
Sexteto Irreal, la música como un viaje
El grupo se presentará esta noche en El Club del Vino
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No son irreales, porque aquí están reunidos cinco de los seis alrededor de una mesa y una salamandra. Habrá, a lo largo de una hora, charlas y bromas, ocurrencias y música; tangos improvisados en viola, Mozart y Theremin.
Se ha pasado de la charla a la música sin solución de continuidad. Axel Krygier, en teclados vientos y voz; Christian Basso, en bajo y guitarra; Alejandro Terán, en cuerdas y vientos, y Manuel Schaller, en samplers, y Theremin -con la ausencia con aviso del violinista Javier Casalla, "el más irreal de los integrantes", bromean- conforman el Sexteto Irreal, que se presentará esta noche, a la 1, y el jueves 27, a las 21, en El Club del Vino, Cabrera 4737.
Poco de irrealidad entonces en este estado de creatividad en acción. Pero sí, quizás, en la génesis de este proyecto que, más que proyecto, fue un ir haciéndose sobre la marcha. El punto de partida fueron los discos solistas de Basso ("La Pentalpha") y de Krygier ("Secreto y Malibú", música concebida para una obra de teatro danza). A la hora de presentarlos decidieron fusionar sus repertorios y armar una sola banda.
"No queríamos gente contratada -dice Krygier-. Pensamos en gente agradable y que hiciera muy bien lo que tenía que hacer, lo que imaginábamos, para completar de otra forma lo que había sido la orquestación de los temas."
Acá también hizo su entrada en el juego la historia: la personal, la musical. Porque inmediatamente convocaron a Alejandro Terán que, como ellos, fue parte de La Portuaria. "Nos tiramos un lance, porque pensé que iba a estar muy ocupado; es ´el´ arreglador del rock entero", cuenta Krygier, que se conoce con Terán desde los 13 años cuando, dice, daban sus primeros pasos musicales en el colegio secundario. "Tocamos juntos desde que tenemos uso de razón musical", dice uno. "Desde ayer", retruca entre risas el otro.
Para llegar al cuarteto se sumó Manuel Schaller, a quien Krygier conoció hace menos tiempo (vaya a saber, de todos modos, cómo se cuenta el tiempo en términos "irreales") tocando con Dick el Demasiado y al que encontró ideal para generar ambientes y ritmos electrónicos, además de ser uno de los raros especímenes del país que toca theremin, el más irreal de los instrumentos, el que sólo pulsa el aire.
Así, de a cuatro, se presentaron en el teatro Del Globo, con Samalea y Casalla como invitados. "Enseguida nos dimos cuenta de que iban a tener que quedarse", dice Krygier. También había historia allí. Terán y Samalea fueron parte de Instrucción Cívica, y el primer álbum de aquella banda fue el debut discográfico de ambos. Inesperadamente, Krygier saca de la manga el vinilo original y allí están los dos en esas fotos de contratapa de hace casi veinte años. Casalla, por su lado, integra el cuarteto de cuerdas que lidera Terán en su faceta de violista, arreglador y director.
"Yo estaba muy descreído del camino grupal -dice Basso-. Pero algo pasa, sobre todo en vivo, que termina siendo una especie de catarsis, de transposición de límites. Son como rituales vudú, en los que se genera algo muy fuerte. Hay mucha improvisación, pero no como en el jazz, que es de solos, sino más estructural. Se cuenta cuatro para..."
"Para darle una legalidad -redondea Krygier-. Es que para el primer show teníamos sólo ocho temas preparados, al terminar el repertorio contamos cuatro y empezamos a viajar. Eso signó un poco el destino de lo irreal."
"Nos permitimos cierta incertidumbre", agrega Terán, que, confiesa Basso, estaba en principio tan preocupado como él por tener las partes escritas. "Pero terminó gobernando el espíritu de transitar por el tiempo musical."
El viaje no carece de capitán. Sólo que el Sexteto Irreal ha optado por el ejercicio de rotación de la dirección. "Liderazgo de foco variable", define Axel.
"Es que siempre tiene que haber alguien que lleve adelante las cosas. Brian Eno decía que no era posible la democracia en lo artístico, en la creación", dice Basso con seriedad. "La democracia es el gobierno de los demos", dice Krygier, serio, y haciendo reír a todos.
Es en este clima donde funciona el pasaje de charla a música y de ensayo a escenario. Algo que tiene que ver con el conocimiento previo, pero también con una confluencia de intereses y pasiones. De rock y ritmos europeos, de electrónica y sonidos muy de Buenos Aires.
"Lo que nos une, creo -dice el pianista-, es el tocar escuchándonos. Ningún instrumento es líder, sino que lo es la textura, el entramado. Eso, y la búsqueda del groove, del swing, que sería como el misterio de la música, el viaje en sí. La música en un momento se vuelve magia. Es psicotrópica. Es un viaje en el que no sabemos adónde vamos a llegar. Pero siempre es fácil volver. se pierde la vista de la tierra, pero después ponemos un poco de peso y bajamos."
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