dejan ver para adelante otra visita. "La verdad es que está difícil mi agenda, pero si se abre el teatro el año que viene me encantaría estar. Además, sería un sueño poder venir una vez al año a trabajar aquí", dice ella con la nostalgia que le provoca pensar que por delante la esperan muchas ciudades de China, los Estados Unidos y de Europa, pero no aparece su Santa Fe natal.
Para agendar
Orfeo y Euridice, de Christoph Willibald Gluck.
Teatro Coliseo, Marcelo T. de Alvear 1125. Mañana y el viernes, a las 20.30, y el domingo, a las 17. Entradas desde 80 pesos.





