
Qué se puede hacer salvo ver películas
La despedida de Sui Generis, en octubre de 1975, marcó el final de la segunda etapa en la evolución del rock argentino. Entonces, la música joven alcanzó un grado de convocatoria desconocido hasta entonces. Parecía el despegue definitivo, muy a pesar de la censura y las presiones que se sufrían en casi todas las actividades artísticas. Pero el golpe de Estado de 1976 fue todavía más allá (como en todo, por supuesto), y si bien no puede decirse que el rock fue perseguido como otros sectores de la sociedad, sufrió las consecuencias de la represión ejercida en todos los órdenes de la vida cotidiana.
Visto desde la distancia, el rock tuvo una ventaja: nunca fue observado tan de cerca, como sucedió con otras expresiones (la música popular, el teatro, el cine). También es cierto que el rock no tenía una convocatoria excesiva -se trataba de una expresión alternativa- y, sobre todo, no expresaba una ideología política determinada. A pesar de ello, por supuesto, el mecanismo de la censura funcionaba obsesivamente (y esto no quiere decir que lo hiciera bien) y allí donde se reunía demasiada gente había intervención militar y policial. Y, aunque hoy pueda parecer exagerado, la salida de los recitales era en realidad el comienzo del viaje a alguna comisaría, a perder la noche en averiguación de antecedentes bajo la amenaza de cortar esos cabellos que pasaran el límite de longitud: los hombros.
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De todas maneras, el rock reflejó su tiempo. La obra de León Gieco fue de las más intervenidas -tuvo que cambiar buena parte de su "4° LP"- y, dadas las pésimas condiciones que se presentaban para desarrollar la actividad, muchísimos músicos se fueron del país para al menos poder hacer música, siguiendo los pasos de quienes tuvieron que irse, amenazados.
Otros, como M.I.A., inventaron la producción independiente para poder sobrevivir: autogestión y conexión directa con el público; incluso llegaron a editar un álbum por pedido (el triple, en vivo), que se fabricó a medida que llegaban los encargos. De todas formas, donde más claramente queda expuesto el desconocimiento de los perseguidores es en la obra de Charly García, que ya con su banda La Máquina de Hacer Pájaros (1976-77) utilizaba su inteligencia en letras de corrosiva ironía: su segundo álbum se llamó "(Qué se puede hacer salvo ver) Películas".
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Ese mismo descuido hizo que el rock, justamente, comenzara a crecer (aunque muy lentamente) y afirmarse como expresión cultural alternativa (la revista Expreso Imaginario, nacida a mediados de 1976, es el ejemplo más contundente). Por eso, aunque muy trabajosamente, el rock empezó a ser una suerte de refugio para los jóvenes que no tenían otros espacios donde expresarse. Un lenguaje distinto para aquellos que buscaban un lugar distinto para vivir.
Y García era uno de los artistas que veía más claramente qué estaba pasando. Su "Canción de Alicia en el país" (1980) es el ejemplo más acabado, con versos como "No cuentes qué hay detrás de aquel espejo,/ no tendrás poder/ ni abogados, ni testigos" o "Te vas a ir, vas a salir/ pero te quedás,/ ¿dónde más vas a ir?/ y es que aquí, sabés,/ el trabalenguas trabalenguas,/ el asesino te asesina/ y es mucho para ti".
Sobre el final de la dictadura, saltó al conocimiento popular. Con la Guerra de Malvinas, las radios sólo podían pasar música en español. Entonces, sí, hubo que buscar en estantes abandonados esos discos que habían acompañado a una minoría y, por supuesto, eran pocos. Por eso hubo que empezar a descubrir a esos creadores que se repartían por ahí, en pubs, para empezar otra historia.



