Paul McCartney: noche mágica en el Coliseo romano

El ex integrante de los Beatles ofreció un recital gratuito que conmocionó a la capital italiana
(0)
13 de mayo de 2003  

ROMA.- Faltan veinte minutos para la medianoche de una noche mágica. Un juego de luces impresionante ilumina el Coliseo, la luna brilla en el cielo, y cientos de miles de encendedores se agitan en la oscuridad: Paul McCartney está cantando "Let it be".

El ambiente es estremecedor. Jóvenes de veinte, señoras de sesenta, chicas de quince con el ombligo al aire y los brazos levantados cantan juntos uno de los clásicos más clásicos de los Beatles, como si fuera un himno mundial.

Para este acontecimiento único hay medio millón de personas en el corazón de Roma. Son muchos los que acompañan a Paul y a su guitarra y corean "speaking words of wisdom, let it be".

La via dei Fori Imperiali es un mar de cabezas. No cabe un alfiler en el trayecto que va del Coliseo, donde está el escenario, hasta el al Altar de la Patria –el famoso monumento parecido a una torta de bodas, o a una máquina de escribir-, de la Piazza Venezia. Menos mal que hay 12 pantallas gigantes.

"¡Let it be, Roma!", grita triunfal Paul McCartney, que durante todo el más que sugestivo recital que lo consagra como una leyenda viviente, improvisa algunas palabras en italiano: "Grazie mille Rouma, benvenuti al Colosseu".

Con muchos años encima, distinto, solo, sin los demás "escarabajos", Paul McCartney sigue siendo "mítico", como dicen los romanos, y es ovacionado por un público hiperheterogéneo –abuelos, padres, hijos–, pero latino, que no oculta su afecto y la emoción de estar ante "Sir Paul". La nostalgia invade una noche cálida romana, seguramente inolvidable.

Así, en una escenografía espectacular, con el anfiteatro Flavio de telón de fondo, y los antiquísimos foros romanos de marco, Paul McCartney embrujó anteanoche a medio millón de personas. Muchos, fanáticos del cuarteto de Liverpool, amantes de la música pop, la mayoría.

Después de tocar adentro del Coliseo la noche del sábado ante un público restringido de 400 VIP que pagaron hasta 1500 euros la entrada –lo recaudado fue en beneficencia a un grupo contra las minas antipersonales, y al museo arqueológico de Bagdad–, Sir Paul cautivó a un mar de gente en el recital gratuito que brindó al día siguiente, que tuvo un éxito que superó todas las expectativas.

Para un concierto único –un super- show nunca antes realizado en Roma, que contó con un total de 38 canciones, que fueron desde los grandes clásicos de la banda de Liverpool, a los últimos temas de McCartney–, miles de personas llegaron desde toda Italia hasta esta capital.

Para estar cerca, los más fanáticos no dudaron en pasar la noche a la intemperie, acampando en bolsas de dormir al lado del escenario, y todo el día bajo el sol, a la espera de Paul, su ídolo. Los demás llegaron al atardecer, muchos armados con cámaras fotográficas, largavistas o escaleras, para ver mejor, otros con sillas, latas de cerveza y sándwiches, como para pasarla bien, en frente de una de las 12 pantallas gigantes puesta a lo largo de la Via dei Fori Imperiali.

Aunque algunos protestaron porque evidentemente el ambiente era caótico, los embotellamientos estuvieron a la orden del día ni bien terminó el espectáculo, la comuna de Roma se había preparado para la invasión: había 100 baños químicos, ocho camiones cisterna con agua para todos, médicos, enfermeros y nada menos que 3000 vallas de seguridad.

Para matar el tiempo antes del comienzo del recital, que empezó en punto, a las nueve y media de la noche, las nuevas generaciones se divertían enviando con sus celulares mensajes SMS que luego se podían leer en las pantallas gigantes. "Estamos aquí desde las 21 de ayer"; "All we need is Paul"; "All we need is love", decían algunos.

Entre el público se veía de todo. Muchos turistas agotados por el trajín del día que se habían enterado del mega-evento horas antes –muchos japoneses-; chicas vestidas al mejor estilo años sesenta, familias con bebes, abuelas con nietos y perros, y cincuentones con look juvenil. Para casi todos, era un "must" estar ahí.

"Esta noche se unen en un sólo lugar la historia de la música y la historia de la humanidad: Coliseo y McCartney… Imposible no estar acá", dijo Giorgio, un arquitecto romano de 40 años.

"Yo lo acompañé a un amigo que es un fanático de los Beatles, yo en verdad prefiero a los Doors, que para mí son el verdadero rock, pero igual me gusta el pop y estos recitales", comentó Alessandro, estudiante, de Ostia. "Mi mamá me crió haciéndome escuchar las canciones de los Beatles. «Yesterday» fue la primera palabra que dije, y era mi sueño ver un recital en vivo", confesó emocionada Samantha, una ítalo-británica de 29 años.

"Nosotros somos un grupo de 1500 que vinimos de Brescia, Milán, Nápoles y Palermo, y nos organizamos en distintos autobuses para no faltar a la cita", explicó Alice, secretaria de la asociación Beatlesiani de Italia, que copó las primeras filas. Paola y Milena, dos maestras jubiladas de 58 años que se las arreglaban desde muy lejos, porque lo importante es escuchar, no ver, decían que "nuestros maridos e hijos no nos quisieron acompañar, pero no podíamos dejar solo a Paul, nuestro amor".

Entre la gente hasta había un grupo de soldados norteamericanos recién llegados de Bagdad, ansiosos de marcha después de tanto horror. Entre ellos Rick, un chico de 21 años de North Carolina. "Desembarcamos en Taranto con un helicóptero que nos fue a buscar a una nave, después hicimos ocho horas de autobús hasta Roma, para tomarnos un periodo de licencia. ¿Los Beatles? Sí, a uno de ellos que no me acuerdo cómo se llama lo mataron en Nueva York… Yo en realidad escucho música rap."

A las nueve y media en punto, con un juego de luces psicodélicas, el espectáculo –parte del tour mundial "Back in the World"-, comenzó con una coreografía que mezclaba modelos con pelucas y vestidos de época, bailarines y contorsionistas. Quince minutos después, con una inmensa guitarra como telón de fondo, apareció sir Paul –saco azul eléctrico cuello mao, remera roja-, que arrancó con "Hello Goodbye" dos horas y media de un recital sin duda inolvidable, cuya mejor parte fue hacia el final, cuando cantó los grandes clásicos de los Beatles.

"Benvenuti al Colosseu", saludó McCartney, que a lo largo de la noche no sólo cantó para su nueva y joven mujer, Heather Mills, sino también recordó a su primera esposa fallecida, Linda -cuando entonó "My love"-, y a sus legendarios compañeros de banda.

Si con "Michelle", cuando el Coliseo se iluminó de rojo, el público estalló y se dejó llevar por una onda nostálgica palpable en el aire, coreando los famosísimos estribillos, cuando fue el turno de "Hey Jude" el mar de gente pareció enloquecer. Sobre todo cuando McCartney, al final del tema, llamó a sus fans a participar en el famoso "na-na-na-na-na-na-na, Hey Jude", llamando primero a participar a "soli ragazzi" (sólo los varones) y después, "solo donne" (sólo las mujeres). El público italiano, muy parecido, sino igual, al argentino, respondió con entusiasmo.

En ese momento, con la gente en éxtasis y pasada la medianoche, "Macca" –como lo llaman en Italia– hizo su primer amago de irse, como si el espectáculo hubiera llegado a su fin. Pero no. Paul volvió, y lo hizo con una inmensa bandera italiana. "Quiero cantar una canción especial para Roma", anunció entonces, para seguir nada más ni nada menos que con "Volare, oh, oh", algo que quizás era mejor si evitaba.

El megashow, que marcó un hito en la historia de los grandes recitales, siguió con "Long and Winding Road"; "Lady Madonna"; "Saw her sanding there", y terminó con los temas más amados: "Yesterday" y "Sgt.Peppers". Un final inolvidable, escalofriante.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Espectaculos

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.